
Brasil llega dividido a una elección que puede cambiar el mapa político de América Latina
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A cuatro días de la primera vuelta, Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro concentran una disputa extraordinariamente estrecha. Economía, seguridad, religión y la relación con Estados Unidos atraviesan una campaña en la que el bolsonarismo demuestra que ha sobrevivido políticamente a Jair Bolsonaro. Hasta Nossa Senhora Aparecida, patrona de Brasil, terminó convertida en protagonista de la batalla electoral.
Brasil celebrará este domingo 4 de octubre una de las elecciones presidenciales más relevantes de América Latina de los últimos años. La escasa atención que hasta ahora ha recibido la campaña en Chile contrasta con la dimensión de lo que está en juego: el país más poblado y la mayor economía de la región deberá decidir entre la continuidad del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva y un retorno del bolsonarismo, esta vez encabezado por Flávio Bolsonaro.
Y la elección permanece abierta.
Las encuestas publicadas en los últimos días muestran diferencias reducidas entre los dos principales candidatos. Datafolha registró el 28 de septiembre un 40% para Lula y 36% para Flávio Bolsonaro, mientras otras mediciones han estrechado todavía más la distancia. Este miércoles 30, Meio/Ideia situó a Lula en 39,4% y a Bolsonaro en 38,4%, diferencia dentro del margen de error de 2,2 puntos. Las simulaciones de una eventual segunda vuelta también muestran escenarios muy estrechos.
Los restantes candidatos aparecen bastante más atrás, de manera que la campaña ha terminado reproduciendo, con protagonistas parcialmente distintos, la gran fractura política que Brasil exhibió en 2022.
Pero hay una diferencia fundamental: Jair Bolsonaro ya no está en la papeleta.
El bolsonarismo sobrevivió a Bolsonaro
La capacidad de Flávio Bolsonaro para recoger buena parte del electorado de su padre es probablemente uno de los principales hechos políticos de esta elección.
Las condenas y procesos judiciales que afectaron al expresidente no significaron la desaparición del movimiento político construido a su alrededor. El apellido Bolsonaro continúa articulando a millones de electores, particularmente entre sectores evangélicos, grupos conservadores, partidarios de políticas más duras de seguridad y segmentos que mantienen un fuerte rechazo al Partido de los Trabajadores.
Flávio ha buscado al mismo tiempo ampliar esa base. En estos últimos días intenta captar a electores de otros candidatos de derecha, presentándose como la alternativa capaz de disputar la presidencia a Lula. Su propaganda insiste en seguridad, reducción de impuestos y críticas a la gestión económica del actual mandatario.
Lula, en cambio, llega a la elección defendiendo la recuperación del empleo, los programas sociales, la inversión pública y el papel del Estado en el desarrollo económico. Pero enfrenta un problema que se ha repetido en numerosos países: los indicadores macroeconómicos no necesariamente coinciden con la percepción cotidiana de las familias, especialmente cuando persisten el endeudamiento y las dificultades derivadas del costo de vida.
La seguridad pública constituye otro de los grandes campos de confrontación. El crecimiento y poder territorial del crimen organizado ha dado a la derecha un terreno especialmente favorable para promover políticas más punitivas, mientras el gobierno defiende una mayor coordinación federal, inteligencia y persecución de las estructuras económicas de las organizaciones criminales.
La campaña, sin embargo, ha terminado demostrando que en Brasil las elecciones no se explican solamente mediante economía y seguridad.
También hay que mirar hacia las iglesias.
Cuando la Virgen entró en campaña
A pocos días de las urnas, Nossa Senhora Aparecida —Nuestra Señora de Aparecida—, patrona de Brasil y una de las mayores expresiones de la religiosidad popular del país, terminó inesperadamente en el centro de la disputa presidencial.
El episodio comenzó con una información falsa difundida masivamente en las redes sociales: Flávio Bolsonaro, si llegaba a la presidencia, quitaría a Aparecida su condición de patrona de Brasil.
No existe evidencia de que el candidato haya propuesto esa medida.
El origen remoto de la historia se encuentra en un proyecto presentado en 2007 por el entonces diputado Victorio Galli, posteriormente vinculado al gobierno de Jair Bolsonaro. La iniciativa fue archivada en 2008. La afirmación actual sobre Flávio Bolsonaro es, por tanto, falsa.
Pero la velocidad con que se propagó dice mucho sobre las tensiones religiosas existentes en la sociedad brasileña.
Flávio había declarado en agosto que, si llegaba a la presidencia, uno de sus primeros actos sería “decretar que Brasil es del Señor Jesucristo”. En medio de la polémica debió explicar que aquella declaración tenía carácter simbólico y no implicaba ninguna modificación jurídica respecto de Nossa Senhora Aparecida.
