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Magnifica Humanitas. León XIII y León XIV: Dos revoluciones, un mismo eco

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Hubo un tiempo, entre los siglos XVIII y XIX, en que el mundo crujió bajo el peso del hierro y el vapor. Luego, ya entrados los siglos XX y XXI, el silicio tomó el relevo, y la tierra volvió a temblar, pero esta vez en silencio, entre servidores y pantallas. Dos eras de transformación, un mismo desafío para la dignidad humana. Esta es su crónica paralela.

No se trata de una comparación exhaustiva, sino de señalar esos paralelismos estructurales que, pese a la distancia de más de un siglo, plantean a la Doctrina Social de la Iglesia preguntas muy similares. Porque cada innovación, cada grito obrero, cada concentración de poder, tiene un eco en el otro extremo del tiempo.

Todo comenzó con una chispa. En 1764, la Spinning Jenny multiplicó la productividad textil mientras dejaba en la cuneta a los tejedores artesanales. Casi dos siglos después, en 1971, el primer microprocesador, el Intel 4004, abrió la puerta a la computación personal y comenzó la automatización de las tareas intelectuales. La máquina de vapor de Watt, en 1781, concentró la energía y alumbró las fábricas urbanas y los ferrocarriles. En 1989, la World Wide Web tejió una red global de información que conectó al planeta y transformó la producción y el comercio.

El telar mecánico de Joseph-Marie Jacquard, en 1801, automatizó el tejido con tarjetas perforadas, un remoto antepasado de la programación. En 2012, el Deep Learning de AlexNet logró que las redes neuronales superaran a los humanos en el reconocimiento de imágenes, y la inteligencia artificial moderna dio sus primeros pasos firmes. Luego, en 1837, el telégrafo eléctrico de Morse comprimió el tiempo y el espacio con la primera comunicación instantánea a distancia. En 2017, la arquitectura Transformer sentó las bases de modelos de lenguaje como el GPT, capaces de procesar el lenguaje natural a escala humana.




En ambos casos, una innovación técnica —la energía, luego la información— desencadenó una transformación exponencial. Y la Iglesia, en un primer momento, no supo cómo responder. León XIII tardó décadas en publicar la Rerum Novarum (1891). León XIV, en cambio, ha actuado más rápidamente, en 2026, consciente de que el tiempo de respuesta ética se ha acortado peligrosamente.

Pero la tecnología no solo trajo máquinas. Trajo nuevas formas de vivir y sufrir el trabajo. Entre 1830 y 1850 se formó el proletariado industrial: campesinos desplazados, hacinados en barrios marginales, convertidos en obreros de fábrica. Entre 2005 y 2015 apareció el precariado digital: trabajadores de plataformas —repartidores, conductores, microtaskers— sin derechos laborales ni estabilidad. En 1833, el trabajo infantil era generalizado: niños de cinco o seis años agotaban jornadas de doce a dieciséis horas en minas y fábricas. Entre 2010 y 2020, los clickworkers del Sur Global, incluidos niños, realizan tareas de moderación de contenido o etiquetado de datos por salarios ínfimos.

La resistencia no tardó en llegar. Hacia 1840, el ludismo incendió las máquinas que consideraban causantes de su miseria. En 2023, guionistas de Hollywood, repartidores de aplicaciones y trabajadores de Amazon se declararon en huelga y presentaron demandas contra los gigantes tecnológicos. En 1848, Marx y Engels publicaron el Manifiesto Comunista, un diagnóstico de la lucha de clases como motor de la historia industrial. En 2019, voces críticas como la de Cory Doctorow alzaron un manifiesto por una IA al servicio del pueblo, denunciando la tecnocracia y proponiendo alternativas cooperativas.

La resistencia a la deshumanización laboral adoptó formas similares en ambas épocas: primero la negación, luego la protesta violenta, después la organización sindical, finalmente la teorización crítica. Rerum Novarum ofreció un tercer camino entre el capitalismo salvaje y el socialismo ateo. Magnifica Humanitas intenta lo mismo entre el tecnofeudalismo y el transhumanismo radical.

