
Estados Unidos nunca ha sido aliado de Chile (II)
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Los intentos hegemónicos de Estados Unidos respecto de América Latina se agudizaron cuando suscribió un proyecto de tratado con Ecuador, en noviembre de 1854, por el cual este último le concedía al primero en concesión la explotación del guano en las islas Galápagos a cambio de la protección de todo ataque exterior. En ese entonces Ecuador se encontraba con serios conflictos de límites con Perú y Colombia. El proyecto suscitó que “el cuerpo diplomático, formado por los ministros del Perú, España, Francia e Inglaterra, representaron con gran insistencia al ministro de relaciones del Ecuador, don Marcos Espinel, los peligros que el convenio entrañaba para la soberanía de su país y sus inamistosas repercusiones para las demás naciones amigas” (Francisco A. Encina.- Historia de Chile. Desde la prehistoria hasta 1891, Tomo XIV; Edit. Nascimento, Santiago, 1950; p. 131). Sin embargo, dicha intervención no tuvo efectos.
El proyecto de tratado llegó a conocimiento del gobierno chileno a mediados de enero de 1855 y provocó que el 30 de enero enviara una nota circular a los gobiernos americanos, suscrita por el ministro del Interior y Relaciones Exteriores, Antonio Varas, en que señalaba: “El Gobierno del infrascrito ha visto en esa estipulación graves peligros para la independencia de los estados de la América del Sur y ha considerado que es un deber de todos ellos ponerse de acuerdo, y tomar en tiempo medidas eficaces para conjurar esos peligros y poner a cubierto su nacionalidad e independencia, adquiridas a costa de una larga y honrosa lucha y de ingentes sacrificios (…) El Ecuador sometido a la protección de los Estados Unidos tendrá durante algún tiempo las apariencias de un estado independiente, y en seguida entrará a figurar como una colonia norteamericana (…) El espíritu que ha presidido el convenio de 20 de noviembre, el ejemplo del Ecuador y los mismos medios puestos en juego, no dejarán de hacer sentir su influencia en otros estados del continente” (Ibid.; p. 132); y finalmente concluía de modo apremiante: “Que Estados hermanos se degraden, abdicando de su nacionalidad, es para el gobierno del infrascrito una calamidad que no podrá ver acercarse y desenvolverse sin hacer todos los esfuerzos posibles para contrariarla, para alejarla de los Estados sudamericanos” (Mario Barros.- Historia Diplomática de Chile 1541-1938; Edit. Andrés Bello, Santiago, 1990; p. 203).
Luego de que aquella nota no generara respuesta alguna, el gobierno chileno instó directamente a Ecuador a no perseverar en aquel proyecto. Así, en una instrucción del ministro Varas al ministro de Chile en Quito del 14 de marzo se le pidió que le hiciera notar al gobierno ecuatoriano que dicho convenio “amenaza a la independencia del Ecuador y de los demás Estados de la América del Sur” y, por tanto, que se esfuerce por conseguir “que el gobierno ecuatoriano se penetre de la realidad de esos peligros”, entre otras cosas porque “en el pueblo de Estados Unidos hay muchos partidarios de anexiones y un espíritu dominador e invasor”; y que “no es nuevo en Estados Unidos el pensamiento de buscarse en la América del Sur un puerto de escala para sus naves y un lugar de depósito en territorio propio para los productos de su industria”, por lo que “no puede menos de temerse se desarrolle ese plan (…) fijando en la mente en la marcha seguida por los Estados Unidos para adquirir en pocos años a Texas y California, sus aspiraciones para adquirir a Cuba, su conducta en el caso de Sandwich, Greytown y Samana y otros análogos, no puede menos de mirarse ese pensamiento como una cosa resuelta y que se trata de llevar a cabo con respecto al Ecuador”; y que todo eso hace prever “la desaparición de Ecuador como Estado” y “ha de poner en grave peligro la independencia y nacionalidad de los Estados sudamericanos” (Hernán Ramírez Necochea.- Historia del imperialismo en Chile; Edit. Austral, Santiago; pp. 84-5). Tampoco logró el gobierno chileno convencer a Ecuador, pero el desenlace fue que Estados Unidos finalmente se desinteresó del proyecto de convenio al comprobarse que no existía guano industrial en dichas islas (Ver Barros; p. 204).
Otra expresión muy relevante de la conflictiva relación entre Chile y Estados Unidos la podemos ver en el informe que el Encargado de Negocios de Chile en ese país, Juan Bello (hijo de Andrés Bello), le remitió al Gobierno el 16 de marzo de 1860. En él decía que reconociendo que Chile no podía “sentirse amenazado en forma directa o inmediata” por los afanes expansionistas de Estados Unidos, señalaba que en su concepto el Gobierno chileno debía adoptar invariablemente una actitud áspera y firme “para repeler cualquier ultraje o agresión de parte de los representantes de esta potencia tan ufana de su superioridad”; y agregaba que “para los que aman su patria y su raza es de veras un espectáculo que lastima el alma, el de la política que no sólo profesa, sino que también practica este Gobierno con respecto de Sud América. Se pretende el natural guardián o protector de su independencia contra las naciones de Europa; y en esta incumbencia, que él mismo se atribuye, funda su derecho a exigir de aquellos Estados una sumisión la más abyecta” (Ramírez; p. 83).
