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Musk perdió el juicio contra Altman: los dos señores de la IA al desnudo

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Oakland USA, 18 de mayo. Menos de dos horas. Eso le bastó al jurado para zanjar el «juicio del siglo» de la inteligencia artificial. Nueve ciudadanos comenzaron a deliberar a las 8:30 de la mañana y a las 10:23 el secretario del tribunal le pasó una nota a la jueza Yvonne Gonzalez Rogers: había veredicto. El caso más grande de la era de la IA se derrumbó no sobre cuestiones de fondo, no sobre si se robó o no una organización benéfica, sino sobre un tecnicismo de almanaque: Elon Musk había esperado demasiado para demandar.

Se le había pasado el arroz.

El altruismo como disfraz

Retrocedamos al año 2015. Un puñado de visionarios —entre ellos Musk y Sam Altman— fundan OpenAI con una promesa solemne: crear inteligencia artificial general para el beneficio de toda la humanidad, no para enriquecer a ninguna persona ni corporación. La narrativa era impecable. Casi bíblica.




Repitámoslo: En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels describieron cómo la burguesía «ha ahogado los éxtasis más celestiales del fervor religioso, del entusiasmo caballeresco, del sentimentalismo pequeñoburgués, en las aguas heladas del cálculo egoísta». Los fundadores de OpenAI actualizaron esa fórmula para el siglo XXI: ahogaron el altruismo declarado en las aguas glaciales del capital de riesgo.

OpenAI nació como laboratorio de investigación sin fines de lucro en 2015. Cuatro años después, sus fundadores estaban convencidos de que necesitaban crear un brazo con fines de lucro para recaudar dinero y atraer investigadores que les permitieran competir. El ideal duró exactamente lo que tarda un fondo de inversión en escribir un cheque.

El espectáculo de los santos caídos

El juicio reveló algo que los comunicados de prensa nunca dirían: que detrás del vocabulario de la salvación —»seguridad», «beneficio para la humanidad», «misión»— lo que bullía era una lucha de poder digna de los Médici. Es que así es la burguesía.

Los documentos internos mostraron que los ejecutivos de OpenAI temían en 2017 que Musk «podía convertirse en un dictador» y le enviaron un correo con el asunto «pensamientos honestos». El hombre que hoy se presenta como guardián de la filantropía tecnológica era, según sus propios socios, una amenaza al proyecto que él mismo ayudó a crear.

Altman declaró en el estrado que Musk quería ser CEO de la compañía. «Yo estaba extremadamente incómodo con eso», dijo. Por su parte, el equipo legal de OpenAI retrató al propietario de la red social X como una persona egocéntrica, celosa y movida por el ansia de poder, con tendencia a enfadarse ante cualquier contrariedad. Y el equipo de Musk respondió pintando a Altman como un mentiroso calculador que «robó una organización benéfica».

Ambos tenían razón. Ese es el problema.

La farsa de la prescripción

El equipo de Musk quería que el tribunal obligara a OpenAI y Microsoft a devolver hasta 180.000 millones de dólares en «ganancias mal habidas», que se removiera a Altman y Brockman del liderazgo y que se deshiciera la reestructuración de 2025 que habilitó el crecimiento del brazo comercial. Una pretensión colosal. Una ambición que no tiene nada de filantrópica.

El veredicto fue, como predijo un abogado especialista en litigios corporativos, «un anticlímax procedimental». La justicia no se pronunció sobre si OpenAI efectivamente traicionó su misión. El jurado simplemente constató que Musk esperó demasiado para demandar y encontró a Altman, Brockman y OpenAI no responsables de todos los cargos.

Musk, fiel a su estilo, corrió a X —la red social que él mismo controla— a proclamar que «el juez y el jurado nunca se pronunciaron sobre el fondo del caso, solo sobre una tecnicidad de calendario». Lo que no explicó es por qué, si tan flagrante era el robo, esperó años para denunciarlo. El abogado principal de OpenAI fue más directo: Musk no solo presentó la demanda demasiado tarde, sino que lo hizo para usarla como un arma contra un rival frente al que no puede competir en el mercado.

Los señores del futuro y sus intereses presentes

El telón de fondo hace todo más obsceno. OpenAI está valorada en 852.000 millones de dólares y avanza hacia lo que podría ser una de las mayores salidas a bolsa de la historia. Microsoft había generado 9.500 millones de dólares en ingresos provenientes de su alianza con OpenAI hasta marzo de 2025. La participación de Brockman en OpenAI ronda los 30.000 millones de dólares.

Estos son los hombres que fundaron una organización «para el beneficio de la humanidad».

Marx, de nuevo, resulta infalible: la burguesía, escribió, «ha convertido al médico, al jurista, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, en sus servidores asalariados». Los gurúes de la IA no son la excepción —son el ejemplo más acabado del fenómeno en el siglo XXI. El lenguaje de la utopía, el marco conceptual de la salvación colectiva, todo al servicio de la acumulación privada más descarnada.

El perdedor que no pierde

Curiosamente, Musk pierde el juicio, pero no pierde del todo la narrativa. Musk prometió apelar, escribiendo en X que el veredicto crea «un precedente para saquear obras benéficas». Es un mensaje eficaz: se autoproclama defensor del bien común mientras dirige Tesla, SpaceX y xAI, un conglomerado que vale más de un trillón de dólares y que compite directamente con OpenAI.

La jueza Gonzalez Rogers, por su parte, declaró estar preparada para desestimar cualquier apelación «de inmediato», señalando que existe una cantidad abundante de pruebas que respaldan el veredicto.

El juicio terminó con abogados de OpenAI y Microsoft dándose abrazos y palmadas en la espalda a la salida del tribunal. Ninguno de los multimillonarios estaba presente para escuchar el fallo. Musk se había ausentado del final del juicio para acompañar al presidente Trump en una cumbre con el presidente Xi Jinping. Los negocios, siempre, primero.

Marx y el relato del Capital al desnudo

Lo que el tribunal federal de Oakland no pudo juzgar —porque nadie se lo pidió— es la hipocresía sistémica que el juicio puso en evidencia. No la hipocresía de Musk, ni la de Altman en particular, sino la del relato fundacional de la Big Tech: la idea de que el capital puede salvarnos de sí mismo, que los más ricos son los más iluminados, que la concentración del poder tecnológico en unas pocas manos es, en el fondo, un acto de generosidad.

El juicio de Oakland fue el más grande de la era de la IA. Y terminó demostrando, con una precisión casi científica, que los profetas del altruismo digital son, ante todo, capitalistas de la vieja escuela: eficientes, implacables, y perfectamente cómodos en esas aguas heladas del cálculo egoísta que Marx describió hace casi dos siglos.

Solo ha cambiado la pantalla táctil. Por lo mismo, la tarea de la humanidad es recuperar las fuerzas que ella misma ha creado.

 

Leopoldo Lavín Mujica



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Leopoldo Lavín

B.A. en philosophie et journalisme, M.A. en Communication publique de l’Université Laval, Québec, Canadá.

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