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Kast y los jóvenes: 15% de aprobación, 24% de desempleo y un malestar que comienza a expresarse

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La última encuesta Cadem revela una profunda brecha generacional en el respaldo al Presidente: apenas el 15% de los jóvenes entre 18 y 34 años aprueba su gestión. Al mismo tiempo, el desempleo entre los menores de 25 años alcanza el 24,4%, mientras organizaciones estudiantiles, feministas y ambientales comienzan a confluir en nuevas movilizaciones. Los datos no demuestran una relación causal, pero plantean una pregunta que trasciende el desgaste del gobierno: ¿se está configurando un nuevo ciclo de movilización social?

Hay una cifra en la última encuesta Cadem que ha quedado relativamente relegada por las noticias sobre la crisis del ministro de Justicia, Fernando Rabat, y la caída de la aprobación presidencial. Es el 15% de respaldo que registra José Antonio Kast entre los jóvenes de 18 a 34 años. Un porcentaje que, observado aisladamente, podría interpretarse como otro indicador del desgaste gubernamental, pero que adquiere una dimensión diferente cuando se lo relaciona con las condiciones económicas de esa generación y con las movilizaciones sociales que comienzan a recuperar presencia en las calles.

La encuesta Plaza Pública N.º 702, difundida el domingo 1 de noviembre, muestra que la aprobación presidencial cayó al 26% en la última medición semanal, mientras el promedio de octubre se situó en 30%. Sin embargo, entre los jóvenes el respaldo mensual fue de apenas 15%, cuatro puntos menos que en septiembre.

La distancia es considerable. Mientras el apoyo a Kast alcanza el 42% entre los mayores de 55 años y el 31% entre quienes tienen de 35 a 54, en el segmento más joven se reduce a menos de la mitad del registrado entre los adultos mayores. La caída se observa en todos los grupos, pero las diferencias generacionales son demasiado amplias como para quedar ocultas bajo el promedio nacional.

La controversia por las rebajas de condenas, que ha golpeado al gobierno durante las últimas semanas, contribuye al deterioro general de su aprobación. Pero sería apresurado atribuirle también la totalidad de la distancia que separa a los jóvenes del Presidente. Hay otros factores que merecen atención.

Una generación que encuentra cerradas las puertas del trabajo

El más inmediato es el empleo. Según los datos de la Encuesta Nacional de Empleo del Instituto Nacional de Estadísticas, correspondientes al trimestre julio-septiembre de 2026, la tasa de desocupación nacional alcanzó el 9,8%, con un aumento de 1,3 puntos porcentuales en doce meses.

La situación es considerablemente más grave entre los jóvenes. Un informe del centro de estudios Horizontal, elaborado a partir de las cifras oficiales, establece que el desempleo entre las personas de 15 a 24 años llegó al 24,4%, la segunda tasa más alta desde que comenzó a aplicarse la actual Encuesta Nacional de Empleo.

En doce meses, el número de jóvenes ocupados disminuyó un 6,2%, mientras la cantidad de desocupados aumentó un 23,5%, hasta alcanzar aproximadamente 177.200 personas.

Es necesario precisar que la encuesta Cadem mide la aprobación entre personas de 18 a 34 años, mientras la tasa juvenil de desempleo corresponde al grupo de 15 a 24 años. No son poblaciones idénticas ni permiten establecer una relación estadística directa. Sin embargo, ambas mediciones ayudan a observar dimensiones diferentes de las dificultades que enfrentan las nuevas generaciones.

El desempleo juvenil no representa únicamente la ausencia de ingresos. Puede significar también la postergación de proyectos personales, la imposibilidad de independizarse del hogar familiar, las dificultades para acceder a una vivienda y una prolongada dependencia económica.

Para quienes han terminado sus estudios superiores, la búsqueda del primer trabajo puede convertirse en una experiencia de frustración. Para otros, la alternativa es aceptar empleos informales, temporales o insuficientemente remunerados. Y para una parte de quienes todavía estudian, la incertidumbre comienza antes de ingresar al mercado laboral.

Estas dificultades no comenzaron con el actual gobierno. Responden a problemas estructurales del mercado de trabajo chileno, agravados por el deterioro reciente de la actividad económica. Pero constituyen el contexto material en que los jóvenes evalúan a las autoridades y sus políticas.

La misma encuesta Cadem ofrece otras señales del clima económico: el 92% de los consultados considera mala o muy mala la situación del empleo y el 71% manifiesta preocupación por la estabilidad de su trabajo o del principal ingreso familiar. Son percepciones del conjunto de los encuestados, no exclusivamente de los jóvenes, pero describen un ambiente generalizado de inseguridad.

 

Las calles comienzan a recuperar protagonismo

Mientras las encuestas registran el deterioro de las expectativas, durante las últimas semanas se ha observado una reactivación de las organizaciones sociales.

La Marcha Nacional por el Medio Ambiente, realizada el sábado 31 de octubre, reunió a organizaciones ambientales, territoriales, estudiantiles y feministas que cuestionan distintas decisiones del gobierno, entre ellas su política ambiental, el proyecto minero-portuario Dominga y los recortes presupuestarios previstos para 2027.

