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El costo de la vida sube otra vez: expropiación sin pudor

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El reciente aumento en los precios de los combustibles, este verdadero benzinazo, no es un hecho aislado ni una reacción inevitable frente a factores externos. La apelación a guerras lejanas, a crisis energéticas o a una supuesta catástrofe fiscal del Estado no es más que el ropaje discursivo de una decisión profundamente política: hacer recaer, una vez más, el peso de la crisis sobre las mayorías.
El alza de los combustibles no es neutra. No afecta únicamente al consumo individual, sino que impacta directamente en las condiciones de reproducción de la vida. Se encarece el transporte, se encarecen los alimentos, se tensiona toda la cadena de producción y distribución. En términos concretos, se encarece la reproducción de la fuerza de trabajo, presionando a la baja el salario real.
Aquí no estamos frente a un simple fenómeno inflacionario entendido como una variación técnica de precios. Lo que ocurre es una transferencia concreta de valor: cuando los precios suben por sobre los ingresos, una mayor porción del valor producido por el trabajo es apropiada por el capital. La inflación, en este contexto, opera como un mecanismo de redistribución regresiva, como una forma cotidiana de desvalorización del salario.
Pero este fenómeno no puede entenderse solo en clave nacional. Lo que está en curso es una crisis estructural del capitalismo a escala global. Las tensiones por el control de recursos estratégicos como la energía y las materias primas no son accidentales: expresan la competencia entre capitales y Estados por asegurar condiciones de acumulación, por apropiarse de rentas y por sostener posiciones de poder en un mundo en transformación.
Las guerras, en este marco, no son anomalías, sino parte de esa dinámica. Son la continuación de la competencia económica por otros medios. Y sus costos, como tantas veces en la historia, no los pagan quienes las impulsan, sino que se trasladan hacia las economías dependientes y, dentro de ellas, hacia los trabajadores.
En países como Chile, este proceso adopta formas concretas. No solo se encarece la vida, sino que se lo hace en coherencia con una estructura donde el Estado actúa garantizando las condiciones generales de acumulación del capital. Mientras se deteriora el salario real de las mayorías, se alivian las cargas de los grandes capitales. No hay contradicción: hay una orientación clara.
En este contexto, la llamada “clase media” aparece cada vez más como una ficción ideológica. Lo que predomina es un proletariado fragmentado, precarizado, obligado a sostener su existencia mediante ingresos inestables, endeudamiento y ausencia de protección real. No se trata de un sector marginal, sino de una forma dominante de la fuerza de trabajo en el capitalismo actual.
Y es precisamente ese mundo del trabajo el que absorbe el impacto directo de estas medidas. Porque no tiene margen. Porque ya vive en el límite.
Hace pocos años, bastaron 30 pesos para detonar un estallido social que expresó el agotamiento del modelo. Ese proceso no fue resuelto. Fue contenido, administrado, desplazado.
Pero las condiciones materiales que lo originaron no solo persisten: hoy se profundizan.
Si entonces una variación puntual fue suficiente para desatar una crisis de gran escala, cabe preguntarse qué puede ocurrir ahora, cuando el encarecimiento de la vida es más amplio, más persistente y más estructural. Cuando no se trata de un alza específica, sino de una presión constante sobre la reproducción misma de la vida.
Aquí lo que se expresa es el agotamiento de un modelo que ya no ofrece estabilidad ni horizonte.
La pregunta deja de ser solo económica. Se vuelve abiertamente política.
Qué hacer frente a un sistema que se sostiene desvalorizando el trabajo para recomponer sus tasas de acumulación. Qué camino construir cuando la promesa de movilidad social se revela como una ficción sostenida sobre endeudamiento y precariedad.
La necesidad de respuesta no es abstracta. Requiere organización, claridad y dirección. Requiere reconocer que no estamos ante una suma de abusos aislados, sino frente a una forma de funcionamiento estructural del capital.
Porque cuando las condiciones materiales empujan, la historia no se detiene. Y lo que no se resuelve, vuelve.
El fuego no se apaga con bencina. Se aviva. Y cuando se sigue apretando a los mismos de siempre, cuando se encarece la vida mientras otros acumulan, lo que crece no es la estabilidad: es la rabia.
Lo que hoy se intenta contener, mañana estalla. Veremos si esta vez llegamos con una conciencia más clara, con una organización más firme, y con la decisión de no volver a administrar lo que ya ha demostrado ser inviable.

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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