
Peligro extremo de guerra de la OTAN contra Rusia
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Muchos analistas concentran estos días sus comentarios sobre las visitas de Trump primero y de Putin ahora últimamente a China, los acuerdos allí alcanzados, las hipótesis sobre presuntos acuerdos secretos, las señales y gestos personales más mínimos de los dos líderes, además de la búsqueda periodística casi deportiva de querer saber quién ganó. No nos referiremos a estos acontecimientos aquí, salvo para decir que creemos que todo lo acontecido refleja claramente que EE. UU. considera a China su igual en términos de fuerza e influencia. Vivimos ya en un mundo multipolar.
Pensamos, sin embargo, que, a pesar de la importancia de esas reuniones, el peligro muy real de confrontación a gran escala con la amenaza del uso de armas atómicas se concentra ahora en Rusia y la inminencia de guerra con la OTAN. Ya no se trata de la guerra de Rusia contra Ucrania, esa guerra por poder que ha mantenido la OTAN contra Rusia durante cuatro años y que ha resultado en la destrucción de Ucrania y una generación entera de jóvenes muertos. Los europeos consideran ahora que tendrán guerra con los eslavos antes del fin de esta década. Sus liderazgos lo desean ardientemente. Y esto a pesar de la crisis económica estructural, además de la crisis política, que enfrentan los principales países europeos.
Entre otros elementos de esta crisis podemos citar el proceso de desindustrialización acontecido en los últimos 15 o 20 años como parte de la aplicación del modelo de una economía financiera que ha destruido el tejido industrial y manufacturero, con todo lo que ello implica y al cual nos hemos referido en un comentario anterior[i]. La expulsión de Francia de muchos países de África Occidental, poniendo fin al uso del franco francés CFA[ii] , la creciente deuda externa de varios de ellos, problemas de emigración, los bajos índices de aceptación popular que muestran sus líderes y las consecuentes crisis políticas que enfrentan. Emmanuel Macron, tiene un porcentaje de aprobación de popularidad alrededor del 18%; el Primer Ministro Keir Starmer del Reino Unido[iii], es uno de los primeros ministros ingleses más impopulares de la historia reciente. Sus propios ministros piden su dimisión hoy. El canciller alemán Merz, el líder más impopular de Europa. Sin embargo, y a pesar de todo esto, han decidido gastar más de un billón de euros en el esfuerzo militar para los próximos cinco años sin preguntar a la población europea no solo si aprueba un gasto faraónico en armamento, sino sin preguntar a los parlamentos de los 27 miembros de esta unión si quieren guerra o no con Rusia. Todo decidido por una Comisión Europea formada por personas que nunca ha votado nadie en toda Europa. Paradójicamente, la misma gente que habla del autoritarismo ruso.
EE.UU., por su parte, considera a todos los efectos que la guerra de Ucrania la ha perdido en el plano militar. Puesta de lado la opción atómica, a miles de kilómetros de su base logística y con una OTAN europea, por así decirlo, que no tiene todavía un ejército ni armas a la altura de su enemigo ruso, la conclusión realista del Pentágono ha sido que era mejor retirarse discretamente de la escena, dejando el problema a los europeos, manteniendo alguna ayuda, como veremos, eludiendo así olímpicamente reconocer públicamente su derrota. Con bastante éxito por lo demás. Nadie hoy habla de la derrota de EE. UU. en Ucrania. Una derrota de proporciones, si se considera todo el esfuerzo económico y la utilización de prácticamente toda la gama del armamento norteamericano.
Otra derrota más, que nos recuerda lo paradójico que resulta un imperio hegemónico con el ejército más poderoso del mundo que pierde sus guerras desde la guerra de Corea hasta hoy, exceptuando, claro, la “brillante” victoria sobre la pequeñísima isla de Granada o el rapto del presidente venezolano Nicolás Maduro.
La situación aparecía diferente cuatro años atrás a los ojos de los estrategas del Pentágono. La victoria parecía posible. El anterior presidente de EE. UU., Joe Biden, vaticinaba que pondrían a Rusia de rodillas con solo aplicar medidas a nivel económico y financiero, destrozar la moneda rusa, dejarlos fuera del sistema de pagos internacional SWIFT y bloquear sus exportaciones, entre otras muchas formas de agresión, hasta la certeza de que, con la ayuda militar del resto de países de la OTAN con armamentos y asesores en el terreno, junto a la preparación militar de varios años de Ucrania engrosando su ejército hasta cerca de 700 000 hombres (y sumando aquellos que ha incorporado en estos cuatro años de guerra, que los hace llegar al millón), era posible derrotar estratégicamente al oso ruso. Nada de eso resultó, como se sabe. Ni en el plano político, queriendo aislar a Rusia de la comunidad internacional, ni en el plano militar. Del plano diplomático ni hablar, toda vez que la actual administración estadounidense privilegia la agresión directa, las sanciones y las amenazas militares en reemplazo de aquel. Un imperio cuya diplomacia se base en la fuerza bruta.
