
Milei se fue de Santiago, pero la controversia por el Estrecho sigue abierta
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La bilateral entre José Antonio Kast y Javier Milei debía despejar las tensiones acumuladas en torno al Estrecho de Magallanes. Argentina reconoció formalmente la soberanía chilena y Milei se comprometió a modificar el controvertido decreto 457. Pero horas después, altos dirigentes argentinos volvieron a hablar de un país “bioceánico” y del “control” del Estrecho. Seis excomandantes en jefe de la Armada habían advertido antes de la visita que la cooperación con Buenos Aires exige “prudencia, pero también firmeza”. La controversia vuelve a poner bajo escrutinio la política exterior del gobierno de Kast y su relación con administraciones políticamente afines.
Javier Milei abandonó Santiago después de una visita que el Gobierno chileno presentó como una demostración del excelente momento de las relaciones entre Chile y Argentina.
Participó en Foro Madrid, fue recibido por el Presidente José Antonio Kast en La Moneda y mantuvo una reunión bilateral de poco más de media hora.
Uno de los principales asuntos tratados fue precisamente el que había complicado la visita durante los días anteriores: el Estrecho de Magallanes.
El comunicado oficial parecía suficientemente claro.
Ambos presidentes reafirmaron la plena vigencia de los tratados de 1881 y 1984 y coincidieron en que estos establecen “la soberanía de la República de Chile sobre la totalidad del Estrecho de Magallanes”.
Pocas horas después, el canciller Francisco Pérez Mackenna entregó otro dato.
Kast había planteado a Milei la necesidad de modificar el decreto argentino 457, que contiene la controvertida referencia al Estrecho como un espacio de administración o control compartido.
Según Pérez Mackenna, Milei se comprometió a hacerlo.
“Tenemos el compromiso”, aseguró el canciller.
Parecía el cierre de una controversia que durante meses había generado inquietud en Chile.
Duró poco.
Argentina “bioceánica”
Prácticamente al mismo tiempo que Santiago daba por despejado el problema, el canciller argentino Pablo Quirno volvía a introducir una expresión particularmente sensible para Chile.
Al explicar la decisión del gobierno de Milei de reforzar la presencia naval argentina en Tierra del Fuego, Quirno describió a Argentina como un país “bicontinental y bioceánico”.
No fue una frase pronunciada en una discusión académica sobre geografía.
El canciller estaba hablando de capacidades militares, proyección estratégica hacia la Antártida y presencia argentina en el extremo austral del continente.
La expresión provocó inmediatamente nuevas reacciones en Chile.
La sensibilidad tiene razones históricas.
El Protocolo de 1893, complementario al Tratado de Límites de 1881, estableció un principio que durante más de un siglo ha sido fundamental para la delimitación entre ambos países: Chile no puede pretender puntos hacia el Atlántico y Argentina no puede pretenderlos hacia el Pacífico.
La soberanía chilena sobre el Estrecho, por otra parte, no está jurídicamente en discusión.
Precisamente por eso resulta llamativo que, apenas horas después de que ambos presidentes la reafirmaran, el jefe de la diplomacia argentina volviera a emplear una formulación susceptible de ser interpretada como una proyección argentina hacia ambos océanos.
Bullrich fue todavía más lejos
Las declaraciones de Quirno no quedaron aisladas.
Patricia Bullrich, exministra de Seguridad de Milei y actualmente senadora, defendió el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas argentinas y la construcción de una base estratégica en Tierra del Fuego.
Explicó que Argentina necesita proteger sus recursos y aumentar su presencia en el extremo sur.
Hasta ahí podría tratarse simplemente de una definición de política de defensa argentina.
Pero al enumerar los espacios estratégicos donde su país debía ejercer presencia, Bullrich incluyó explícitamente “el control del Atlántico Sur, del Estrecho de Magallanes, de la llegada a la Antártida”.
La precisión es importante.
Bullrich no declaró que el Estrecho sea territorio argentino.
Pero incluyó su “control” dentro de los intereses estratégicos que Argentina debe proteger mediante el fortalecimiento de sus capacidades militares.
