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No a la violencia venga de donde venga y lo que dicen que dijo Nietzsche

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El caso es que casi siempre viene del mismo lado. Hay pocas frases tan irritantes por el cinismo que lleva implícita, por la cobardía que emana de su afirmación, por la profunda falsedad que encubre y porque define a sujetos que jamás van a arriesgar nada por nadie.

Así sea que, por discursos, colores y cacareos, digan lo contrario.

A esa gente acomodada de cabeza y gestiones se le olvida u omiten deliberadamente, que la violencia primigenia, la madre de todas las otras, es el capitalismo que violenta lo esencial del ser humano para que un puñado de hijos de puta vivan como reyes.

La explotación de miles de millones de seres humanos que sostiene un régimen inmoral, el destino que este sistema aguarda para sucesivas generaciones que van a vivir sus vidas encerradas en el cepo de la explotación, la esclavitud, limitada por extenuantes horas de trabajo pagadas a moco de pavo, es la peor de todas las violencias porque se encarniza con quienes son sometidos por hambre, cuando no por la amenaza del infierno.




Habrá algo más violento que eso.

Como recordaremos con pena y vergüenza, en nuestro país sujetos inmorales que se beneficiaron del sacrificio de mujeres y hombres que pusieron su vidas y seguridad para  deshacerse de la dictadura, fueron puntualmente a acusados de terroristas y violentistas. Esa gente que luego se benefició de todo, hicieron de su oposición a la violencia venga de donde venga un mantra acomodado y cobarde.

Es lo que comenzaremos a ver en breve en esta desolada tierra con celulares y vidas en seis cuotas precio contado.

Al momento de ver en las cercanías el aviso de los estudiantes, los cobardes de siempre comenzaron a coro a advertir a cerca de la violencia y, de modo solapado por ahora, a amenazar con otra violencia, esa sí es legítima, de los agentes del Estado.

La de los pobres del mundo, es una violencia que, de tarde en tarde, descarga la rabia acumulada por el desprecio, la pobreza, la humillación cotidiana. Y es, a la vez, el fuego que hace arder de odio a quienes en todos los tiempos han asumido las banderas de los desheredados.

La violencia que ejercen los estudiantes, los trabajadores, los marginados y explotados no es sino una reacción necesaria y justa, aunque a veces escasa, para enfrentar un orden en el que un puñado hace riqueza sobre el sufrimiento de millones.

En este país de la amnesia y el acomodo, hay aún un anuncio que permite mantener la esperanza en alto.

Los estudiantes, como siempre, comienzan a dar señales de que no todo está muerto. Que solo se murieron algunos partidos, ciertas organizaciones de trabajadores, la de los profesores, las federaciones universitarias, los empleados del sector público y aquellos que les gusta la emoción de marchar por las calles con batucadas, permisos al día y discursos inofensivos a pesar de que parezcan encendidos y definitivos.

Pero que no son capaces de asumir un camino que cambie de fase las cosas.

La de los muchachos es una de las mejores señales cuando comienzan a decir lo suyo entre otras razones porque se transforman en ese momento en la conciencia de quienes por discurso, historia, estatutos, banderas y teorías, se han transformado en aliados de aquellos de los que decían eran sus enemigos: al mirar a los estudiantes se ven ellos y sus temores y cobardías, sus cálculos y traiciones.

Como dicen que dijo Nietzsche: Si miras fijamente al abismo, el abismo también te mirará.

 

Ricardo Candia Cares



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Ricardo Candia

Escritor y periodista

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