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Estados Unidos, admirado, detestado:  las contradicciones

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El 250º aniversario del primer país del continente americano que se rebeló contra la dominación colonial se ha dado en un marco muy singular por hallarse presidido por un megalómano que ha profundizado el odio que su país despierta en América Latina, al tiempo que ha levantado la desconfianza entre quienes son (o quieren ser) sus aliados.  Ciertamente, no el mejor ambiente para que el resto del mundo quisiera saludarlo de corazón, ni para ver los sutiles matices del festejado.

No hay duda de que Estados Unidos genera un universo de sentimientos ambivalentes. Por de pronto, están quienes hemos pasado una vida denunciando el imperialismo: Yankee go home!, gritamos incontables veces frente a alguna embajada o consulado del detestado imperio. Ese rudimentario inglés de esos años mozos era suficiente para expresar nuestro rechazo a sus intervenciones en Cuba, República Dominicana, Vietnam, en fin, la lista es muy larga.

Nuestro sentimiento anti-imperialista sin embargo, no nos impedía disfrutar una Cuba Libre, o, si queremos ser más criollos, una piscola, tragos en los que el ingrediente mayoritario no sería otro que una Coca Cola. Quizás algún disidente pudiera preferirlo con Pepsi, tan “American” como la otra (mientras que Coke fue creada por John Stith Pemberton, farmacéutico de Atlanta, Georgia, la Pepsi Cola la inventó Caleb Bradham, colega suyo, pero en New Bern, Carolina del Norte).

A propósito de la mencionada nacionalidad de esas sodas, de todas las cosas de las que el imperio se ha apropiado, en más de una ocasión se ha mencionado el nombre del continente: América. Como ha señalado Eduardo Galeano, eso ha confinado al resto del continente y a sus habitantes a una suerte de “sub-América”.  El origen de esa apropiación, sin embargo, habría sido más bien práctico: al desatarse la guerra de independencia de las 13 colonias, que todavía no tenían un nombre común, adoptaron para sí el apelativo de “americanos” para distinguirse de los “ingleses” y, por extensión, “América” como una suerte de alias del nombre oficial del país.  Lo más probable es que los entonces rebeldes estuvieran más preocupados por la supervivencia de su audaz proyecto revolucionario que por albergar sueños imperiales, aunque estos vendrían más tarde.




Por cierto, en tanto potencia imperial, Estados Unidos y lo que representa provocan sentimientos encontrados, particularmente entre quienes tenemos una visión crítica de su rol, pero que, de todos modos, no podemos escapar a su influencia, en especial a su impacto cultural. En mi experiencia de niñez que debe haber sido muy similar a la de otros creciendo en esos años, el período anterior a la introducción de la televisión en Chile, eran las seriales de la matinée (con Superman en blanco y negro), los filmes de cowboys (todos aplaudiendo a la llegada del “jovencito”) y las revistas de historietas creadas en Estados Unidos y traducidas en México (el Pato Donald, el Súper Ratón, el Capitán Marvel original, ahora conocido como Shazam, los héroes del oeste, El Llanero Solitario, Roy Rogers), las que nos entretenían e inspiraban nuestros juegos y fantasías. Qué decir que en nuestra adolescencia fuimos llevados por la ola del rock and roll, el clásico de esos años, el de Bill Haley y, por cierto, el de Elvis Presley. Para los chilenos, todo un desafío, dado lo coreografiado de ese baile, además de que, en esto de bailar—sea lo que sea—, somos más bien “troncos”.

El hecho de que la cultura popular estadounidense tenga una influencia tan potente en todo el mundo es objeto de debate y de numerosos análisis. Mientras no cabe duda de que el poder cultural está directamente ligado al poder político y económico que puede tener un país determinado, en el caso estadounidense su cultura empezó a extenderse bastante antes de que llegara a ser la superpotencia que es hoy. El jazz ya había dejado su huella en los escenarios de París, Londres o Berlín a comienzos del siglo pasado, mientras que el cine de Hollywood empezó a dominar las pantallas en la década de los años 30. El factor clave en ese dominio cultural de Estados Unidos habría residido en que, a diferencia de los productos de la cultura popular de otras naciones en el pasado, desde el comienzo su pop culture se entrelazó fuertemente, a veces hasta hacerse indistinguible, con los medios de comunicación de consumo masivo.

Las historietas, el cine, luego la televisión y ahora las redes sociales han sido vehículos muy eficaces para la transmisión de la cultura popular estadounidense y, en consecuencia, de sus propios valores.  Recuerdo haber estado de visita en Washington en 1988, coincidiendo con una exposición que la Smithsonian Institution le dedicó a Superman, entonces en su cincuentenario. Una de las tarjetas de souvenir de la exhibición presentaba al superhéroe como defensor del American Way of Life.

Sin embargo, no se debe pensar que toda la creación cultural originada en Estados Unidos es reaccionaria, proimperialista u orientada a “adormecer la conciencia de las masas”, como alguien podría simplificar, llevado por una suerte de fundamentalismo de izquierdas. El film Casablanca (1942, dirigido por Michael Curtiz) es una incisiva crítica al fascismo, con un genial Humphrey Bogart encarnando a un estadounidense cínico, pero, en última instancia, romántico.  O las versiones de El Padrino (1972, 1974, de Francis Ford Coppola) que incursionan en las redes de la mafia, o los filmes de Spike Lee (Malcolm X, Do the Right Thing, entre otros) que abordan en profundidad las tensiones raciales en el país. Y en estos días en que se habla de la inteligencia artificial, recomiendo volver a ver 2001, Odisea del Espacio.

Eso solo para mencionar el impacto de la masificación de los medios, asociada a la cultura y al arte popular, pero también hay mucho más en otros ámbitos menos masivos que revelan facetas más profundas del ser estadounidense. Pablo Neruda, en una ocasión en que, como embajador, hablaba de la deuda exterior de Chile, hizo una mención intencional de otra deuda: la que él mismo le debía a una gran figura estadounidense, el poeta Walt Whitman, autor de O Captain, My Captain, elegía escrita a propósito de Abraham Lincoln.

La trayectoria de los países a lo largo de la historia es muy compleja, llena de contradicciones que pueden dejarnos perplejos.  Al momento de su fundación, Estados Unidos representó la concreción de las ideas de la Ilustración, un modelo efectivamente revolucionario para su época. Sin embargo, varios de sus más eminentes defensores del derecho a rebelarse, como Thomas Jefferson, eran, paradójicamente, dueños de esclavos.  Otros sí, eran más consecuentes:  Tom Paine, una de las figuras intelectuales de la independencia de Estados Unidos, había escrito en su obra Sentido Común que “los gobiernos deberían ser siempre responsables ante el pueblo, (y) ser tolerados (por el pueblo) solo si ellos promueven el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.  Cualquier gobierno que no cumpliera ese mandato del pueblo debiera ser removido, “incluso por la fuerza si fuera necesario”. Seguramente, si Donald Trump hubiera leído este texto (bueno, figura retórica: todos sabemos que la lectura no entra en las aficiones del mandatario), su reacción inmediata habría sido condenar a Paine como un “izquierdista radical y comunista”.

Así, Estados Unidos y lo que ahora representa nos impulsa a detestar su opresivo afán imperialista de dominar el mundo, pero, por otro lado, en esta paradojal relación, no deja de seducirnos con sus productos culturales. Eso sí, el alma de la nación no está encarnada por un sujeto como Trump, aunque haya querido grotescamente fusionar la celebración de su país con su propia figura. Todavía ese ser profundo o esencial de Estados Unidos queda sujeto a la subjetividad. Si se me permite aludir a una experiencia personal, esa alma la puedo encontrar en un episodio de hace unos años cuando, como profesor en Montreal, viajé con otros colegas canadienses a un encuentro en el Alverno College de Milwaukee; de ahí fuimos a casa de unos profesores, donde, luego de una pregunta sobre mi experiencia de exilio, ahí con esos gringos amables y correctos levantamos nuestras copas para brindar:  To freedom!

Evidentemente, Estados Unidos no es Trump, ni siquiera la larga lista de tropelías producidas por su imperialismo a lo largo de su historia. Es mucho más que eso. El problema es que el camino para reencontrar el espíritu progresista que alguna vez encarnó aún será muy largo; eso sí, su propio pueblo tendrá que recorrerlo.

 

 

Sergio Martínez

(desde Montreal, Canadá)

 

 

 



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