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Mundial 2026 y el llanto agónico del fútbol que conocimos

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En este Mundial la escala ya no es humana; es corporativa. El mapa se ha deformado para albergar una geografía del exceso, donde cada kilómetro de distancia es un dólar facturado y cada minuto de retraso una promesa rota en el altar del libre mercado.

 

El viento ruge sobre los colosos de hormigón y cristal de una Norteamérica fragmentada, anunciando el nacimiento del torneo más largo, desmesurado y extenso que los siglos hayan presenciado. Sesenta y cuatro estandartes se alzan bajo un cielo que ya no pertenece a los dioses, sino a los algoritmos. Es el Mundial de la abundancia infinita, una epopeya de dimensiones titánicas donde el espacio y el tiempo se estiran hasta la náusea, transformando la vieja gesta de noventa minutos en una procesión interminable de estadios inconclusos y trenes fantasmas que jamás llegaron a Monterrey. La escala ya no es humana; es corporativa. El mapa se ha deformado para albergar una geografía del exceso, donde cada kilómetro de distancia es un dólar facturado y cada minuto de retraso una promesa rota en el altar del libre mercado.

Las selfies y los influencers han desplazado a la pelota y los jugadores.
Crédito: Instagram.

¡Qué sublime ironía la de esta nueva era ecuménica! Nos prometieron la fiesta de la integración global, un canto de hermandad entre naciones, mientras los muros invisibles de la burocracia levantaban aduanas insalvables. Las fronteras del norte se cerraron como templos prohibidos, dictando un caos de visados denegados en el que los futbolistas y los cronistas de África y Oriente Medio fueron despojados de sus túnicas de héroes antes de pisar la arena. Hubo incluso una humillación silenciosa, una marginación sistemática grabada en los despachos, con delegaciones enteras como la de Irán que caminaron por el desfiladero del desprecio, convertidas en parias de un tablero geopolítico que utiliza el balón como moneda de cambio y castigo. La hipocresía se viste de gala: se hacen discursos sobre la unión de los pueblos mientras los pasaportes se pesan en la balanza del prejuicio y el poder económico.

En tanto, en las tribunas de la opulencia, la palabra sagrada fue encadenada. En un alarde de comedia burocrática, la FIFA decretó la censura lingüística, enmudeciendo el romance del idioma español en las gargantas de los elegidos, mientras sus guardias retiraban los pergaminos y las credenciales a los cronistas osados que se atrevieron a relatar las verdades del imperio. En este coliseo de la corrección corporativa, donde pensar es un delito de marca, emergen los nuevos césares del micrófono. Son figuras que, al mejor estilo de un Alejandro Fantino transmutado en el Donald Trump del fútbol, dictan cátedra desde el histrionismo feroz. Construyen muros de ruidos y verdades a medias, un territorio en el cual el análisis táctico cede ante el grito sagrado del rating y la puesta en escena del espectáculo total. Ya no importa la belleza del juego, sino la estridencia del bufón que lo comercializa.




El capitán de la selección de Irán, Mehdi Taremi denuncia a la FIFA y a Infantino por la discriminación que sufrieron.
Crédito: https://www.instagram.com/reel/DaF7qW2zkbD/

La invasión de los palcos sagrados

El verdadero templo ha sido profanado, no por bárbaros con hachas, sino por mercaderes con pantallas brillantes. Un manto de gentrificación cubrió los viejos barrios, expulsando el aroma a asfalto y fiesta popular para dar paso a la exclusividad de las élites. El hincha tradicional —aquel que guardaba sus monedas durante cuatro inviernos para besar el cemento del estadio— ha sido desterrado por precios estratosféricos y prohibitivos. La FIFA ha rediseñado la asistencia: ha sustituido el fervor por el consumo, el grito desgarrado por el aplauso cortés de un palco VIP. Las gradas ya no vibran con el temblor de la pasión popular; ahora relucen con el frío destello de las tarjetas de crédito corporativas.

En su lugar, los palcos de prensa y las gradas de honor han sufrido la invasión de las huestes del vacío: la farándula y los mal llamados influencers. Ya no hay ojos que miren la comba de la pelota o el dolor de un ligamento roto; ahora hay pantallas frontales que buscan capturar la selfie perfecta con el protagonista de turno. El fútbol ya no se vive; se consume, se filtra y se sube a la red en videos de quince segundos. La desconexión es total.

Mientras la seguridad privada de los estadios —esos cancerberos del capital— persigue, acosa y golpea a los verdaderos obreros de la información que intentan documentar el desastre, los bufones de la era digital celebran los goles de espaldas a la cancha. Estorban, gritan, gesticulan para su audiencia virtual, más atentos al contador de interacciones que al latido del juego o a la justicia del marcador. El dinero ha comprado la liturgia, trocando el sudor místico de las camisetas por un decorado de plástico, filtros de belleza y pura vanidad instantánea. Nos han cambiado el rito sagrado por un unboxing de noventa minutos.

Epílogo: El réquiem del calmante de los pueblos

Ha terminado la jornada y las luces de los estadios comienzan a apagarse, dejando al descubierto el esqueleto de un negocio perfecto. Qué tristeza tan honda nos envuelve al mirar las cenizas de lo que fuimos. Hemos asistido, con los ojos llenos de asombro y desilusión, al entierro definitivo del fútbol que conocimos.

Aquel juego bendito y profano ya no existe. Se ha marchado para siempre el deporte que nació de los callejones y los potreros, aquel que no entendía de cuentas bancarias ni de filtros de las redes sociales. Nos han arrebatado el viejo balompié, el único arte capaz de paralizar los relojes de las barriadas humildes; aquel que, con la milagrosa parábola de un cuero gastado, se convertía en el único y soberano calmante de las agonías, las huelgas, el hambre y las tristezas de los pueblos.

Un jugador de Senegal es inspeccionado por seguridad al arribar a Estados Unidos.
Crédito: https://www.instagram.com/reel/DZXYcAtmj8z/?hl=es-la

Hay que decirlo con rabia, sin rodeos: nos han robado el patrimonio de los desposeídos. La FIFA, transmutada en una patronal del saqueo cultural, junto a los amos del dinero y los poderosos de la Tierra, han perpetrado el atraco más grande de la historia moderna. Se han apropiado del único lenguaje universal que unía al hijo del obrero con el del campesino. Han secuestrado la pelota, la han metido en una bóveda blindada de derechos de transmisión inaccesibles y exclusividades obscenas, despojándola de su naturaleza de barro y épica comunitaria. Lo que antes era un patrimonio de rebeldía y consuelo popular, hoy es un producto de lujo reservado para los mismos que dominan el mundo.

Hoy los ricos celebran su banquete en el norte, rodeados de luces falsas y aplausos comprados. Pero abajo, muy abajo, en los rincones olvidados del planeta, en las canchas de tierra donde los niños juegan descalzos, la pelota llora en silencio. Llora porque sabe, con la sabiduría del cuero herido, que su magia ya no pertenece a los mortales, sino a los dueños del circo. Nos han dejado los estadios llenos, pero el alma del juego completamente vacía.

 

 

Edison Ortiz



Edison Ortiz

Doctor en Historia. Profesor colaborador MGPP, Universidad de Santiago

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