Derrotado militarmente en Ucrania, el plan consistiría ahora en evitar cualquier posibilidad de enfrentamiento directo, tal vez acordado con Putin en Anchorage (Alaska), continuando, eso sí, con el apoyo de comunicaciones, inteligencia e información “satelital” a los ucranianos. La efectividad de los drones y misiles ucranianos lanzados contra Rusia, incluyendo Moscú y San Petersburgo en las últimas semanas, es prueba de esa indispensable ayuda en este nuevo tipo de guerra inaugurado desde febrero de 2022, cuando comenzó la invasión rusa.
Por otra parte, y contra toda lógica y los propios intereses europeos, el discurso oficial en Europa hoy es que es posible derrotar a los rusos en el campo de batalla y hacerlos capitular volviendo las fronteras a las originales de la creación de Ucrania. Los líderes de los tres países más fuertes de Europa —Alemania, Reino Unido y Francia—, apoyados decididamente por la mayoría del resto, salvo dos o tres excepciones, se preparan así para la guerra contra Rusia. Utilizando un discurso bélico y muy agresivo, hacen gala de amenazas y predicciones de su futuro triunfo. Presionan a Ucrania para bajar la edad hasta los 18 años a los muchachos hoy reclutados a la fuerza para enviarlos al frente de batalla.
Y que se cuiden los periodistas e “influencers” en contrariar el discurso oficial. Un autoritarismo creciente hoy en Europa penaliza a todo aquel que opine diferente. Varios periodistas y analistas ven sus podcasts cerrados por ejemplo en Youtube sin explicación alguna. Otros son catalogados de agentes rusos. Y la situación tiende a empeorar[iv].
La narrativa oficial europea se refuerza a causa de los recientes lanzamientos de drones al interior de Rusia lejos del frente de batalla, ataques que han significado la destrucción de centrales de energía y otras, es que Ucrania puede derrotar a Rusia. Y esto a pesar de que al mismo tiempo reconocen, como lo ha hecho el canciller alemán Merz, que Ucrania tendrá que ceder los territorios ocupados militarmente por Rusia y ya incorporados mediante plebiscito a la Federación Rusa. Más o menos un 20% del país en su zona oriental que limita con Rusia. Sin embargo, afirman que es posible que, incluso sin la ayuda de EE. UU., puedan todavía vencer. Solo un alto grado de “rusofobia”, o la idea inaceptable de ser derrotados por un país que despreciaban hace tan solo 20 y pocos años, además de su soberbia en la fuerza de sus propios medios pueden explicar este delirio colectivo. Y esto a pesar de que una buena parte de la población europea está contra la guerra. Los europeos saben de esto. Hace mil años que los pueblos de esta península occidental de Asia —como la describen hoy en Asia— se hacen la guerra. Ahora pareciera que están dispuestos a los horrores de otra.
El plan de los europeos se ha desarrollado en un proceso continuo desde incluso antes de 2014, cuando los acuerdos de Minsk I y Minsk II fueron utilizados por los europeos para engañar a Rusia. De los apoyos más o menos tímidos a Ucrania en un comienzo, fueron pasando en una secuencia en el tiempo al envío de armas, luego tanques, luego misiles de mediano alcance, luego asesores, luego asesores en el terreno y tropas especiales, hasta los drones y misiles por miles de hoy, que se fabrican en los países de la OTAN y Reino Unido, conforme la lista detallada de los lugares y países donde estos se construyen, entregada por el Ministerio del Interior ruso, lo que no ha sido hasta hoy desmentida.
La escalada europea contra Rusia se ha intensificado en los últimos dos meses. En las últimas semanas, los drones que atacan San Petersburgo y Moscú, entre otras ciudades menores rusas, son lanzados directamente desde el espacio aéreo de los países bálticos: Lituania, Estonia y Letonia. Países, digamos de paso, que mantienen aproximadamente un 20 % de población ruso-hablante en sus fronteras y que al mismo tiempo exhiben un alto grado de rusofobia unido a un discurso bélico, inversamente proporcional a la pequeñez de sus territorios, el número de sus habitantes y su fuerza militar, donde destaca Letonia, que amenaza incluso con invadir Kaliningrado, el enclave ruso en esa región. Ese que de tanto en tanto los estadounidenses piensan que debe ser tomado. Una curiosa paradoja para países que vivían y comerciaban sin problemas con Rusia desde el fin del mundo soviético, cuando recobraron su independencia plena.
