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El naufragio del fútbol: cuando el dinero devoró la pelota

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El presente Mundial de Fútbol ya no es un certamen deportivo; es una obscena pasarela de lavado de imagen, una maquinaria implacable de segregación y el triunfo definitivo del capital sobre la dignidad humana. El caso de la selección de Irán es, en este sentido, su síntoma más grotesco y doloroso.

El fútbol nació en los potreros, en las calles empedradas, en el barro y en la pasión colectiva de quienes no necesitaban más que un objeto esférico y dos piedras para inventarse un universo. Era, por definición, el deporte más democrático del planeta: un idioma universal donde el origen, la cuenta bancaria o la geopolítica quedaban suspendidos durante noventa minutos. Hoy, ese relato romántico ha muerto. Lo que estamos presenciando no es la evolución del deporte rey, sino su autopsia. El presente Mundial de Fútbol ya no es un certamen deportivo; es una obscena pasarela de lavado de imagen, una maquinaria implacable de segregación y el triunfo definitivo del capital sobre la dignidad humana.

La FIFA y los comités organizadores suelen llenarse la boca con discursos prefabricados sobre la «inclusión», la «unión de los pueblos» y el «fair play«. Sin embargo, la realidad extirpa la hipocresía de las relaciones públicas con la fuerza de un portazo. El caso de la selección de Irán es, en este sentido, el síntoma más grotesco y doloroso de una enfermedad terminal.

Que un plantel profesional de fútbol, clasificado por mérito propio en la cancha, se vea obligado a establecer su búnker y dormir en México para cruzar la frontera y jugar en los Estados Unidos no es una anécdota logística ni un mero «inconveniente de visado». Es una humillación institucionalizada. Es la traslación exacta de las lógicas de exclusión y discriminación geopolítica al césped que se suponía neutral. El mensaje es explícito y despiadado: eres lo suficientemente bueno para generar rating y taquilla, pero no lo suficientemente digno para pernoctar en el suelo del imperio que hostiga a tu bandera.

Chile, tercer lugar en el Mundial de Fútbol de 1962. Crédito: https://laroja.cl
Déficit de dignidad

Sin embargo, el análisis se queda cojo si solo apuntamos con el dedo al gigante organizador. La indignación debe ser bidireccional. Hay una alarmante pérdida de dignidad en la propia federación y en el Estado iraní al aceptar participar en semejantes condiciones de sometimiento. Al aceptar el rol de parias itinerantes, de atletas de segunda clase que deben pedir permiso para respirar el aire del vecino antes de salir a competir, Irán firma su propia capitulación moral.

¿Dónde quedó el orgullo de una nación? ¿Dónde el respeto por los propios futbolistas que se vuelven mercancía barata en el tablero de ajedrez de la FIFA? Participar bajo estas condiciones de apartheid encubierto no es resiliencia; es complicidad. Es validar que el sometimiento es un precio aceptable con tal de figurar en el gran escaparate televisivo. Al no plantar cara, al no exigir un trato de absoluta igualdad o, en su defecto, retirar las camisetas con la frente en alto, se demuestra que el virus de la sumisión al dinero también ha colonizado sus despachos. La dignidad de un país no se negocia por noventa minutos de exposición global.

Este Mundial es el espejo donde se refleja la mutación definitiva de un juego que solía pertenecerle a la gente. La asignación de sedes ya no responde al desarrollo del deporte, sino a la ingeniería financiera y a los intereses corporativos de corporaciones multimillonarias. Estadios faraónicos construidos sobre la base de la explotación de trabajadores migrantes, calendarios reventados para exprimir hasta el último centavo los derechos de televisión, y aficiones locales expulsadas de las tribunas porque ya no pueden costear boletos indexados a precios de hotel de cinco estrellas.

El hincha genuino ha sido reemplazado por el cliente dócil. Las banderas de tela y los cantos populares estorban en las transmisiones de alta definición, que prefieren el aplauso pregrabado y la estética esterilizada del consumo VIP. La pelota ya no rueda; factura.

El fútbol ya no es un deporte que genera dinero; es una corporación financiera que, por pura coincidencia logística, todavía utiliza un balón para justificar sus balances contables.

Conclusión

La metamorfosis se ha completado. Hemos asistido al funeral del deporte más popular de la historia para ver nacer, sobre sus cenizas, a una maquinaria despiadada que solo genera dividendos y asimetrías. Un sistema que discrimina sin pudor a los que considera incómodos y que despoja de dignidad a quienes aceptan arrodillarse con tal de migajas de su banquete. Cuando se apague la postrera luz del último estadio de este torneo artificial, no habrá campeones que celebrar. Solo quedará el eco vacío de un negocio redondo que nos robó el juego, nos vendió el espectáculo y nos dejó claro que, en su nuevo orden mundial, los hombres libres no tienen derecho a jugar.

 

Edison Ortiz

 

Fuente: El Regionalista



Edison Ortiz

Doctor en Historia. Profesor colaborador MGPP, Universidad de Santiago

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