Política Global

El terremoto político británico que amenaza a Starmer: la ultraderecha avanza y el laborismo entra en crisis

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Las elecciones locales en Reino Unido dejaron un escenario de fragmentación política inédita en décadas. Mientras Reform UK se consolida como la fuerza más dinámica de la derecha británica, el gobierno laborista de Keir Starmer enfrenta cuestionamientos internos, caída electoral y crecientes dudas sobre su capacidad para representar a las clases trabajadoras.

Las elecciones regionales y municipales realizadas esta semana en Reino Unido dejaron algo más profundo que una simple reconfiguración electoral. Los resultados confirmaron la acelerada fragmentación del sistema político británico, el avance de la ultraderecha nacional-populista y el inicio de una crisis interna en el Partido Laborista que ya amenaza directamente el liderazgo del primer ministro Keir Starmer.

La magnitud del golpe para el laborismo quedó reflejada en Inglaterra. El partido perdió 1.416 concejales y el control de 32 municipios, manteniendo apenas 28 administraciones locales. En paralelo, Reform UK —la fuerza liderada por Nigel Farage— obtuvo 1.445 concejales y pasó a controlar 13 municipios, convirtiéndose en la gran sorpresa electoral.

Pero el fenómeno no se limitó al nivel local. En Gales, donde el laborismo gobernó durante un siglo, el partido sufrió un colapso histórico: perdió 35 escaños y quedó reducido a apenas nueve representantes. Plaid Cymru se convirtió en la principal fuerza política, mientras Reform UK irrumpió con 34 escaños.

En Escocia, el Partido Nacionalista Escocés mantuvo su predominio y Reform UK volvió a crecer con fuerza, obteniendo 17 escaños. El mapa político británico comienza así a parecerse cada vez menos al viejo bipartidismo que estructuró Westminster durante décadas.




Los datos nacionales muestran esa transformación con claridad. Según la proyección de voto agregada tras las elecciones, Reform UK alcanza hoy el 26% de apoyo, superando ampliamente al Partido Laborista y a los conservadores, ambos con 17%. Los verdes llegan al 18% y los liberal-demócratas al 16%.

El resultado generó inmediatamente una ola de tensión dentro del oficialismo. Durante el fin de semana, figuras relevantes del laborismo comenzaron a cuestionar públicamente la conducción de Starmer. La viceprimera ministra Angela Rayner calificó como “un error” haber bloqueado el regreso del popular alcalde de Manchester, Andy Burnham, al Parlamento y exigió un cambio profundo en la dirección política del gobierno.

Las críticas no provinieron solo del ala izquierda del partido. Exministros, dirigentes sindicales y parlamentarios moderados comenzaron a advertir sobre una desconexión creciente entre el laborismo y las clases trabajadoras que tradicionalmente constituyeron su base electoral.

Parte de esa crisis tiene raíces económicas profundas. El gobierno de Starmer llegó al poder en 2024 prometiendo crecimiento, recuperación económica y mejoras concretas tras más de una década de austeridad conservadora. Sin embargo, dos años después, la economía británica apenas crece alrededor de un 1% anual y persiste una fuerte percepción de deterioro social.

En amplios sectores de la población se instaló la idea de que “nada funciona” y que el país atraviesa un declive estructural. Ese malestar es precisamente el terreno sobre el que creció Reform UK.

El partido liderado por Nigel Farage logró capitalizar el descontento combinando un discurso antiinmigración, nacionalismo económico y rechazo a las élites tradicionales. Aunque se presenta como una fuerza antisistema, su programa económico mantiene pilares clásicos del neoliberalismo: reducción de impuestos corporativos, desregulación y privatización parcial de servicios públicos.

La diferencia no está tanto en la economía como en la narrativa política. Reform UK fusiona políticas de libre mercado con un discurso identitario y confrontacional, responsabilizando a la inmigración y al multiculturalismo del deterioro económico y social del país.

Los analistas británicos observan con atención la composición de su base social. El partido atrae a pequeños empresarios, trabajadores precarizados y sectores golpeados por décadas de desindustrialización. En muchas ciudades del norte inglés, antiguos bastiones laboristas comenzaron a desplazarse hacia una derecha populista que promete restaurar orden, identidad nacional y protección económica.

El debilitamiento del laborismo también aparece vinculado a otro factor sensible: Gaza. Diversos sectores musulmanes que históricamente votaban laborista comenzaron a abandonar el partido tras el respaldo de Starmer a la posición israelí durante la guerra.

En paralelo, emergen nuevas fuerzas políticas que profundizan la fragmentación. Los verdes avanzaron significativamente en gobiernos locales y el nuevo partido socialista impulsado por Jeremy Corbyn y Zarah Sultana comenzó a captar apoyo entre votantes desencantados con el laborismo tradicional.

Todo esto ocurre mientras el liderazgo de Starmer comienza a debilitarse dentro de su propio partido. Durante las últimas horas, medios británicos como The Guardian advirtieron que el primer ministro enfrenta “las 24 horas más peligrosas” de su mandato tras las presiones internas para abrir una discusión sobre su continuidad.

Más que una crisis pasajera, las elecciones parecen haber revelado una transformación estructural del escenario político británico: el debilitamiento simultáneo de conservadores y laboristas, el ascenso de fuerzas nacional-populistas y verdes, y el paso hacia un sistema crecientemente fragmentado e impredecible.

Para Starmer, el problema ya no es únicamente electoral. La verdadera amenaza es que una parte creciente del electorado parece haber dejado de creer que el laborismo pueda ofrecer el cambio económico y social que prometió al llegar al poder.

Abelardo Clariana-Piga,

corresponsal en Londres



cCrresponsal en Londres

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