Esto quiere decir que la OTAN ha cruzado otra línea roja más en su larga lista de provocaciones a Rusia durante este tiempo, sin nunca reconocer que han entrado progresivamente en guerra directa con ellos. Los rusos han denunciado esta implicación directa en la guerra a los europeos y les han hecho las advertencias más severas al respecto. Los ataques europeos con drones y misiles ahora en la Rusia profunda, atacando centrales eléctricas y refinerías de petróleo además de la población civil, han conseguido que Rusia no siga ignorando esto por más tiempo. Entiende que su seguridad estratégica puede quedar en riesgo. Y entonces aplicarán su doctrina atómica, la que, renovada recientemente, incluye el caso de ser atacada por países con capacidad atómica utilizando otros países no atómicos, digamos, tal como es el caso hoy de Ucrania.
Ni Putin ni Lavrov, su ministro de RR. EE., hablan por hablar. No han amenazado. Han simplemente explicitado la nueva situación y nos dicen que actuarán en consecuencia. Sin embargo, en Europa existen sectores gubernamentales y de inteligencia que indican que los rusos están “blufeando”, que no harán nada. Una apreciación falsa del enemigo —un principio rector en la guerra— que puede resultar muy mal para toda Europa.
Algunos analistas, como el norteamericano Scott Ritter[v], además de analista militar de la CIA y conocedor de la política militar rusa, ha manifestado su convicción de que Rusia efectuará un ataque preventivo a Europa, incluso antes de la próxima reunión del Foro Económico de San Petersburgo, del 3 al 6 de junio próximo (dicho sea de paso, una organización más poderosa económicamente que el Foro de Davos, tan caro a los occidentales).
Nadie está en condiciones de afirmar qué forma tomaría esta acción militar de los rusos. Lo que sí todos podemos imaginar es que, si esto ocurre, será inmediatamente utilizado por los europeos para decir que han tenido razón todo este tiempo y que sus temores del expansionismo ruso se confirman plenamente. Una táctica muy vieja: primero se provoca hasta el límite al rival; luego, cuando este reacciona, se le acusa de ser el agresor. Tal como ha sido la historia de la guerra de Rusia con Ucrania.
¿Estará dispuesto EE. UU. a venir en socorro de sus socios de la OTAN europea si por acaso los rusos atacan y destruyen en un día cualquiera uno de los tres pequeños países bálticos, como por ejemplo Letonia? No lo sabemos.
Tampoco sabemos qué respuesta tendrían los europeos y sus bélicos liderazgos, ni la contra-respuesta rusa que tendría esto, en ese sinfín ciclo infernal de las guerras por todos conocido.
De lo que sí estamos seguros es de que esta situación es más potencialmente peligrosa que la actual guerra de EE. UU. con Irán, donde este último ha derrotado a su poderoso adversario, a pesar de tener unas FF. AA. mucho más pequeñas, y donde el imperio no encuentra alternativas para salir de esa situación creada por ellos mismos y así poder esconder su derrota. Pero eso es motivo de otra crónica.
Patricio Serendero
[i] Ver en https://www.elclarin.cl/2026/04/24/el-modelo-neoliberal-de-economia-financiera-queda-desnudo-en-ormuz/
[ii] Franco de las colonias francesas de África desde 1945. Se espera que en 2026-27 entrará en funcionamiento la nueva moneda ECO en substitución del franco CFA, el que le ha reportado mucho dinero a Francia, ahora perdido.
[iii] Un sondagens More in Common, cuja pesquisa mostra que o índice de aprovação de Keir Starmer caiu drásticamente entre Agosto y Outubro de 2024 para un mínimo de -38. Hoy en 2026 es todavía peor.
[iv] The Psycology of Totalitarism, Mattias Demet, 2022.
[v] Ex-inspector de la ONU para el control de las armas atómicas y los tratados que existían (Trump se ha salido de todos los existentes), además de ex-analista de la CIA que mantiene un activo podcast.






Serafín Rodríguez says:
Y el planeta tierra termina en una bola de fuego!