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¿Por qué persiste el apoyo a Kast? Entre arrepentimiento, desconexión y voto popular

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En los últimos meses se ha instalado con fuerza en redes sociales la idea de los “arrepentidos de José Antonio Kast”: votantes que habrían apoyado su candidatura y que hoy manifestarían decepción. Sin embargo, esa narrativa convive con un dato aparentemente contradictorio: las encuestas no muestran caídas significativas ni un desplome sostenido de su base de apoyo.

Esta tensión entre relato y evidencia invita a una pregunta más profunda. ¿Estamos ante un cambio real en el comportamiento electoral o frente a una ilusión amplificada por el ecosistema digital? Y más aún: ¿cómo se explica que sectores populares —históricamente asociados a demandas redistributivas— sigan mostrando afinidad con discursos de derecha dura?

Responder estas preguntas exige ir más allá de la coyuntura y analizar procesos sociológicos más amplios: la crisis de representación, la transformación de las identidades políticas y la relación entre cultura, experiencia cotidiana y voto.

¿Existen realmente los “arrepentidos”?

No hay razón para negar que existan votantes decepcionados. Toda opción política genera, con el tiempo, cierto nivel de desencanto. Sin embargo, la visibilidad de estos casos en redes sociales no necesariamente refleja su magnitud real.




Como ha mostrado Arlie Russell Hochschild, las percepciones políticas están profundamente mediadas por relatos emocionales y marcos narrativos. En contextos digitales, estos relatos tienden a amplificarse selectivamente: los testimonios de arrepentimiento circulan más porque resultan llamativos, no porque sean mayoritarios.

A esto se suma un fenómeno conocido en sociología política: la diferencia entre opinión expresada y comportamiento efectivo. Las personas pueden manifestar dudas o críticas, pero eso no implica necesariamente un cambio en su decisión de voto.

Por eso, mientras las encuestas no muestren variaciones sustantivas, es razonable interpretar el fenómeno de los “arrepentidos” más como una narrativa visible que como un cambio estructural.

¿Fue el ascenso de Kast un error del progresismo?

Una de las tesis más repetidas es que el crecimiento de Kast sería consecuencia de errores del progresismo. Esta idea tiene elementos plausibles, pero también riesgos analíticos si se plantea de forma simplista.

Desde una perspectiva crítica, autores como Nancy Fraser han advertido sobre la tensión entre políticas de redistribución (orientadas a la desigualdad económica) y políticas de reconocimiento (centradas en identidad, género o cultura). Según Fraser, cuando la política se desplaza excesivamente hacia el reconocimiento, puede perder conexión con sectores que demandan soluciones materiales urgentes.

En una línea similar, Thomas Piketty ha mostrado que la izquierda contemporánea ha tendido a transformarse en una “izquierda educada”, con mayor apoyo en sectores con alto capital cultural, alejándose progresivamente de su base popular tradicional.

En Chile, esta desconexión ha sido abordada por Carlos Ruiz Encina, quien habla de un malestar social profundo que no logra traducirse en un proyecto político coherente. Esto abre espacio para que distintas fuerzas —no necesariamente progresistas— capitalicen ese descontento.

Sin embargo, reducir el fenómeno al “error del progresismo” sería insuficiente. También influyen factores estructurales: inseguridad, crisis institucional, cambios culturales acelerados y tendencias globales. Más que un error puntual, lo que parece observarse es una desarticulación entre oferta política y experiencia social.

¿Por qué sectores populares apoyan a la derecha dura?

El punto más contraintuitivo —y quizás más relevante— es el apoyo persistente de sectores populares a opciones como Kast. Lejos de ser irracional, este fenómeno ha sido ampliamente estudiado en sociología.

En primer lugar, es clave entender que el voto no se basa únicamente en intereses económicos. Como planteó Pierre Bourdieu, las prácticas sociales están moldeadas por el habitus: disposiciones construidas a partir de la experiencia cotidiana. Esto implica que las decisiones políticas responden también a percepciones de orden, respeto, seguridad y reconocimiento.

En contextos donde la delincuencia y la precariedad son experiencias concretas, la seguridad se vuelve una prioridad central. Las promesas de “orden” no son abstractas: responden a vivencias directas.

En segundo lugar, existe una profunda desconfianza hacia las élites políticas. Como ha señalado Alberto Mayol, amplios sectores perciben que la política institucional está desconectada de la vida real. En ese escenario, discursos simples, directos y sin ambigüedades pueden resultar más creíbles que propuestas complejas o técnicas.

Un tercer factor es cultural. Sectores populares pueden sostener valores más conservadores en temas de familia, autoridad o cambio social. Como advierte Didier Eribon, cuando la izquierda deja de representar culturalmente a la clase trabajadora, esta puede desplazarse hacia opciones que sí le ofrecen reconocimiento simbólico, incluso si no mejoran su situación económica.

Finalmente, está la dimensión emocional. El miedo, la frustración y el cansancio son motores políticos poderosos. Las opciones que ofrecen certezas, aunque sean simplificadoras, tienden a ganar terreno en contextos de incertidumbre.

El rol de las políticas “de nicho”

Las políticas orientadas a grupos específicos —como las vinculadas a identidad de género— forman parte de avances importantes en materia de derechos. Sin embargo, su impacto electoral depende de cómo se integran en un proyecto más amplio.

Como sugiere Nancy Fraser, el problema no es la existencia de políticas de reconocimiento, sino su desarticulación con las demandas de redistribución. Cuando estas agendas se perciben como prioritarias por sobre problemas urgentes, pueden generar distancia o incluso rechazo.

En el contexto chileno, Kathya Araujo ha mostrado que las personas interpretan la política desde su experiencia cotidiana. Si una política no se conecta con esa experiencia —por ejemplo, con el acceso a servicios, el trato digno o la seguridad— es difícil que genere identificación.

Esto no significa que los sectores populares rechacen estas políticas en sí mismas, sino que no las perciben como centrales en su vida diaria. El problema, entonces, no es de contenido, sino de articulación.


Conclusión

La persistencia del apoyo a Kast no puede explicarse por una sola causa, ni mucho menos por la idea de un error puntual o de un electorado desinformado. Más bien, refleja transformaciones profundas en la relación entre sociedad y política.

Los “arrepentidos” existen, pero su visibilidad no equivale necesariamente a un cambio estructural. Al mismo tiempo, el apoyo a opciones de derecha dura en sectores populares responde a una combinación de factores: inseguridad, desconfianza, identidad cultural y experiencias cotidianas de abandono.

Como sugieren diversos autores, el desafío no pasa por abandonar ciertas agendas, sino por rearticularlas en un proyecto que conecte con la vida concreta de las mayorías. Mientras esa conexión no se reconstruya, el aparente contrasentido de que sectores populares apoyen discursos de orden seguirá siendo, en realidad, una expresión coherente de su experiencia social.

Simón del Valle



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Simon Del Valle

Periodista

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