
Reconstrucción con receta neoliberal: más mercado en tiempos de incertidumbre
Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 28 segundos
El gobierno del presidente José Antonio Kast presentó este sábado su llamado Plan de Reconstrucción Nacional, un programa que combina reconstrucción tras los incendios del sur del país con una serie de reformas económicas orientadas —según el Ejecutivo— a reactivar el crecimiento y ordenar las finanzas públicas. El paquete incluye más de cuarenta medidas que van desde incentivos tributarios para las empresas hasta cambios en el financiamiento de la educación superior y recortes en el gasto público. La idea central del gobierno es clara: reducir impuestos, estimular la inversión privada y confiar en que el crecimiento económico posterior permitirá equilibrar las cuentas fiscales.
Hasta aquí, el diagnóstico oficial parece sencillo. El problema comienza cuando se observan las medidas concretas. Lo que el plan propone, en realidad, es una reedición intensificada de las políticas económicas de mercado que han marcado la historia reciente de Chile. En otras palabras: más de lo mismo, pero en un momento en que el país y el mundo parecen exigir algo distinto.
La primera contradicción: bajar impuestos con déficit
El corazón económico del programa es la reducción del impuesto a las empresas. El gobierno propone rebajar la tasa corporativa desde el 27 % actual a cerca del 23 %, con el argumento de que una menor carga tributaria incentivará la inversión privada.
La lógica es conocida. Si las empresas pagan menos impuestos, invertirán más; si invierten más, crecerá la economía; si crece la economía, aumentará la recaudación fiscal en el largo plazo.
El problema es que esta apuesta se realiza en un contexto de déficit fiscal reconocido por el propio gobierno entrante. Y ahí aparece la primera contradicción estructural del plan: reducir los ingresos del Estado mientras se afirma que las cuentas públicas necesitan ser equilibradas.
La promesa implícita es que el crecimiento futuro resolverá el problema. Pero la historia económica está llena de ejemplos en los que esa promesa no se cumplió.
Capital sin impuestos
La segunda medida clave del programa profundiza esa misma lógica. El plan propone eliminar el impuesto a las ganancias de capital, es decir, el gravamen aplicado a utilidades obtenidas en operaciones financieras o en la venta de activos.
El argumento del Ejecutivo es que esta decisión fortalecerá el mercado de capitales y atraerá inversión.
Pero también es una de las reformas tributarias menos redistributivas que se pueden imaginar. Las ganancias de capital se concentran principalmente en los sectores de mayores ingresos. Su eliminación implica, por definición, una reducción de la progresividad del sistema tributario.
La pregunta que emerge es inevitable: si el Estado necesita recursos para reconstruir el país y enfrentar un déficit fiscal, ¿por qué una de las primeras decisiones es reducir los impuestos que afectan a los segmentos de mayores ingresos?
Ajuste social en nombre del equilibrio fiscal
El otro pilar del programa aparece en el lado opuesto del presupuesto: el gasto social.
Entre las medidas anunciadas se encuentran modificaciones al financiamiento de la educación superior, en particular el refuerzo del cobro del Crédito con Aval del Estado (CAE) y la revisión de la expansión de la gratuidad universitaria.
El gobierno sostiene que estas decisiones buscan asegurar la sostenibilidad fiscal del sistema.
Pero para sus críticos el mensaje es claro: mientras se reducen impuestos al capital, se refuerza el cobro de deudas estudiantiles.
El CAE ha sido uno de los programas más cuestionados del sistema educativo chileno. Miles de estudiantes han terminado con altos niveles de endeudamiento tras financiar sus estudios mediante este crédito.
Reforzar su cobro, en lugar de revisar su estructura, parece un gesto que dice mucho sobre las prioridades del plan.
Apostar al mercado en tiempos inciertos
La cuarta dimensión del problema no está dentro del plan, sino fuera de él: el contexto internacional.
La economía global atraviesa un momento particularmente incierto. El conflicto en Medio Oriente ha elevado los precios del petróleo y ha introducido nuevas tensiones en los mercados energéticos y financieros.
Para países importadores de energía como Chile, un aumento sostenido del petróleo puede traducirse rápidamente en inflación, mayores costos productivos y menor crecimiento.
En ese escenario, apostar por una estrategia económica que depende de una fuerte expansión de la inversión privada se vuelve, como mínimo, arriesgado.
La pregunta es si el gobierno está diseñando una política económica para el mundo real de 2026 o para un escenario teórico de crecimiento sostenido que hoy parece cada vez más improbable.
La fragilidad del modelo
Más allá de las medidas concretas, el plan revela una apuesta ideológica bastante clara. Su lógica central consiste en confiar en el mercado como motor casi exclusivo del desarrollo económico.
Reducir impuestos, reducir gasto público, estimular inversión privada: la fórmula es conocida y ha sido aplicada en distintos momentos de la historia económica chilena.
El problema es que ese modelo también ha mostrado sus límites.
Durante décadas, Chile fue presentado como el laboratorio latinoamericano del neoliberalismo. Las reformas de mercado impulsaron el crecimiento, pero también generaron uno de los niveles de desigualdad más altos de la región.
Ese desequilibrio social fue uno de los factores que alimentó las protestas masivas que sacudieron al país en los últimos años.
En ese contexto, el plan presentado por el gobierno parece moverse en dirección contraria al debate social que esas protestas abrieron.
Más de lo mismo, pero amplificado
El resultado final es un programa que intenta responder a una crisis con herramientas que pertenecen a un ciclo económico y político anterior.
Sus defensores lo presentan como un plan de reconstrucción. Sus críticos lo ven como una profundización del modelo económico existente.
En cualquier caso, la apuesta es arriesgada. Depende de que el crecimiento llegue, de que la inversión reaccione y de que el contexto internacional no empeore.
Demasiadas variables para un programa que pretende reconstruir un país.
La historia económica chilena ofrece varias lecciones sobre las consecuencias de confiar demasiado en el mercado como único organizador de la vida económica y social.
Quizás la pregunta que queda abierta no es solo si este plan funcionará.
La pregunta más profunda es otra: ¿puede un país reconstruirse repitiendo, ampliadas, las mismas fórmulas que ya provocaron parte de su crisis?
Paul Walder