La movilización contó con la participación de organizaciones estudiantiles como la FECh y la Confech, además de agrupaciones vinculadas a la Coordinadora Feminista 8M. Sus dirigentes anunciaron nuevas acciones, entre ellas movilizaciones estudiantiles y manifestaciones del profesorado.

No se trata todavía de un movimiento social unificado ni existe evidencia suficiente para afirmar que las protestas representan a la mayoría de los jóvenes. Las organizaciones participantes tienen demandas, trayectorias y prioridades distintas.

Sin embargo, su confluencia resulta significativa.

El movimiento estudiantil cuestiona aspectos del financiamiento de la educación y las perspectivas de las nuevas generaciones. Las organizaciones ambientales denuncian amenazas sobre los territorios y los ecosistemas. Las agrupaciones feministas plantean demandas relacionadas con derechos, igualdad y condiciones de vida.

Son conflictos diferentes, pero pueden encontrar puntos de contacto en una preocupación compartida por el futuro.

En ese escenario, las dificultades económicas y laborales podrían contribuir a ampliar el significado de las movilizaciones, más allá de sus demandas inmediatas. La protesta ambiental, por ejemplo, no necesariamente expresa solo preocupación por la conservación de la naturaleza: también puede contener preguntas sobre el modelo de desarrollo, las prioridades económicas y las condiciones en que vivirán las próximas generaciones.

Una generación que desconfía de las promesas

Chile tiene una extensa historia de movilización juvenil. Los estudiantes secundarios de 2006, las grandes protestas universitarias de 2011 y la participación de las nuevas generaciones en el estallido social de 2019 muestran que la juventud ha sido protagonista de algunos de los principales procesos de transformación política de las últimas décadas.

Pero también existe una historia de expectativas incumplidas. Las demandas por educación, pensiones, vivienda y mejores condiciones laborales han atravesado sucesivos gobiernos sin encontrar respuestas consideradas suficientes por amplios sectores de la sociedad.

La situación actual incorpora nuevas tensiones. Una generación que creció con acceso a tecnologías digitales, mayores niveles de escolaridad y expectativas de movilidad social enfrenta un mercado laboral que no siempre ofrece oportunidades acordes con su formación.

La contradicción entre preparación y oportunidades puede alimentar la desconfianza hacia las instituciones. No necesariamente conduce a una identificación con la izquierda ni a una posición política homogénea. El descontento juvenil puede expresarse de distintas maneras, incluida la abstención electoral, la distancia respecto de los partidos o la participación en organizaciones sociales.

En diversos países, durante los últimos años, movimientos protagonizados por jóvenes han cuestionado la corrupción, la desigualdad, el desempleo y la falta de representación política. Aunque sus contextos son diferentes, comparten interrogantes sobre la capacidad de las instituciones para responder a las expectativas de las nuevas generaciones.

Chile no es ajeno a esas tensiones, pero tampoco puede suponerse que reproducirá las experiencias internacionales.

¿Un nuevo ciclo de movilización social?

La caída de la aprobación de Kast entre los jóvenes no demuestra por sí sola que esté surgiendo un nuevo movimiento social. Tampoco el desempleo juvenil permite anticipar una expansión de las protestas. Entre la insatisfacción individual y la acción colectiva existe una distancia que depende de las organizaciones, las experiencias compartidas y las circunstancias políticas.

Lo que sí muestran los antecedentes disponibles es una coincidencia que merece atención: una aprobación presidencial particularmente baja entre los menores de 35 años, un mercado laboral que golpea con especial intensidad a quienes intentan incorporarse a él y organizaciones sociales que comienzan a articular nuevas convocatorias.

El gobierno enfrenta, además, un deterioro más amplio de las expectativas económicas. La discusión pública se ha concentrado durante los últimos días en el caso Rabat, las responsabilidades ministeriales y las dificultades de Kast para mantener la cohesión de su coalición. Pero bajo esa crisis institucional aparecen problemas que no se resolverán necesariamente con un cambio de gabinete.

La experiencia chilena demuestra que los grandes procesos de movilización social no siempre son precedidos por acontecimientos espectaculares. En ocasiones se desarrollan lentamente, mediante conflictos parciales que terminan por encontrar un lenguaje común.

Sería prematuro afirmar que Chile se encuentra ante una nueva etapa de esa naturaleza. Sin embargo, tampoco parece suficiente interpretar el 15% de aprobación juvenil como una simple variación estadística.

La pregunta que comienza a plantearse es si el distanciamiento de los jóvenes respecto del gobierno expresa solamente una evaluación negativa de su gestión o si constituye una manifestación de dificultades sociales y económicas más profundas, que podrían encontrar nuevas formas de organización y protesta.

La respuesta no está todavía en las encuestas. Habrá que buscarla también en los lugares de trabajo, las universidades, los barrios y las calles.

 

Simón del Valle

 

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