Mientras tanto, el poder se concentraba. Entre 1860 y 1900, surgieron los monopolios de Rockefeller, Carnegie y Morgan: unos pocos controlaban el petróleo, el acero y los ferrocarriles. Entre 2010 y 2024, se formaron las GAFAM —Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft—, unas pocas corporaciones que controlan la búsqueda, las redes sociales, el comercio y la nube. Entre 1870 y 1900, la brecha entre ricos y pobres alcanzó máximos históricos: el uno por ciento poseía más que el noventa por ciento restantes. Entre 2021 y 2025, la brecha digital y económica se profundizó hasta el extremo: los diez hombres más ricos del mundo acumulan más riqueza que los 3.100 millones más pobres.

Y el colonialismo cambió de forma, pero no de esencia. En 1880, las potencias industriales extraían recursos y mano de obra de África y Asia. Entre 2015 y 2025, las corporaciones digitales extraen datos de poblaciones vulnerables sin compensación alguna. León XIII denunció la concentración de la riqueza en pocas manos y la indiferencia de los ricos. León XIV actualiza esa denuncia: los nuevos monopolios no son del acero o el petróleo, sino de los datos y la infraestructura digital.

Llegaron entonces las respuestas institucionales. En 1891, Rerum Novarum defendió el salario justo, el derecho de asociación y la propiedad privada. En 2026, Magnifica Humanitas defiende la transparencia algorítmica, el desarme de la inteligencia artificial y el bien común digital. En 1919, la primera encíclica social inspiró la creación de la Organización Internacional del Trabajo. Hacia 2030, el Papa propone un organismo multilateral para la IA: un tratado global vinculante sobre armas autónomas y gobernanza ética.

En 1931, Quadragesimo Anno desarrolló el principio de subsidiariedad para la economía industrial. Quizás hacia 2031 llegue una encíclica complementaria que aplique ese mismo principio a la inteligencia artificial. Y mientras la Doctrina Social de la Iglesia influyó en las legislaciones laborales y los sindicatos entre 1960 y 1990, se espera que Magnifica Humanitas haga lo propio con la regulación digital y los derechos algorítmicos entre 2030 y 2050.

Porque la Doctrina Social no es un catálogo cerrado de respuestas, sino una tradición viva. Rerum Novarum no resolvió todos los problemas de la Revolución Industrial, pero creó un marco ético que influyó durante décadas. Magnifica Humanitas aspira a lo mismo para la era digital.

Y, sin embargo, quedan riesgos no resueltos. El trabajo infantil, regulado y casi erradicado en Occidente, persiste en el Sur Global. Hoy, la explotación de los moderadores de contenido sigue sin regulación efectiva, y esos trabajadores sufren traumas psicológicos por la exposición a material violento. Los accidentes laborales se redujeron con legislación e inspecciones; pero la salud mental por hiperconexión desata hoy una crisis creciente de ansiedad, depresión y agotamiento digital sin abordaje sistémico. El desempleo estructural de la Revolución Industrial generó pobreza masiva, luego paliada con Estados de bienestar; ahora, el desplazamiento laboral por IA está en curso y se estima que el cuarenta por ciento de los empleos actuales podrían automatizarse en una o dos décadas. Y la contaminación ambiental, ignorada hasta el siglo XX con graves consecuencias, tiene su equivalente en la huella de carbono digital: los centros de datos consumen ya entre el dos y el tres por ciento de la electricidad mundial, y la tendencia es al alza.

La lección histórica es clara: la regulación ética nunca va por delante de la innovación tecnológica, sino siempre por detrás. La pregunta es cuánto daño se permitirá antes de reaccionar. Magnifica Humanitas intenta acortar ese lapso.

Esta crónica paralela revela un patrón recurrente: primero la innovación técnica, luego la disrupción laboral y social, después la concentración de poder, el sufrimiento de los más débiles, las protestas y los conflictos, y finalmente las respuestas éticas e institucionales que traen una regulación y corrección siempre parcial. Rerum Novarum llegó en el momento adecuado, en 1891, cuando la Revolución Industrial llevaba más de un siglo causando estragos. Magnifica Humanitas llega en 2026, cuando la Revolución Digital apenas tiene cincuenta años, pero su velocidad es exponencialmente mayor.

El Papa León XIV lo resume en un pasaje que bien podría cerrar esta historia: «No tenemos el lujo de esperar cien años. La inteligencia artificial no esperará. Los pobres digitales no esperarán. Las armas autónomas no esperarán. Por eso esta encíclica es urgente: porque la magnífica humanidad no puede permitirse otra revolución industrial sin una conversión del corazón.»

 

 

Antonio Elizalde



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