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El dinero, ese gran olvidado de la lucha ecológica

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He leído recientemente un texto de Jean-Christophe Duval originalmente publicado en mayo de este año en Debunk’Onomy, que considero necesario difundir. Su voz resuena con claridad, lanza una advertencia que debería incomodar a cualquier militante ecologista: después de medio siglo de alertas, informes y cumbres climáticas, las curvas de degradación ambiental no hacen más que empeorar. Y no es por falta de conciencia, de datos o de buena voluntad. Es, según él, un problema de arquitectura. La ecología política trata de curar una enfermedad sistémica con los mismos instrumentos que la generan: pretende frenar la extracción sin tocar el motor que la exige, proteger los ecosistemas mientras preserva un orden económico cuya única razón de ser es la expansión material incesante. El resultado es agotador: se reparan consecuencias, se dejan intactas las causas.

El retroceso electoral de los partidos verdes en Europa no es, en su análisis, un simple capricho de la opinión pública ni el fruto de la desinformación. Es un síntoma de una incoherencia que los ciudadanos perciben con claridad: se les pide austeridad, impuestos al carbono y sobriedad, mientras el sistema sigue exigiendo más producción, más velocidad, más deuda. La llamada “ecología punitiva” no nace de una conspiración, sino de la contradicción interna de unos gobiernos que intentan lo imposible: reducir emisiones sin renunciar al crecimiento, proteger recursos mientras alimentan la deuda, limitar el consumo sin tocar la rentabilidad del capital. Estructuralmente, dice el autor, es inviable. Y la gente lo intuye, aunque no siempre sepa expresarlo.

Ahí radica el punto ciego: el dinero. La mayoría de los movimientos ecologistas conciben la moneda como un instrumento neutro, un mero vehículo de intercambio que podría redirigirse hacia fines verdes mediante impuestos o subvenciones. Pero Duval sostiene que esta visión es ingenua. Nuestro sistema monetario no es neutral: tiene una dirección intrínseca, y esa dirección apunta al crecimiento no como una opción política, sino como un imperativo de supervivencia. ¿Por qué? Porque más del 90% del dinero en circulación se crea a través de deuda bancaria con interés. Cuando un banco presta 10.000 euros, crea ese principal, pero no crea los intereses que hay que devolver. Si el interés es del 5%, deben pagarse 500 euros adicionales que no existen en el sistema; para obtenerlos, alguien debe endeudarse más, producir más, extraer más recursos. Así, cada préstamo se convierte en una obligación de expandirse en el futuro. El crecimiento no es una preferencia ideológica: es una restricción mecánica inscrita en la propia arquitectura monetaria.

Frente a esta realidad, el argumento del “desacoplamiento” —crecer económicamente mientras se reduce el impacto material— se desmorona ante los datos. Las ganancias de eficiencia son reales, pero siempre son devoradas por el efecto rebote: hacemos más con menos por unidad, pero usamos tantas unidades más que el impacto total no deja de crecer. El crecimiento verde, en palabras del autor, no es una solución, sino una reformulación del problema. Mientras la moneda exija expansión, cualquier avance tecnológico será reabsorbido por el volumen.




Para ilustrarlo, el autor recurre a una metáfora elocuente: imaginar un coche con el acelerador atascado a fondo. El conductor puede pisar el freno —eso sería la política de transición—, pero en cuanto afloja la presión, el motor vuelve a empujar. Y frenar constantemente desgasta el sistema y agota al conductor. Así actúan los gobiernos cuando gravan el carbono, subvencionan renovables o legislan sobre biodiversidad: la deuda sigue exigiendo extracción, los mercados siguen premiando los combustibles fósiles y la regeneración ecológica sigue siendo menos rentable que la destrucción. La extracción genera ingresos; la regeneración, costes. Mientras el dinero obedezca a esa lógica, los incentivos fundamentales estarán invertidos.

Jean-Christophe Duval va más allá y se permite una ficción lúcida: si la Tierra pudiera hablar, diría algo así como que los humanos pretenden curarla con dinero extraído de sus propias heridas, que dicen amar la estabilidad pero exigen expansión perpetua, que se agotan reparando consecuencias sin tocar las causas. No es mística, dice, es termodinámica: un sistema vivo no puede regenerarse de forma sostenible con una infraestructura económica diseñada para extraerlo.

De ahí su conclusión más radical: la ecología del siglo XXI no triunfará solo con cambios de comportamiento, innovación o regulación sectorial. Hace falta un cambio de infraestructura monetaria. El dinero no es un simple medio de cambio; es una arquitectura de comportamiento, un sistema de orientación civilizacional que recompensa ciertas actividades y penaliza otras. Hoy recompensa la extracción rápida, la obsolescencia programada, la deuda y el cortoplacismo. Las actividades regenerativas —cuidado del suelo, reparación de ecosistemas, resiliencia local— suelen ser financieramente menos rentables, aunque generen mucho más valor real. Hemos construido una máquina donde destruir paga más que restaurar, y luego nos asombramos del colapso.

¿Qué hacer, entonces? El autor apunta hacia un nuevo paradigma monetario, ejemplificado en el proyecto NEMO IMS (Sistema Monetario Internacional Neguentrópico). No se trata de una utopía, sino de ingeniería sistémica: rediseñar cómo se crea el dinero —no a través de deuda con interés, sino anclado en la regeneración de los sistemas vivos—; qué valoriza —actividades de bajo impacto y alto valor ecológico y social—; y cómo se modulan los flujos —en función de sus efectos reales sobre los ecosistemas, no solo de su rentabilidad contable. Así como se puede diseñar un motor de combustión o uno eléctrico, se pueden diseñar arquitecturas monetarias con propiedades distintas. La cuestión no es si se puede, sino si se tiene el valor de planteársela.

El siglo XXI, concluye, no carece de conciencia ecológica; carece de una arquitectura sistémica coherente. Sabemos que los recursos son finitos, que el crecimiento material infinito es imposible, pero seguimos atrapados en una infraestructura monetaria pensada para el siglo XIX, la era de la expansión industrial sin límites. La ecología institucional lucha por convencer no porque se equivoque en el fondo, sino porque intenta resolver una contradicción termodinámica sin tocar la matriz que la produce. Es como frenar un coche cuyo capó se niega a abrir. La transición verdadera, la que está a la altura del desafío, no podrá eludir indefinidamente esta pregunta. Y cuanto más esperemos, más duras serán las condiciones en que nos veamos forzados a afrontarla.

 

Antonio Elizalde



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