
Los aranceles no son tan malos
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Durante las primeras décadas posteriores a la independencia las finanzas públicas de Chile dependieron en alto grado de los impuestos que se cobraban en aduana a las mercancías importadas, es decir, a lo que hoy en día llamaríamos aranceles. Esos aranceles tuvieron niveles superiores al 30 % e incluso llegaron al 50 % en algunos momentos del periodo que de 1830 a 1850 y permitieron tener y sostener un estado fuerte que tuviera fondos para invertir y para apoyar a la consolidación e institucionalización de una república oligárquica primario exportadora. El mantener unidas a las fuerzas sociales y económicas que concurrían a la formación de esa república necesitaba de un estado fuerte, centralizado, con recursos y con autoridad, todo lo cual dependía en alta medida de la recaudación fiscal aduanera y arancelaria. Podríamos decir, por lo tanto, que la joven república se apoyó en alta medida en los aranceles aduaneros, que tenían una función básicamente recaudatoria.
En las décadas posteriores a 1940, hasta por lo menos 1973, impero lo que se llamó la industrialización por sustitución de importaciones, que tenía como una de sus herramientas más utilizadas la mantención de aranceles elevados a las mercancías importadas, alcanzando a veces niveles superiores al 100%. Eso tenía como objetico el proteger a la industria naciente y proporcionar recursos al estado para llevar adelante las inversiones, básicamente en infraestructura, que necesitaba ese modelo de crecimiento. Se trataba de un muro defensivo que permitía que las mercancías provenientes de la industria en su etapa de infancia no se sometieran a la competencia de las mercancías importadas. Paralelamente se propició y se llevaron adelante las inversiones para producir los bienes y servicios, tales como acero, electricidad, ferrocarriles, que requería la naciente industrialización. Podemos decir, por lo tanto, que la industria que se alcanzó a llevar adelante, en el siglo XX, fue hija fundamentalmente de los aranceles aduaneros que se establecieron.
Pero vino un periodo en la historia del país y del mundo en que los países competían entre sí no solo para bajar sus aranceles, sino que incluso para eliminarlos, y se firmaban todo tipo de acuerdos y compromisos en términos de eliminar a los aranceles de sus recíprocos arsenales de herramientas de comercio exterior. Fue el periodo de la supremacía del neoliberalismo que impero a fines del siglo XX y principios del siglo XXI. Se asumía que el libre comercio llevaría a todos los países del mundo a una fase de alta productividad y de altos ingresos, cosas que se fueron desdibujando prontamente con el correr de los años.
Hoy en día los aranceles gozan de muy poco prestigio en el campo de la política comercial internacional, pero por razones diferentes. El presidente de Estados Unido ha jugado a su regalado gusto con los aranceles que los productos de diferentes partes del mundo tienen que pagar para entrar al mercado estadounidense, lo cual ha generado reclamos y controversias en todo el planeta, dado que Estados Unidos es el primer importador mundial.
Se visualiza, por parte del ciudadano de a pie, que los aranceles son instrumentos malignos, en manos de un gobernante bastante autoritario y arbitrario, que son usados para imponer a los países todo tipo de condiciones económicas y políticas para poder gozar de un arancel bajo. En caso contrario se les impone un arancel elevado con lo cual dichas mercancías quedan en una posición poco competitiva en el mercado estadounidense.
Pero los aranceles no son intrínsecamente malos como herramientas de comercio exterior. Pueden servir como herramientas útiles para apoyar determinados proyectos de desarrollo nacional como lo fue para institucionalizar el país o para potenciar su industrialización como en el siglo XIX o a mediados del siglo XX.
Sergio Arancibia