Y lo hizo inmediatamente después de una bilateral cuyo objetivo era precisamente eliminar cualquier ambigüedad sobre esa materia.
El decreto que sigue vigente
En el centro de esta controversia continúa apareciendo el decreto argentino 457.
El Gobierno chileno sostiene correctamente que ningún decreto interno argentino puede modificar tratados internacionales ni afectar la soberanía chilena sobre el Estrecho.
Kast utilizó ese argumento antes de la visita de Milei para explicar por qué no condicionaría la bilateral a la derogación o modificación previa del documento.
Los tratados, dijo en esencia, están por encima de un decreto administrativo argentino.
El argumento es jurídicamente sólido.
Pero plantea una pregunta política evidente.
Si el decreto carece de efectos sobre la soberanía chilena, ¿por qué Chile lleva meses solicitando su modificación?
La respuesta es también sencilla: porque las palabras importan en las relaciones internacionales y porque un documento oficial argentino que contiene una interpretación incompatible con la posición chilena constituye, como mínimo, un problema diplomático.
El propio Pérez Mackenna confirmó después de la bilateral que Kast pidió personalmente a Milei corregirlo.
Según el canciller, Milei respondió que lo haría y que no existía ningún problema para efectuar el cambio.
Pero el decreto continúa vigente.
Y existe un antecedente que hace todavía más difícil comprender la demora.
Antes de la llegada de Milei, el propio Gobierno chileno había informado que Argentina le comunicó que el nuevo documento estaba listo desde marzo y solamente faltaba la firma presidencial.
Es decir, el problema no parece ser técnico.
Milei estuvo en Santiago, se reunió con Kast, reconoció formalmente la soberanía chilena sobre todo el Estrecho y prometió modificar el decreto.
Pero regresó a Buenos Aires sin firmarlo.
Seis almirantes habían advertido el problema
Antes incluso de la llegada del mandatario argentino, seis excomandantes en jefe de la Armada decidieron intervenir públicamente.
No se trató de una declaración de sectores opositores al Gobierno.
Los almirantes en retiro Miguel Ángel Vergara, Rodolfo Codina, Edmundo González, Enrique Larrañaga, Julio Leiva y Juan Andrés de la Maza publicaron una carta conjunta ante las sucesivas controversias con Argentina.
Su advertencia fue inequívoca:
“La paz y el bienestar no pueden alcanzarse a costa de la soberanía o de la independencia nacional”.
Recordaron la crisis del Beagle de 1978 y llamaron a observar con atención las señales provenientes desde Argentina.
“La historia aconseja prudencia, pero también firmeza”, concluyeron.
El momento elegido para publicar la carta era significativo.
Semanas antes, el jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea Argentina, Gustavo Javier Valverde, había realizado declaraciones sobre la zona austral que llevaron a la Cancillería chilena a presentar una protesta formal.
Luego apareció nuevamente el decreto 457.
Y ahora, después de la visita de Milei, aparecen las expresiones “bioceánico” y “control del Estrecho”.
Vistas separadamente, cada una de estas declaraciones puede ser explicada, relativizada o atribuida a una determinada interpretación.
Vistas en conjunto, ayudan a comprender por qué seis antiguos comandantes de la Armada consideraron necesario intervenir.
Una reacción que atraviesa al oficialismo
La controversia tampoco está siguiendo una división simple entre Gobierno y oposición.
Desde la UDI, el senador Iván Moreira pidió al Gobierno una respuesta firme y sostuvo que Chile no puede continuar “poniendo la otra mejilla”.
Más significativo todavía resulta que desde el propio Partido Republicano aparecieran cuestionamientos.
El diputado Alejandro Riquelme, representante de Magallanes, criticó las declaraciones del canciller argentino y advirtió sobre la reiteración de formulaciones provenientes de Buenos Aires que vuelven sobre materias que los tratados resolvieron hace décadas.
Desde la oposición, Vlado Mirosevic apuntó directamente a la dimensión política del problema: la amistad entre Kast y Milei, sostuvo, debe quedar en segundo plano cuando están comprometidos los intereses nacionales.
