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Temucuicui: la comunidad que resiste a la criminalización permanente

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Durante los últimos días, el cielo del Wallmapu ha vuelto a llenarse de drones militares y un avión espía que sobrevuela a baja altura la comunidad de Temucuicui. La escena, inquietante y repetida, coincide con los anuncios del presidente José Antonio Kast, quien ha prometido una intervención “decisiva” en el territorio. La combinación de vigilancia aérea, retórica de guerra y una creciente campaña de odio en redes sociales anuncia un escenario que la comunidad conoce demasiado bien: el de la criminalización sistemática.

Temucuicui, sin embargo, no es el enclave violento que describen los discursos oficiales. Es una comunidad mapuche que ha sostenido, durante décadas, un proyecto de vida basado en la autonomía, la defensa territorial y la continuidad cultural. Su “peligrosidad” no proviene de hechos delictivos, sino de su capacidad de resistir un modelo político y económico que históricamente ha buscado disciplinar al Wallmapu.

Un territorio que incomoda al Estado

Para comprender la ofensiva actual, es necesario situar a Temucuicui en su contexto histórico. Ubicada en la comuna de Ercilla, la comunidad está compuesta por varias lof que mantienen estructuras políticas propias, autoridades tradicionales y una vida comunitaria que antecede al Estado chileno. Su historia reciente está marcada por procesos de recuperación territorial frente a empresas forestales que, desde la dictadura, ocupan tierras que el pueblo mapuche considera ancestrales.




La comunidad ha sido objeto de allanamientos masivos, detenciones arbitrarias, procesos judiciales basados en testigos sin rostro y operativos policiales que rara vez terminan con pruebas sólidas. A pesar de ello, la mayoría de las causas contra sus miembros han terminado en absolución. Este dato, casi nunca mencionado en los medios nacionales, revela una verdad incómoda: Temucuicui no es un territorio criminal; es un territorio criminalizado.

Su autonomía, su cohesión interna y su capacidad de organización la convierten en un símbolo de resistencia. Y en un país donde el conflicto mapuche ha sido tratado como un problema de seguridad —y no como un conflicto histórico—, los símbolos suelen convertirse en objetivos.

La construcción del enemigo interno

La criminalización de Temucuicui no se sostiene en hechos comprobados, sino en una narrativa que combina intereses económicos, políticos y mediáticos. Las grandes empresas forestales, que controlan vastas extensiones de tierra en la región, ven en la comunidad una amenaza a su modelo extractivo. Los gobiernos, incapaces de abordar el conflicto desde la reparación histórica, recurren a la militarización como respuesta automática. Y los medios, durante años, han reproducido sin matices la idea de una “zona roja” donde la violencia sería inherente.

En este contexto, las redes sociales han adquirido un rol central. Páginas como Facebook Chile Conectado difunden mensajes que incitan abiertamente al odio: llamados a “limpiar el territorio”, a “acabar con el problema mapuche”, a “intervenir sin contemplaciones”. Estas publicaciones no solo desinforman: preparan a la opinión pública para aceptar la represión como una necesidad.

La estrategia es conocida: primero se instala el miedo, luego se difunde el odio, finalmente se legitima la fuerza. La vigilancia aérea que hoy inquieta a Temucuicui es parte de este guion.

Una ofensiva que revela más del Estado que de la comunidad

La presencia de drones y aviones espía no es un gesto simbólico. Es la fase preparatoria de un operativo que podría incluir allanamientos masivos, detenciones, violencia contra familias y nuevas causas judiciales. La historia reciente del Wallmapu demuestra que estos operativos suelen dejar heridas profundas, tanto físicas como comunitarias.

Pero la ofensiva actual revela algo más: la incapacidad del Estado chileno para reconocer la legitimidad política del pueblo mapuche. Temucuicui no es perseguida por lo que hace, sino por lo que representa: la posibilidad de una vida colectiva que no se subordina al Estado ni al mercado. En un país donde la transición democrática dejó intactas muchas estructuras de la dictadura, la autonomía mapuche sigue siendo vista como una amenaza.

La comunidad, por su parte, insiste en su inocencia. No como un gesto defensivo, sino como una afirmación política: la violencia no proviene de Temucuicui, sino de quienes buscan imponer un orden basado en la militarización y el despojo.

Mirar hacia Temucuicui para entender el país

La situación actual exige una mirada que vaya más allá de los titulares y los prejuicios. Temucuicui no es un enclave aislado ni un foco de violencia. Es una comunidad que ha resistido décadas de persecución sin renunciar a su proyecto de vida. Su historia revela las tensiones profundas de un país que aún no ha resuelto su relación con los pueblos originarios ni con su propio pasado autoritario.

Mientras drones sobrevuelan el territorio y las redes sociales se llenan de mensajes de odio, la pregunta es inevitable: ¿cuántas veces más deberá Temucuicui demostrar su inocencia para que Chile deje de fabricar su culpabilidad?

En un momento en que el Estado parece dispuesto a repetir los errores del pasado, mirar hacia Temucuicui no es solo un acto de solidaridad: es una forma de comprender qué tipo de país se está construyendo.



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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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