
El problema del hombre contemporáneo (Una aproximación desde la historia)
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Vivimos la angustia del genocidio, ese que resurge en Gaza, en Ucrania, en Irán, en Iraq, contra las etnias minoritarias o vulnerables en los Balcanes hasta Turquía.
Cuando no salíamos del “asombro” por el holocausto judío en la Segunda Guerra, a manos del nazismo, venimos a caer en el horror del otro holocausto contra los palestinos, pero ahora a manos de las mismas víctimas del anterior holocausto.
Entonces ¿Qué es el ser humano?
Cartas sobre el humanismo han escrito muchos pensadores: Rousseau (Emilio; El contrato social), Heidegger (Carta sobre el humanismo) Sartre (El existencialismo es un humanismo). Y muchos otros pensadores se refieren a la humanidad desde diferentes vertientes: San Agustín, Montaigne, Marx y Engels, Spinoza, Francisco Juárez, Kierkegaard, Camus.
Todos ellos tratan de desentrañar el misterio del hombre, ese (ente) que pretende al Ser en un deambular histórico azaroso y accidentado como la historia de realización de un destino señalado, una teleologia).
El hombre en busca de su destino, ese destino que la religión pone a la vista de una naturaleza divinizada de la historia (está vez como historia de salvación, una teodisea).
Luego la propuesta de un destino secularizado de la historia, propuesta por Marx y Engels (el materialismo histórico) hasta el destino como una incógnita (el punto X en la filosofía de Nietzsche) o, en verdad, la inexistencia de un destino para el hombre (ser para la muerte de Heidegger).
Heidegger, postula una “ posteologia”, en que el misterio de la verdad sobre la vida y el hombre se hace secular y no divina, pero ese descubrimiento de la verdad se presenta con tanto misterio e incompetencia humana, como siempre lo fue en el terreno del misterio divino. Esto parece ser así de ineludible para ese hombre que habita la Tierra por tan corto tiempo, advertido también por santo Tomás de Aquino, cuando señala que la verdad proclamada por la fe tiene que ser manifiesta en un tiempo que va mucho más allá de lo breve de la vida de cada ser humano.
Para Spinoza lo divino se naturaliza, para Heidegger se vuelve a manifestar en el logos, en el arte poético y el arte gráfico; primero fue en la lógica fenomenológica, luego en la expresión cultural.
Con todo esto, se trata de dilucidar el problema del Ser, qué es la sustancia o esencia, la cosa en si.
Grandes discusiones se instalan hasta hoy entre quienes adhieren al paradigma de la ciencia, es decir a explicar lo humano desde lo comprobable, y quienes adhieren a las tesis místicas, espiritualistas, metafísica o la intuitiva.
Los científicos creen que el cerebro es responsable del pensamiento y conforma la mente, que dirige al cuerpo y de esta interacción se explica el conocimiento, cuya manifestación es la esencia del ser humano.
Pueden dividirse entre cartesianos y empiristas. (1) Pienso y eso me confirma mi existencia; 2) Existo y luego de ser existente es que puedo pensar).
Ante la teoría de lo humano en sociedad, están los que sostienen que el hombre es bueno por naturaleza, pero la vida en sociedad lo corrompe (Rousseau) y quienes sostienen que el hombre en naturaleza primero es un salvaje y es la vida en una civilización lo que lo pule y culturiza (iluministas). Marx se ubica en ambos bancos, la sociedad corrompe por explotación, el comunismo te pondrá esa naturaleza noble y digna (el hombre nuevo).
En el ámbito de la antropología existen argumentos válidos para abonar ambas teorías.
También está el concepto que está como base de lo propiamente humano, su “libre albedrío” (subjetivismo individualista), mientras otros sostienen que el hombre es forjado, moldeado y forzado por las normas de una cultura y una estructura social (colectivismo, estructuralismo, determinismo).
