
Lula triunfa contra pronóstico y Flávio Bolsonaro emprende la huida
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“Lo que ocurrió hoy no es algo normal. Fue inaceptable”. Ya sabemos la razón de la incredulidad de Flávio Bolsonaro tras perder las elecciones, miedo a ser condenado por blanqueo de capitales, corrupción y evasión de capitales. En 48 horas, pasó de no reconocer el triunfo de Lula, presentarse como líder de la oposición, para plantarse en Miami, huyendo de la justicia. Por su parte, Donald Trump, que llegó a decir que “le parecía otra elección amañada”, ¡oh casualidad! brinda alojamiento a Flávio y su familia, donde reside Eduardo, su hermano menor, artífice de la huida.
Lo sucedido deja al partido del candidato, el liberal, al descubierto. No dan crédito y su jefe de campaña Rogério Marinho declara: “Ayer hablamos de que debía asumir los 60 millones de votos y representar a la oposición”. Con el padre preso y toda la familia en el punto de mira de la justicia, lograr la presidencia era blindar su persona. No es el único caso. Donald Trump o Benjamin Netanyahu han seguido el mismo camino, la diferencia es obvia.
Pero, lo dicho no debe nublar el análisis de fondo. La familia Bolsonaro cae en desgracia, no la derecha. Ésta posee mayoría parlamentaria y experiencia en urdir tramas desestabilizadoras. La destitución de la presidenta Dilma Rousseff en 2016 demuestra hasta dónde es capaz de llegar. Hoy, controla el Poder Legislativo más el tribunal de Cuentas. A lo que debemos sumar un sector de jueces y militares de alto rango. La suma de estos factores hace posible la destitución de Lula en el corto y medio plazos. Y en esa estrategia veríamos a Estados Unidos involucrado decididamente. De esa manera completaría el “Escudo de las Américas”, la sumisión de Brasil a la DEA en su “guerra antidrogas” y el enfriamiento en las relaciones bilaterales con China.
La derecha mundial no lo esperaba. Ni la derrota ni la huida. Hoy igualan a Flávio con María Corina Machado, sólo prepara su regreso. Son muchos quienes están en shock. Para no hacer taxonomía, diremos, la derecha brasileña y mundial, con sus tecnoligarcas, redes sociales y predicadores evangelistas. Pero, si la derecha es hábil, es el momento de romper amarras con la familia Bolsonaro.
No quiero ser aguafiestas. Pero en la otra orilla, el PT tuvo claro que enfrentar la candidatura de Flávio Bolsonaro iba a requerir un esfuerzo titánico. La tendencia a votar por el hijo de Bolsonaro era manifiesta. Debía articular una candidatura sin fisuras. El líder octogenario, entendió que en su partido, sin un relevo generacional, al menos por el momento, debía dar la cara. Cambiar de fórmula no era una opción. Su vicepresidente, Geraldo Alckmin, ex gobernador de Sao Paulo, militante del Partido Socialista, a quien derrotase Lula en las presidenciales de 2006, llevaría a la derrota. La trayectoria de Alckmin presenta claroscuros. Militó en MDB (Movimiento Democrático Brasiñeño), creado por la dictadura en 1966. Posteriormente, cofundó el PMDB, (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), más tarde se unió al PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña), acabando en las filas del Partido Socialista. A su pesar, Lula tomó la responsabilidad. Era la única opción para que los movimientos sociales, el MST (Movimiento de los trabajadores rurales sin tierra), feministas, sindicatos de clase y una parte importante de la juventud apoyaran su candidatura en segunda vuelta. Todos se movilizaron pidiendo el voto para Lula y fue un éxito. La memoria de una involución política, sobrevenida bajo el gobierno de Jair Bolsonaro, entró en liza.
Y en la derecha, salvo para el Partido Liberal, el senador Flávio Bolsonaro no era la mejor de las bazas. No hubo acuerdos con otros partidos de la derecha. Ni siquiera ofreciendo la vicepresidencia en su fórmula electoral. El elegido, Alfredo Gaspar, es un hombre de paja. Así, una parte de la derecha y cargos del anterior gobierno de Jair Bolsonaro acaban pidiendo el voto por Lula. Tras la huida de Flávio, la familia Bolsonaro entra en barrena.
En las filas de la izquierda, la euforia tras el triunfo de Lula es injustificada. La recuperación del electorado, más de 4 millones de votos, es circunstancial. El viejo líder y su carisma suma. En otras palabras, 64 millones 256 mil 232 personas no decidieron frenar el fascismo y poner en su sitio a la derecha. Sin duda, hubo un voto de izquierdas, militante, movilizador de redes, pero no es suficiente para explicar el vuelco. Apostar todo al antifascismo y el miedo a una involución política es reduccionista. La izquierda brasileña sigue teniendo un problema: carece de un proyecto ilusionante, capaz de cuestionar las estructuras de dominación y explotación del capitalismo. Su abandono explica en parte la desafección.
En esta coyuntura, la derecha brasileña sabrá esperar su oportunidad, una vez se haya desprendido del lastre de los Bolsonaro. Así, contra pronóstico, tras ser derrotado en las elecciones Flávio Bolsonaro huye a Estados Unidos. La derecha no gobernará en Brasil y Lula formará gobierno. Mientras en América Latina sus aliados reconocen los resultados, desnudan a Bolsonaro y su cobardía. Le faltó tiempo para abandonar el país con ayuda de Milei y Novoa y recibir el visado de su amigo Trump. La realidad mágica de América Latina supera la ficción.
Marcos Roitman Rosenmann