Ese punto probablemente constituye el verdadero problema político que enfrenta La Moneda.
¿Qué obtuvo Chile?
La visita de Milei permite hacer un balance relativamente sencillo.
Chile obtuvo del Presidente argentino una reafirmación explícita de que todo el Estrecho de Magallanes está bajo soberanía chilena.
No es irrelevante diplomáticamente.
Pero tampoco constituye una concesión argentina: es el reconocimiento de tratados internacionales vigentes que ambos Estados están obligados a respetar.
Chile obtuvo además el compromiso personal de Milei de modificar el decreto 457.
Ese sí constituye un resultado concreto.
Pero todavía no se ha materializado.
Y mientras Santiago espera su cumplimiento, dos figuras relevantes del oficialismo argentino vuelven a emplear expresiones que generan inquietud sobre la proyección estratégica argentina hacia el extremo austral.
Por eso la bilateral no cerró el problema.
En cierto sentido, lo dejó todavía más expuesto.
La afinidad política y los intereses del Estado
Kast y Milei mantienen una evidente proximidad política e ideológica.
Ambos pertenecen a la nueva constelación internacional de las derechas que esta semana se reunió precisamente en Santiago bajo el paraguas de Foro Madrid.
Esa cercanía puede constituir una ventaja diplomática.
Un Presidente chileno con acceso directo al mandatario argentino podría resolver controversias con mayor facilidad que gobiernos políticamente distantes.
La pregunta es si eso está ocurriendo.
En el caso del Estrecho, hasta ahora, los resultados son ambiguos.
Kast optó por no elevar públicamente el conflicto antes de la visita. Recibió a Milei, conversó privadamente sobre el decreto y consiguió una declaración conjunta inequívoca sobre la soberanía chilena.
Es una forma perfectamente legítima de hacer diplomacia.
Pero una política de entendimiento debe medirse por sus resultados.
El decreto continúa vigente.
Y apenas terminada la visita, desde Argentina vuelven a aparecer declaraciones que obligan a Chile a discutir aquello que el comunicado bilateral pretendía dejar definitivamente establecido.
Otro problema para Pérez Mackenna
La situación agrega además un nuevo flanco al canciller Francisco Pérez Mackenna.
Durante las últimas semanas ha debido explicar varias controversias de política exterior. Ahora debe administrar una relación con Argentina en la que el Gobierno insiste en destacar la afinidad y cooperación entre ambos presidentes mientras desde Buenos Aires surgen señales contradictorias.
No parece razonable convertir cada declaración argentina en una crisis diplomática.
Tampoco sería responsable alimentar artificialmente una disputa territorial donde jurídicamente no existe ninguna: la soberanía chilena sobre la totalidad del Estrecho está establecida por los tratados vigentes y acaba de ser reconocida nuevamente por Argentina.
Pero precisamente porque la cuestión jurídica está resuelta, Chile puede exigir claridad política sin necesidad de estridencias.
Argentina debe modificar el decreto que prometió modificar.
Y sus autoridades deberían evitar formulaciones que vuelvan ambiguo aquello que sus propios tratados y su Presidente reconocen como inequívoco.
Prudencia y firmeza
La advertencia de los seis antiguos comandantes de la Armada adquiere así una actualidad que probablemente ellos mismos no anticiparon cuando redactaron su carta.
Prudencia y firmeza no son conceptos incompatibles.
Chile necesita una relación estable y cooperativa con Argentina. Ambos países comparten una de las fronteras más extensas del mundo, intereses económicos, integración energética, infraestructura, vínculos familiares y una enorme responsabilidad común en el extremo austral y la Antártica.
Pero la cooperación funciona mejor cuando los límites están claros.
Kast decidió apostar por su relación política con Milei para resolver esta controversia mediante el diálogo.
Ahora esa estrategia enfrenta una prueba muy sencilla.
El Presidente argentino se comprometió a corregir el decreto 457.
Que lo haga.
Hasta entonces, la controversia que su visita a Santiago debía cerrar seguirá abierta.
Simón del Valle
