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La paradoja de Kast: la influencia de Washington vuelve a estrechar el margen de acción del gobierno

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Cuando José Antonio Kast llegó a La Moneda, una parte importante de sus partidarios daba por descontado que Chile iniciaría una nueva etapa en su relación con Estados Unidos. La afinidad política con Donald Trump parecía garantizar una interlocución privilegiada, una mayor confianza mutua e incluso mejores condiciones para el comercio bilateral.

La realidad ha comenzado a demostrar algo muy distinto.

En pocas semanas, Washington impuso un arancel del 12,5% a las exportaciones chilenas, el embajador Brandon Judd cuestionó públicamente a ministros del gabinete y el gobierno respondió privilegiando la negociación antes que una defensa explícita del Tratado de Libre Comercio.

Más que una controversia diplomática puntual, el episodio revela una paradoja política.




El gobierno que prometía fortalecer la soberanía nacional descubre que, frente a Estados Unidos, dispone de un margen de acción tan reducido como el que tuvieron gobiernos de muy distinto signo político.

Una historia que se repite

La influencia y las presiones estadounidenses sobre América Latina no comenzó con Donald Trump ni con el actual embajador. Eso lo sabemos muy bien.

Durante buena parte del siglo XX esa influencia adoptó formas abiertas: apoyo a golpes de Estado, financiamiento de fuerzas políticas, operaciones de inteligencia o intervención directa en conflictos regionales. Chile conoce bien esa historia.

Con el retorno de la democracia, esa relación cambió profundamente en sus métodos, aunque no necesariamente en sus objetivos.

Los gobiernos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Sebastián Piñera y Gabriel Boric mantuvieron relaciones estables con Washington, marcadas por la cooperación económica, los tratados comerciales y la coordinación diplomática.

Pero esa relación nunca dejó de ser profundamente asimétrica.

Estados Unidos continuó defendiendo prioritariamente sus propios intereses estratégicos y comerciales, independientemente del color político del gobierno chileno.

El mismo límite para gobiernos distintos

Durante la administración de Gabriel Boric hubo diferencias públicas con Washington en materias internacionales, pero también existieron mensajes y gestiones directas de representantes estadounidenses respecto de asuntos relevantes para Chile.

La derecha criticó entonces cualquier señal que interpretara como presión externa y sostuvo que un gobierno encabezado por José Antonio Kast tendría una interlocución distinta con la Casa Blanca.

Sin embargo, los acontecimientos recientes muestran que esa expectativa era, al menos, exagerada.

Estados Unidos continúa actuando desde una lógica de intereses nacionales.

No modifica su política comercial porque el gobierno chileno sea ideológicamente cercano.

Ni tampoco renuncia a expresar públicamente sus posiciones cuando considera afectados esos intereses.

El silencio sobre el Tratado de Libre Comercio

Hay un aspecto especialmente revelador en las declaraciones del canciller Francisco Pérez Mackenna.

Mientras distintos especialistas han abierto el debate sobre una eventual incompatibilidad entre el arancel impuesto por Washington y el Tratado de Libre Comercio vigente entre ambos países, el gobierno decidió no recorrer ese camino.

El canciller fue explícito.

«Más que entrar a analizar si hay o no una violación de los tratados, lo importante es resolver el problema.»

La frase representa mucho más que una decisión comunicacional.

Supone que el Ejecutivo opta deliberadamente por no convertir el Tratado de Libre Comercio en el principal instrumento de defensa de la posición chilena.

En vez de exigir el cumplimiento de un acuerdo internacional vigente, privilegia una estrategia basada exclusivamente en la negociación.

No significa que Chile haya renunciado jurídicamente a los derechos que le otorga el tratado.

Pero sí implica reconocer que el gobierno considera más útil negociar con Washington que plantear públicamente un conflicto sobre el eventual incumplimiento de ese acuerdo.

Esa elección revela la percepción que tiene La Moneda sobre la correlación real de fuerzas.

Diplomacia bajo presión

El episodio adquiere todavía mayor relevancia porque coincide con las declaraciones públicas del embajador Brandon Judd criticando a ministros del gabinete.

No es habitual que un representante diplomático intervenga de manera tan directa en una controversia política interna sin generar una respuesta pública de igual intensidad por parte del país anfitrión.

La Cancillería optó por otra estrategia.

Conversaciones reservadas.

Discreción.

Y un llamado a volver a la mesa de negociación.

Desde una perspectiva diplomática esa decisión puede resultar razonable.

Pero políticamente también evidencia que el gobierno busca evitar cualquier escalada con Washington, aun cuando ello implique dejar en segundo plano argumentos jurídicos derivados del propio Tratado de Libre Comercio.

El perfil del nuevo canciller

La conducción de Francisco Pérez Mackenna también ayuda a comprender este enfoque.

Su trayectoria proviene principalmente del mundo empresarial y de la administración de grandes compañías, no de la carrera diplomática.

Eso se refleja en un estilo marcadamente pragmático.

La prioridad no parece ser abrir controversias jurídicas ni convertir el conflicto en un debate político internacional.

El objetivo es recuperar un espacio de negociación que permita disminuir los costos económicos para Chile.

Es una lógica cercana a la negociación corporativa: resolver primero el problema práctico antes que disputar públicamente la interpretación de las reglas.

El principio de realidad

La reapertura de relaciones consulares con Venezuela confirma la misma tendencia.

Después de una campaña marcada por un fuerte discurso contra el régimen de Nicolás Maduro, el gobierno de Kast reconoce ahora la necesidad de reconstruir vínculos diplomáticos para atender a cientos de miles de venezolanos residentes en Chile y a miles de chilenos que viven en ese país.

La política exterior vuelve a imponer su propia lógica.

No nos referiremos, porque sería especulativo, al cambio de políticas con Venezuela o si se deben a influencias estadounidenses.

Los intereses permanentes del Estado terminan prevaleciendo sobre los discursos de campaña.

La verdadera paradoja

Quizás ese sea el aprendizaje más importante de estos primeros meses.

José Antonio Kast llegó al gobierno prometiendo recuperar autonomía frente a organismos internacionales y establecer una relación privilegiada con Estados Unidos.

Lo que muestran los hechos es algo distinto.

Washington continúa fijando sus propias prioridades comerciales, ejerciendo influencia pública sobre el debate político chileno y condicionando el margen de acción del Ejecutivo.

No porque exista una anomalía diplomática.

Sino porque así funcionan históricamente las relaciones entre una potencia global y un país pequeño cuya economía depende en gran medida del comercio exterior.

La verdadera paradoja no consiste en que Estados Unidos defienda sus intereses.

Eso es exactamente lo que hacen todas las grandes potencias.

La paradoja consiste en que el gobierno que prometía una política exterior más soberana y una relación preferente con Washington descubre que los límites de su autonomía son prácticamente los mismos que enfrentaron quienes lo precedieron.

La política exterior, al final, suele ser el primer lugar donde las promesas ideológicas chocan con la realidad del poder.

 

Simón del Valle



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Simon Del Valle

Periodista

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