Economía y Mercados en Marcha Portada

La caída de Wall Street revela las tensiones económicas y geopolíticas detrás del auge de la inteligencia artificial

Tiempo de lectura aprox: 7 minutos, 27 segundos

El desplome de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses se extendió a Japón, Corea del Sur y Taiwán, mientras China resistió con pérdidas menores. La reacción de los mercados tras las elecciones legislativas de Estados Unidos expuso dudas sobre la rentabilidad de las enormes inversiones en inteligencia artificial, el endeudamiento empresarial y el consumo de energía y recursos naturales. Más allá de las bolsas, la crisis abre interrogantes sobre el futuro de una industria que se ha convertido en uno de los principales escenarios de competencia entre las grandes potencias

 

La fuerte caída de las acciones tecnológicas estadounidenses del jueves 5 de noviembre, seguida de un retroceso de las principales bolsas asiáticas, constituye algo más que un episodio de nerviosismo entre inversionistas. Ha puesto bajo observación uno de los procesos económicos y tecnológicos más importantes de la actualidad: la expansión de la inteligencia artificial y la enorme cantidad de recursos financieros, industriales y naturales que requiere.

En Wall Street, el índice Nasdaq, donde se concentran las grandes compañías tecnológicas, perdió alrededor de un 5,5%, mientras el S&P 500 retrocedió un 4,4%. Las empresas de semiconductores, esenciales para el funcionamiento de los sistemas de inteligencia artificial, sufrieron caídas todavía mayores.

El desplome coincidió con la reacción de los mercados a los resultados de las elecciones legislativas estadounidenses, que modificaron el equilibrio político en Washington y abrieron interrogantes sobre las futuras regulaciones a las grandes empresas tecnológicas.

Sin embargo, atribuir toda la caída al resultado electoral sería simplificar un fenómeno más profundo. Desde hace meses se acumulan dudas sobre las extraordinarias inversiones destinadas a construir centros de datos, desarrollar procesadores especializados y ampliar la capacidad informática necesaria para sostener la expansión de la inteligencia artificial.

La pregunta que comienza a formularse es si los beneficios económicos que generará esta tecnología serán suficientes para justificar los cientos de miles de millones de dólares comprometidos.

De Wall Street a las fábricas de Asia

La caída estadounidense se transmitió rápidamente a los mercados asiáticos.

En Japón, el índice Nikkei retrocedió alrededor de un 6%, mientras Corea del Sur registró una disminución semejante. Taiwán también sufrió pérdidas importantes, especialmente entre las compañías dedicadas a la fabricación de semiconductores.

China continental y Hong Kong experimentaron retrocesos menores.

La diferencia no es casual. Japón, Corea del Sur y Taiwán ocupan posiciones fundamentales en la cadena mundial de producción de componentes para inteligencia artificial.

Taiwán alberga a TSMC, principal fabricante de los procesadores avanzados utilizados por empresas como Nvidia. Corea del Sur concentra una parte decisiva de la producción mundial de memorias de alta capacidad, mediante compañías como Samsung y SK Hynix. Japón participa en la fabricación de equipos, materiales y componentes indispensables para la industria electrónica.

Estas economías dependen, en distintos grados, de la demanda internacional de tecnologías avanzadas. Si las grandes compañías estadounidenses reducen sus planes de inversión, las consecuencias podrían alcanzar a fabricantes, proveedores y trabajadores situados a miles de kilómetros de Silicon Valley.

La inteligencia artificial aparece así como una industria global profundamente interdependiente, aunque atravesada por una creciente competencia entre Estados Unidos y China.

La paradoja de una tecnología que promete transformar la economía

Durante los últimos años, las grandes empresas tecnológicas han presentado la inteligencia artificial como una transformación comparable a la revolución industrial o a la expansión de internet.

Sus aplicaciones prometen aumentar la productividad, automatizar tareas, acelerar investigaciones científicas y modificar numerosos sectores económicos.

Pero desarrollar esa capacidad exige inversiones extraordinarias.

Los sistemas de inteligencia artificial necesitan enormes centros de datos, miles de procesadores especializados, redes eléctricas de gran capacidad y sistemas de refrigeración que consumen cantidades significativas de agua y energía.

También requieren cobre, materiales industriales, instalaciones de transmisión eléctrica y grandes extensiones de terreno.

La expansión tecnológica, que suele presentarse como un proceso digital e inmaterial, depende en realidad de una infraestructura física de dimensiones crecientes.

Durante años, los mercados financieros aceptaron financiar esa expansión sobre la expectativa de ganancias futuras. Ahora comienzan a examinar con mayor atención cuánto dinero están generando efectivamente esas inversiones y cuánto tiempo será necesario para recuperarlo.

La caída bursátil no demuestra que la inteligencia artificial carezca de futuro. Tampoco significa que las empresas tecnológicas estén próximas a desaparecer.

Lo que pone en cuestión es la relación entre las expectativas financieras y los resultados económicos concretos.