Los deterministas, desde la religión hebrea y el cristianismo, hasta el marxismo historicista, piensan que lo humano es una historia que se desarrolla hacia un fin previsible, mientras que otra corriente (Nietzsche), plantea que no hay destino en la historia del hombre, sino que se dirige hacia una incógnita, hacia la X, es decir un futuro desconocido y bajo un mecanismo que denomina del “eterno retorno”. Un avance en círculo y no lineal, como sí se plantea en los historicismos.
Con todo, hay quienes ponen a Nietzsche entre los metafísicos, dada su concepción de la circularidad de la historia y la proclamación del destino de “superación del hombre” (hübermach).
Los filósofos de filiación cristiana, desde san Agustín, santo Tomás, Maritain, Bergson, Gabriel Marcel, Blondel, Pèguy, T. De Chadin, Berdaieff, etc., plantean una dimensión humana que supera la pura naturaleza sensorial. Su metafísica se eleva a dimensiones que ni la utopía puede agotar: su real naturaleza es trascendente.
El alma, es parte del hardware del software que es el espíritu de divinización de la naturaleza propiamente humana.
Todas las religiones monoteístas postulan este sentido de espiritualidad trascendente, que lo asocian a los valores humanos de dignidad inalienable.
El “Dios ha muerto” de Nietzsche y el “ser para la muerte” de Heidegger, constituyen el pensamiento filosófico moderno de la “pos- teología”.
La vida humana sin dioses, sin destino histórico, sin trascendencia.
Los materialistas como Feuerbach, Schopenanhauer, proclaman lo sensible y volítivo, el interés y la voluntad como la única realidad humana;
Marx y Engels proyectan una noción de idealismo ético en la historia: la justicia material de las comunidades humanas (tomada en parte del idealista sistémico, Hegel).
Spinoza, Rousseau, Voltaire y otros deístas, envuelven su lógica naturalista en un lenguaje teológico tangencial, pero como el mismo Descartes, anuncian una ciencia que desafía toda barrera en su imperativa carrera por la conquista de un saber distinto y demostrable.
Pero la ciencia, ese Prometeo que desafía a los dioses, converge a un imperativo tecnológico que viene a ser el espacio del Ser que corresponde al hombre del siglo XX y que en el XXI ya deja expuestas sus ilimitadas ambiciones de llegar incluso a superar al mismo hombre, en su reinado sobre la Tierra.
Heidegger alcanza a plantear su crítica y definir la importancia de la tecnología, como limitación, como peligro y como esperanza en la tarea de “iluminar al Ser”.
Habermas, también advierte sobre esta era tecnológica. Bauman, Lipovetsky, Franz Hinkelammert y otros, tratan el tema cultural derivado del imperativo tecnológico industrial, de manera que pone al hombre contemporáneo en riesgo de categorizarse como “el hombre dañado” que denuncia Gabriel Marcel.
En “Cartas de la guerra”, intercambiados entre Freud y Einstein, dónde el físico pregunta al psiquiatra si hay posibilidades que el hombre supere su condición violenta y destructiva, el primero responde que sobre una base de educación formativa en valores altruistas y en condiciones muy protectoras de esos valores en las estructuras sociales, se podría disminuir el ímpetu violento del hombre, pero eliminarlo, nunca.
Con todo, las sociedades menos desiguales y más respetuosas de la dignidad humana, más protectora de derechos, resalta una actitud humana más pacífica.
En sociedades tensionadas por la desigualdad, el despotismo y la explotación sin derechos básicos consagrados y respetados, la violencia tiende a ser la respuesta y experiencia más instintiva de los dirigentes y de su población (corrupción, delincuencia, abuso, deterioro del lenguaje y de las interacciones humanas y guerras o agresiones étnicas, de minorías culturales o políticas)
¿Podrá sobrevivir la humanidad?
Está pregunta se hacía Erich Fromm en un conocido texto en la medianía del siglo XX.
La respuesta es aún muy difícil de articular, dada la realidad amenazante del presente.
Hugo Latorre Fuenzalida.