El candidato reaccionó además recurriendo a la justicia electoral, mientras aparecía públicamente sosteniendo una imagen de la Virgen.
Lula hizo algo parecido desde el otro extremo de la disputa.
Durante un acto en Belém levantó una imagen de Nossa Senhora de Nazaré, pese a haber criticado anteriormente la utilización electoral de la religión. Su campaña incorporó además la controversia a la propaganda televisiva, acusando a su adversario de atacar a la Iglesia católica y expresando respaldo a la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, CNBB.
Así, en cuestión de días, los dos principales candidatos terminaron exhibiendo imágenes de la Virgen en plena campaña presidencial.
Católicos, evangélicos y poder político
La escena podría parecer anecdótica. No lo es.
Detrás de Nossa Senhora Aparecida existe una disputa mucho más profunda por el peso creciente de las iglesias evangélicas en la política brasileña.
El evangelicalismo conservador ha sido durante años uno de los principales soportes sociales del bolsonarismo. La relación no significa que todos los evangélicos voten de la misma manera ni que el mundo católico constituya un bloque progresista. Ambos universos son extraordinariamente diversos.
Pero la división electoral por religión es significativa.
La controversia sobre Aparecida tocó además una memoria particularmente sensible. En 1995, el obispo Sérgio von Helder, de la Iglesia Universal del Reino de Dios, golpeó y pateó una imagen de la Virgen durante un programa televisivo. El episodio produjo una conmoción nacional y permanece en la memoria de muchos católicos brasileños.
Por eso una noticia falsa pudo resultar políticamente verosímil para parte de la población.
La reacción en internet fue inmediata. Según datos recogidos por Folha, las menciones disminuyeron durante el fin de semana, pero en su momento máximo el interés por “Nossa Senhora Aparecida” en Google llegó a multiplicarse casi cinco veces respecto de un día normal. Los análisis disponibles sugieren, sin embargo, que el episodio tuvo un alcance menor que otras controversias recientes de la campaña y no permiten establecer por sí solos cuánto modificará el voto.
Ese matiz es importante. La Virgen no necesariamente decidirá la elección. Pero el episodio ilumina una transformación mucho más profunda de la política brasileña: la religión se ha convertido en territorio electoral y las iglesias en actores relevantes de la disputa por el poder.
Una elección que desborda las fronteras brasileñas
La importancia de la votación del domingo tampoco termina en las fronteras de Brasil.
Una continuidad de Lula mantendría a Brasil dentro de una política exterior que busca autonomía respecto de las grandes potencias, participación activa en los BRICS, estrechas relaciones comerciales con China y un papel relevante del país en el llamado Sur Global.
Flávio Bolsonaro representa una orientación diferente, vinculada políticamente al universo conservador internacional y con mayor proximidad hacia Estados Unidos bajo Donald Trump.
Por eso la elección brasileña ocurre además en medio de una disputa más amplia por la orientación política de América Latina.
En los últimos años, las derechas vinculadas al trumpismo han adquirido peso en distintos países de la región, mientras las fuerzas progresistas intentan conservar algunos de sus principales gobiernos. Brasil, por su dimensión económica, demográfica y diplomática, tiene una capacidad incomparablemente mayor para modificar ese equilibrio.
También está en juego la orientación del Mercosur, la integración sudamericana, las relaciones con China y Estados Unidos, la política amazónica y climática y el lugar que Brasil pretende ocupar en un orden internacional cada vez más fragmentado.
Para Chile tampoco es una elección distante. Brasil es un socio económico fundamental y un actor indispensable para cualquier proyecto de integración sudamericana.
El domingo comienza a resolverse la incógnita
Hay, finalmente, una paradoja que resume bien esta elección.
Jair Bolsonaro salió de la competencia presidencial, pero el bolsonarismo permanece en el centro de la política brasileña. Lula volvió al gobierno en 2023 después de derrotarlo por un margen extremadamente estrecho y cuatro años después enfrenta nuevamente a ese movimiento, ahora encabezado por el hijo del expresidente.
Brasil parece regresar así a una pregunta que nunca terminó de resolver después de 2022.
Las encuestas muestran una sociedad dividida casi por mitades entre dos proyectos políticos muy diferentes.
En esa disputa caben el empleo y la deuda de las familias, la inseguridad y el crimen organizado, las relaciones con Washington y Beijing, las iglesias evangélicas y el catolicismo popular. Incluso una pequeña Virgen negra encontrada, según la tradición, por tres pescadores en las aguas del río Paraíba do Sul hace más de tres siglos terminó entrando en la campaña.
El episodio de Nossa Senhora Aparecida nació de una falsedad, pero la intensidad de la reacción fue real.
Y quizá por eso resulta tan revelador del Brasil que llegará a las urnas este domingo.
Fuentes: Reuters, Datafolha, Folha de S.Paulo, Financial Times.
