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Chile cierra su embajada en Irán: el giro de Kast hacia la nueva doctrina hemisférica de Trump

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El cierre de la representación chilena en Teherán no constituye formalmente una ruptura de relaciones diplomáticas. Pero ocurre en un contexto difícil de separar de la profunda reorientación de la política exterior chilena bajo José Antonio Kast. Argentina y Bolivia también han reducido o quebrado sus vínculos con Irán, mientras Washington construye una nueva arquitectura de seguridad regional que identifica a Irán y Hezbollah entre las amenazas externas al hemisferio.

El gobierno de José Antonio Kast anunció el cierre de la embajada de Chile en Irán a partir del 31 de agosto. La Cancillería atribuyó la decisión a un “reordenamiento operativo” de su red diplomática y a consideraciones de seguridad derivadas de la situación en Medio Oriente.

Chile no rompe relaciones diplomáticas con Teherán. Pero la decisión significa una degradación práctica de esos vínculos y plantea una pregunta inevitable: ¿puede explicarse solamente por razones administrativas y de seguridad?

El contexto regional sugiere que hay más elementos en juego.




El cierre ocurre mientras varios de los gobiernos latinoamericanos más próximos a Donald Trump han endurecido sus relaciones con Irán y, sobre todo, después de que Washington estableciera una nueva doctrina de seguridad para América Latina que incorpora entre sus objetivos impedir que potencias consideradas hostiles consoliden posiciones en el hemisferio occidental.

Irán está explícitamente entre ellas.

De Bolivia a Argentina: el repliegue frente a Teherán

Chile no es un caso aislado.

En julio, el gobierno boliviano de Rodrigo Paz anunció el cierre de su embajada en Teherán. La decisión tuvo particular significado porque Bolivia había construido desde el gobierno de Evo Morales una relación política estrecha con Irán, con acuerdos de cooperación y una presencia diplomática establecida desde 2007.

El giro boliviano se produjo después del cambio político en La Paz y del acercamiento del nuevo gobierno a Washington.

Argentina ha ido considerablemente más lejos.

El gobierno de Javier Milei convirtió su alineamiento con Estados Unidos e Israel en uno de los ejes de su política exterior. A comienzos de abril expulsó al principal representante diplomático iraní en Buenos Aires, Mohsen Soltani Tehrani, en medio de una escalada que llevó las relaciones bilaterales a uno de sus niveles más bajos.

El caso argentino tiene, por supuesto, una historia particular marcada por los atentados contra la embajada de Israel en 1992 y la AMIA en 1994 y por las acusaciones judiciales contra funcionarios iraníes.

Pero Argentina, Bolivia y ahora Chile comparten otra característica: sus gobiernos forman parte del nuevo agrupamiento político latinoamericano que Donald Trump está articulando alrededor de Washington.

La reunión de Kast con Trump

Una pieza fundamental para comprender este proceso se encuentra en marzo.

El 7 de ese mes, Donald Trump reunió en Doral, Florida, a los presidentes de Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Trinidad y Tobago.

José Antonio Kast, que todavía no asumía la Presidencia de Chile, participó también en la reunión.

Trump lanzó allí el llamado Escudo de las Américas, una nueva coalición regional destinada formalmente a combatir los carteles de la droga, el narcoterrorismo y las organizaciones criminales transnacionales.

Pero los objetivos planteados por Washington fueron bastante más amplios.

Ese mismo día, Trump firmó una proclamación presidencial que estableció como objetivo de Estados Unidos y sus aliados combatir las organizaciones terroristas extranjeras y mantener alejadas del continente las “influencias extranjeras malignas provenientes de fuera del hemisferio occidental”.

La frase resulta relevante para comprender la posterior evolución de las relaciones con Irán.

Porque Washington ya había definido quiénes eran algunos de esos adversarios.

Rubio había puesto nombre a la amenaza: Irán y Hezbollah

Dos meses antes, el 4 de enero, el secretario de Estado Marco Rubio había formulado de manera mucho más explícita la nueva doctrina.

Después de la operación estadounidense contra Nicolás Maduro, Rubio afirmó que Donald Trump no permitiría que el hemisferio occidental se transformara en una plataforma para adversarios de Estados Unidos.

Al hablar específicamente de Venezuela, identificó entre esas amenazas a Irán y Hezbollah.

Rubio planteó incluso como una de las condiciones para evaluar el cambio político venezolano que Irán fuera expulsado y que Hezbollah dejara de utilizar el territorio venezolano contra los intereses estadounidenses.

La definición es importante porque transforma la relación con Irán en algo diferente de un problema exclusivamente relacionado con Medio Oriente.

Para la administración Trump, Teherán pasa a formar parte de un problema de seguridad hemisférica.

Hegseth, los carteles y el documento que firmó Chile

Dos días antes de la reunión de Trump con los mandatarios latinoamericanos, el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, había convocado también en Florida a representantes de 17 países para la Conferencia de las Américas contra los Carteles.

De allí surgió una declaración conjunta que comprometía a los participantes a ampliar la cooperación militar y de seguridad contra el narcotráfico, el narcoterrorismo y otras amenazas.

Chile inicialmente no figuró entre los firmantes.

La razón era sencilla: el gobierno de Kast todavía no había asumido.

Pero el ministro de Defensa Fernando Barros firmó posteriormente la declaración, el 12 de marzo, apenas un día después de asumir su cargo.

El documento incluye una formulación particularmente amplia. Los países se comprometen a constituir una coalición para enfrentar el narcoterrorismo y “otras amenazas compartidas al hemisferio occidental”.

¿Cuáles son esas otras amenazas?

El documento firmado por Barros no las identifica.

La proclamación presidencial de Trump sí entrega una pista: las “influencias extranjeras malignas”.