La deuda tecnológica y el riesgo para el sistema financiero

Uno de los aspectos menos visibles de esta expansión es su financiamiento.

Las grandes compañías tecnológicas disponen de enormes recursos, pero también han recurrido a préstamos y emisiones de bonos para financiar proyectos de infraestructura. Otras empresas, más pequeñas y especializadas, dependen considerablemente del crédito para construir centros de datos y adquirir procesadores.

Esto introduce una dimensión de riesgo que va más allá de la cotización de las acciones.

Cuando una empresa pierde valor en la bolsa, sus accionistas sufren pérdidas patrimoniales. Pero si aumentan las dudas sobre su capacidad para pagar las deudas, las consecuencias pueden extenderse a bancos, fondos de inversión y otras instituciones financieras.

Los bonos empresariales pueden perder valor, los préstamos encarecerse y determinados proyectos dejar de ser rentables.

Empresas como CoreWeave, dedicada a proporcionar infraestructura informática para inteligencia artificial, y el conglomerado japonés SoftBank han sido observadas por los mercados debido a su exposición a esta expansión tecnológica y a sus necesidades de financiamiento.

La preocupación no significa que estas compañías hayan dejado de cumplir sus obligaciones. Refleja el temor a que una desaceleración de las inversiones complique el pago o refinanciamiento de las deudas.

La experiencia de otras crisis financieras muestra que los problemas pueden propagarse cuando bancos y fondos mantienen exposiciones importantes a sectores que sufren pérdidas simultáneas.

No existen, por ahora, antecedentes suficientes para afirmar que la caída tecnológica haya desencadenado una crisis bancaria internacional. Pero la relación entre las inversiones en inteligencia artificial y el sistema financiero constituye uno de los aspectos que deberán seguirse con mayor atención.

El triunfo demócrata y los límites políticos a la expansión tecnológica

Las elecciones legislativas estadounidenses introdujeron un elemento adicional de incertidumbre.

La victoria demócrata abrió la posibilidad de mayores controles parlamentarios sobre las grandes empresas tecnológicas y de restricciones a la instalación de centros de datos en determinados territorios.

Durante los últimos años, estas instalaciones han provocado conflictos con comunidades que denuncian el aumento del consumo eléctrico, la presión sobre los recursos hídricos y las consecuencias ambientales de los nuevos proyectos.

En Texas, una de las regiones donde más rápidamente se ha expandido esta infraestructura, la gobernadora electa Gina Hinojosa ha planteado detener nuevos proyectos de centros de datos. Legisladores demócratas también han propuesto medidas para proteger a los consumidores frente a aumentos de las tarifas eléctricas y reforzar la evaluación independiente de sistemas de inteligencia artificial.

La reacción de Wall Street refleja el temor a que estas decisiones ralenticen inversiones que las compañías ya habían incorporado a sus previsiones de crecimiento.

Sin embargo, una victoria electoral no equivale a la aprobación inmediata de nuevas restricciones. Las medidas deberán atravesar procesos legislativos, administrativos o estatales, y pueden enfrentar oposición de sectores empresariales y políticos.

El episodio revela una tensión creciente entre la expansión de una industria considerada estratégica y las demandas de las comunidades que soportan sus costos materiales.

China y la disputa por la supremacía tecnológica

Para China, el episodio presenta una situación ambivalente.

Por una parte, su economía mantiene una importante participación en las cadenas industriales y comerciales vinculadas a la electrónica mundial. Una desaceleración de la demanda internacional de tecnología puede afectar sus exportaciones y sus empresas.

Por otra, las restricciones estadounidenses al acceso chino a semiconductores avanzados han impulsado a Pekín a desarrollar capacidades tecnológicas propias y reducir su dependencia de proveedores extranjeros.

La competencia por la inteligencia artificial no se limita a las empresas. Forma parte de una disputa geopolítica más amplia que incluye la fabricación de chips, el control de tecnologías estratégicas, la energía, las telecomunicaciones y las capacidades militares.

Estados Unidos conserva ventajas importantes en el diseño de procesadores avanzados, el desarrollo de modelos de inteligencia artificial y el financiamiento tecnológico.

China, en cambio, dispone de una extensa base industrial, un gran mercado interno y una política estatal orientada al desarrollo de capacidades tecnológicas nacionales.

Una corrección prolongada de las inversiones estadounidenses podría modificar las condiciones de esta competencia, pero no necesariamente beneficiaría a China. Ambos países participan de una economía mundial interdependiente y enfrentan sus propias restricciones industriales y financieras.

La relativa resistencia de las bolsas chinas durante la jornada del viernes tampoco demuestra un cambio en el equilibrio tecnológico mundial. Refleja, entre otros factores, diferencias en la composición de sus mercados y en su exposición directa a las grandes empresas estadounidenses de inteligencia artificial.