Pero no era sólo el Gobierno quien manifestaba su temor y aversión hacia Estados Unidos. Así, El Mercurio de Valparaíso planteaba en febrero de 1855 que “no hay que engañarnos, la conquista de la América española está resuelta por el gabinete de la Unión”; y zahería a los “yanquis”: “Vosotros sois los únicos que habéis en el mundo inventado el medio civilizador de destruir todo lo que no os agrada; vosotros que educáis perros para cebarlos en carne humana. Nadie menos que vosotros tiene el derecho de quejarse de la imperfecta organización de las repúblicas americanas españolas, porque bien imperfecta es también vuestra organización que pretendéis pasar por un modelo, a pesar de todas sus desventajas (…) y también es cierto que vosotros sois una amenaza viva a todo lo que os toca y os rodea, porque con vosotros nunca se puede vivir en paz por mucho tiempo. Este es el peligro de Chile y es de todas las repúblicas americano-españolas” (Ramírez; p. 81).
A su vez, Benjamín Vicuña Mackenna, luego de haber viajado a Estados Unidos en 1856, manifestaba su preocupación por “la influencia de aquel continente sobre el nuestro” y por el “predominio de su raza”: “Que los americanos (sic) reconocen la proximidad de su predominio universal, es una teoría aceptada por todos; pero en cuanto a su predominio sobre América española es un hecho consumado, según ellos, desde la guerra de México. La América del Norte no acepta la fraternidad del continente del sur, ni aún en el nombre” y que “respecto del continente del sur, ellos sólo ambicionan hoy una influencia suprema, irresistible” (Ibid.; p. 88).
Asimismo, el intelectual revolucionario Francisco Bilbao propuso el mismo año, desde su exilio en París, la creación de una Confederación de Estados Sudamericanos que impidiera el dominio de Estados Unidos que “extienden (sus garras) cada día en esa partida de caza que han emprendido contra el Sur. Ya vemos caer fragmentos de América en las mandíbulas sajonas del boa magnetizador, que desenvuelve sus anillos tortuosos. Ayer Texas, después el Norte de México y el Pacífico saludan a un nuevo amo. Hoy las guerrillas avanzadas despiertan el Istmo, y vemos a Panamá, esa futura Constantinopla de la América, vacilar suspendida, mecer su destino en el abismo y preguntar: ¿seré del sur, seré del norte?”. Y Bilbao concluía tajantemente que “el Norte sajón condensa sus esfuerzos, unifica sus tentativas, armoniza los elementos heterogéneos de su nacionalidad para alcanzar la posesión de su Olimpo, que es el dominio absoluto de la América” (Iniciativa de la América, Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas, en Sociedad de la Unión Americana de Santiago de Chile. Colección de Ensayos y Documentos relativos a la Unión y Confederación de los Pueblos Hispano-Americanos; Impr. Chilena, Santiago, 1862; pp. 280-1 y 293).
A tanto llegó la hostilidad entre ambos países, que el embajador de Estados Unidos en Chile, David A. Starkweather, le informaba a su gobierno en 1855 que “Estados Unidos y sus ciudadanos son objeto de constantes y virulentos ataques y el blanco escogido de abusos difamatorios por parte de la prensa del país” y que “se ha propuesto incluso expulsar a sus ciudadanos del país y cerrar los puertos de Chile a su comercio” (Fredrick B. Pike.- Chile and the United States 1880-1962. The emergence of Chile’s Social Crisis and the Challenge to United States Diplomacy; University of Notre Dame, Notre Dame, 1963; p. 24).
Y, por lo mismo, el político y diplomático estadounidense, Henry Clay Evans, escribió muchos años después en su libro Chile and its relations with United States que “la década de los años cincuenta, marca el más amargo período, excepto uno, en las relaciones chileno-americanas (sic). Cada reclamación producía estruendosos argumentos; cada acción diplomática de los Estados Unidos en América Latina, causaba alarma en Santiago; cada discordia interna en Chile era marcada por el entusiasmo norteamericano a favor de la causa perdida. Cualquier cosa como ascendiente norteamericano, no existió más; si solamente las usuales formalidades diplomáticas podían ser observadas, los ministros (embajadores) norteamericanos tenían razón para sentirse felices” (Ramírez; p. 78).
Felipe Portales
Estados Unidos nunca ha sido aliado de Chile I