Y Marco Rubio había sido todavía más explícito dos meses antes: Irán y Hezbollah.

De los carteles a las amenazas extranjeras

Aquí aparece uno de los aspectos más significativos de la nueva política estadounidense.

Washington está fusionando categorías que durante décadas habían pertenecido a ámbitos distintos de la política exterior y de seguridad.

Narcotráfico, terrorismo, organizaciones criminales transnacionales, organizaciones terroristas extranjeras y potencias rivales comienzan a integrarse dentro de una misma doctrina de seguridad hemisférica.

Trump lo explicó durante la cumbre del 7 de marzo.

Las organizaciones criminales latinoamericanas, sostuvo, constituyen una peligrosa puerta de entrada para adversarios extranjeros. Estados Unidos, agregó, no permitirá que una influencia extranjera hostil consiga establecerse en el hemisferio.

La comparación utilizada por el presidente estadounidense fue todavía más reveladora.

Trump dijo que así como Estados Unidos había organizado una coalición internacional para derrotar al Estado Islámico en Medio Oriente, ahora debía construir otra coalición para erradicar los carteles latinoamericanos.

Hegseth reforzó esa definición. La nueva estructura, dijo, no estaría dedicada simplemente a celebrar conferencias o producir declaraciones, sino que debía tener una dimensión operacional.

Washington estaba aplicando, explicó, el nuevo corolario de Trump a la Doctrina Monroe.

La denominada “Donroe Doctrine”.

Irán estaba en la misma sala

Hay un detalle difícil de considerar accidental.

Cuando Trump presentó el Escudo de las Américas ante Kast y los otros mandatarios latinoamericanos, Estados Unidos estaba en plena confrontación con Irán.

El propio presidente dedicó una parte considerable de su intervención en Doral a la guerra.

“Our focus right now is on Iran”, dijo Trump.

Poco después formuló ante los líderes latinoamericanos el principio según el cual Estados Unidos no permitiría que influencias extranjeras hostiles consolidaran posiciones en América Latina.

No existe en esa intervención una frase que diga literalmente que los países latinoamericanos deban cerrar sus embajadas en Teherán.

Tampoco existe hasta ahora evidencia pública de que Washington haya solicitado directamente a José Antonio Kast hacerlo.

Afirmarlo sería ir más allá de los hechos conocidos.

Pero la secuencia política resulta difícil de ignorar.

Una secuencia de cinco meses

El 4 y 5 de marzo, Hegseth reunió a los países latinoamericanos para establecer la coalición contra los carteles.

El 7 de marzo, Kast participó junto a Trump en el lanzamiento del Escudo de las Américas.

Ese mismo día Trump proclamó como objetivo mantener fuera del continente las influencias extranjeras consideradas hostiles.

El 11 de marzo, Kast asumió la Presidencia.

El 12, Fernando Barros incorporó a Chile a la declaración de seguridad impulsada por Hegseth.

En julio, Bolivia cerró su embajada en Teherán.

Argentina ya había llevado su enfrentamiento con Irán hasta la expulsión de su principal representante diplomático.

Y ahora Chile anuncia el cierre de su embajada.

Las decisiones no son idénticas y responden también a circunstancias nacionales diferentes. No existe evidencia de una orden común impartida desde Washington.

Pero todas ocurren dentro de una transformación política regional que tiene un centro claramente identificable.

Estados Unidos.

Más que un ahorro diplomático

Por eso la explicación administrativa entregada por la Cancillería chilena parece insuficiente para comprender el significado político de la decisión.

Puede ser cierto que existan razones presupuestarias, operativas y de seguridad para cerrar una embajada en un país situado en medio de una grave confrontación militar.

Pero la política exterior nunca se expresa solamente mediante comunicados.

También se expresa mediante prioridades.

Chile está cerrando su representación diplomática en uno de los países que Washington identifica explícitamente como adversario estratégico mientras profundiza su participación en una estructura hemisférica de seguridad creada por Donald Trump.

Y el cambio resulta más visible cuando se compara con la política exterior chilena de los últimos años.

La decisión sobre Teherán puede ser leída, por tanto, como otra señal de una transformación más profunda: el desplazamiento desde una tradición diplomática que buscaba mantener determinados márgenes de autonomía hacia un alineamiento mucho más estrecho con la estrategia hemisférica de Estados Unidos.

El verdadero significado de la firma de Barros

Desde esta perspectiva adquiere también otra dimensión la polémica por la declaración firmada por Fernando Barros.

El documento del 12 de marzo parecía inicialmente referido al combate contra los carteles.

Pero leído junto con la proclamación de Trump, las declaraciones de Rubio y la creación del Escudo de las Américas, aparece formando parte de una arquitectura bastante mayor.

El narcotráfico es uno de sus componentes.

La competencia geopolítica es otro.

China aparece como el principal rival económico y estratégico de Estados Unidos en América Latina.

Irán y Hezbollah aparecen en el terreno de la seguridad y el terrorismo.

Y Rusia continúa formando parte del universo de potencias cuya presencia Washington intenta reducir en su área de influencia histórica.

El lenguaje utilizado por la Casa Blanca resulta inequívocamente hemisférico.

Más de dos siglos después de la Doctrina Monroe, Donald Trump está recuperando la idea de que Estados Unidos posee intereses especiales y prerrogativas de seguridad sobre América Latina.

El cierre de la embajada chilena en Teherán puede parecer una decisión diplomática menor.

Observada desde Santiago, Washington, Buenos Aires y La Paz simultáneamente, probablemente no lo sea.

La pregunta que comienza a instalarse es bastante mayor: hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno de José Antonio Kast en el realineamiento de Chile con la nueva política hemisférica de Donald Trump.

 

Simón del Valle

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Simon Del Valle

Periodista

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