 

La inteligencia artificial también tiene una dimensión energética y ambiental

La expansión de los centros de datos está modificando las necesidades de inversión en energía e infraestructura.

La electricidad necesaria para alimentar procesadores, sistemas de refrigeración y redes informáticas obliga a construir nuevas instalaciones de generación y transmisión.

Esto abre oportunidades para empresas eléctricas, fabricantes de equipos y productores de materias primas, pero también genera conflictos por el uso del territorio y de los recursos naturales.

En América Latina, donde distintos gobiernos promueven la instalación de centros de datos y nuevas inversiones tecnológicas, estas tensiones tienen una expresión particular.

Chile, por ejemplo, dispone de recursos energéticos renovables y una industria minera que produce cobre, material esencial para la electrificación. Pero enfrenta también problemas de disponibilidad hídrica, desigualdad territorial y conflictos ambientales asociados a grandes proyectos.

Una desaceleración mundial de las inversiones en infraestructura de inteligencia artificial podría afectar determinadas expectativas de demanda de cobre y otros materiales.

No obstante, la demanda de estos recursos depende de numerosos sectores adicionales, por lo que sería incorrecto atribuir una eventual caída de sus precios exclusivamente a la industria tecnológica.

El problema de fondo es que una tecnología presentada como instrumento de modernización económica necesita recursos físicos cuya disponibilidad no es ilimitada.

Una recuperación parcial que no despeja las dudas

Este viernes, las acciones estadounidenses vinculadas a inteligencia artificial comenzaron a recuperarse después de las fuertes pérdidas de las jornadas anteriores.

Nvidia registró un rebote importante y el Nasdaq avanzaba alrededor de un 1,1%, mientras el S&P 500 subía cerca de un 0,3%. Sin embargo, el Dow Jones continuaba retrocediendo y el comportamiento del resto del mercado mostraba que la estabilización no era generalizada.

La recuperación parcial no elimina las interrogantes que provocaron el desplome.

Las grandes empresas tecnológicas mantienen sus planes de inversión y la demanda de servicios de inteligencia artificial continúa creciendo. Pero los mercados comienzan a distinguir con mayor atención entre el potencial de la tecnología y la capacidad efectiva de las empresas para convertirlo en beneficios.

Tampoco está demostrado que la industria enfrente una crisis comparable al estallido de la burbuja de internet de comienzos de siglo. Las compañías actuales incluyen grandes grupos con ingresos consolidados y recursos financieros considerables, aunque algunas empresas especializadas presentan una dependencia mucho mayor del financiamiento externo.

La evolución dependerá tanto de los resultados económicos de las inversiones como de las decisiones políticas que adopten Estados Unidos y otros países.

Una transformación tecnológica sometida a sus propias contradicciones

La caída de las bolsas internacionales ha puesto de manifiesto una contradicción que trasciende el comportamiento de los mercados.

La inteligencia artificial promete elevar la productividad, transformar industrias y ampliar las capacidades científicas. Al mismo tiempo, su desarrollo está concentrando inversiones extraordinarias en un número relativamente reducido de grandes empresas, estrechamente vinculadas con bancos, fondos financieros y gobiernos.

Esa concentración hace que las decisiones de unas pocas compañías tengan consecuencias sobre fábricas asiáticas, sistemas eléctricos, proyectos mineros y mercados financieros de numerosos países.

También plantea interrogantes sobre quién controla la infraestructura tecnológica, cómo se distribuyen sus beneficios y quién asume los costos económicos y ambientales de su expansión.

Las elecciones estadounidenses introdujeron una nueva dimensión política en este proceso. La posibilidad de mayores controles públicos sobre los centros de datos y las grandes empresas tecnológicas revela que el crecimiento de la inteligencia artificial ya no depende únicamente de las decisiones de inversión de sus propietarios.

Depende también de la aceptación social de sus proyectos, de la disponibilidad de recursos y de las políticas de los Estados.

La caída bursátil de esta semana no demuestra el fracaso de la inteligencia artificial. Pero sí cuestiona la idea de que su expansión económica puede continuar indefinidamente, al ritmo previsto por los mercados y sin enfrentar límites financieros, políticos o materiales.

Esa es probablemente la consecuencia más significativa de lo ocurrido: una industria que parecía avanzar impulsada por expectativas prácticamente ilimitadas comienza a enfrentarse con las restricciones de la economía real y con las decisiones de sociedades que reclaman intervenir en su desarrollo.

 

Redacción El Clarín

 

Fuentes: Reuters, The Wall Street Journal, AP

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Memoria, documentos y archivos históricos de la Fundación Presidente Allende

Historia y litigio por la confiscación de El Clarín

 Proceso judicial y antecedentes del caso Pinochet

Proceso en España a los crímenes de la dictadura

 Entrevistas, escritos y discursos de Salvador Allende

 Fondos recuperados del caso Riggs destinados a víctimas de la dictadura

El Clarín de Chile · Aviso legal Privacidad Política de cookies
Danzai Software