
“Wuñelfe”: elogio a Venus en la cosmogonía
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“Anda a la montaña
y espera que la tierra se abra para ti
alrededor del fuego las mujeres reunidas
la abuela lluvia limpia con las hojas del maqui
vamos al bosque en luna llena
allá le cantaremos las mujeres reunidas
y esperaremos escuchar a los espíritus del amanecer
que se cuide la wuñelfe de alumbrantes trenzas…”
En la historia de la danza chilena no ha estado ausente la referencia explícita de reconocimiento a nuestras culturas ancestrales, generalmente desde una perspectiva cultural historicista. “Wuñelfe: Lucero del amanecer” sobrepasa ese historicismo colocándonos frente a una interpretación cosmogónica del pueblo mapuche. Esto es una perspectiva que ayuda a una visión más originaria y propia para la representación estética a la que se debe esta disciplina artística.
Esta situación de un relato de la cosmogonía es una manifestación de la expresión ritual de un territorio autónomo que resiste a la hegemonía del occidentalismo que siempre está en expansión colonialista. En sentido estricto no se trata de una oposición a las categorías epistémicas pertenecientes a la lógica, la cuestión es más cercana a lo espiritual, dado que la imagen de la wuñelfe aparece dentro de la dimensión de lo sagrado, de ahí que la representación el rito sea central.
En escena es un rito femenino, danzado, teatralizado, declamado, musicalizado, todas expresiones culturales siempre presente en los ritos cotidianos de comunidades vitales que son capaces de celebrar la existencia. Wuñelfe es un despertar, una expansión de la conciencia capaz de remecer el cuerpo, más allá de las tensiones, en esa deriva en donde el colectivo se rige por la sonoridad de un pulsar que volvemos a sentir en el cuerpo individual y colectivo bajo ese lazo de pertenencia amorosa.
La representación escénica es parte de una contienda heroica de mujeres reunidas en una suerte de luchas y tensiones realizadas para que se produzca ese nacimiento de Venus, en ese momento en que el sol comienza a iluminar la montaña, acontecimiento en donde el día contiene a la noche, dualidad que nos recuerda la complejidad del cosmos que habitamos, siempre sagrado, misterioso, escapando a nuestras comprensiones más intelectuales de una naturaleza que se comprende regulada y ordenada. Siempre aparece latente el caos también presente en los orígenes de los relatos sagrados, de ahí que la aparición de Venus al amanecer sea una manifestación de goce, en ese desnudo estético que remonta a la elevación de la belleza femenina en una auténtica “mons veneris”, luciendo la interpretación de la bailarina Vania Pascualetti.
Un nuevo acierto en la programación del GAM junto a esta obra que es parte de una trilogía titulada “Cuerpos del retorno” dirigida por el bailarín y coreógrafo Ricardo Curaqueo Curiche, esta vez acompañado del diseño sonoro creado por Francisco Moreira, junto a las intérpretes sonoras Danitza Segura Licanqueo, Yasmín Millán, Sonia Orobia, Karina Díaz, y las bailarinas Vania Pascualetti, Agata Espinoza, Nathalie Moris, Melissa Briones, Lya Miranda, Fernanda Montoya, Priscila Seguel, Francisca Díaz y Macarena Álvarez. Equipo que nos propone un viaje en donde la sonoridad permite recobrar desde la danza esa huella que permanece como componente esencial de nuestra identidad.
Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra





