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Una superpotencia a la deriva. El escándalo del portaviones Abraham Lincoln

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Los EE.UU. parecen atrapados en la trampa de Tucídides: ante el ascenso de un rival como China, capaz de disputar su hegemonía, Estados Unidos multiplica su apuesta por la fuerza y corre el riesgo de convertir la defensa de su primacía en una fuente de crisis de su proyección estratégica. El USS Abraham Lincoln, con casi nueve meses de despliegue en el mar Arábigo y casi un año sin tocar puerto, ofrece una inquietante postal de esa potencia atrapada en su propia maquinaria militar.

El escándalo no reside en que un portaaviones estadounidense esté en una zona de guerra. Para eso fue construido. Lo inquietante es que, según el senador demócrata y exmarine Ruben Gallego, la administración Trump no planificó adecuadamente ni el conflicto con Irán ni su eventual salida. Una superpotencia con la mayor maquinaria militar del planeta parece haber olvidado algo bastante elemental: las guerras también necesitan una estrategia de salida.

Las denuncias sobre el Lincoln son todavía más graves. Medios especializados como Navy Times y Stars and Stripes han informado de fuertes problemas de moral y salud mental, además de varios episodios en que marineros habrían intentado lanzarse por la borda. Las familias reclaman respuestas y los demócratas exigen una investigación sobre las condiciones de vida de los aproximadamente 5.000 tripulantes.

La reacción de Washington resulta casi surrealista. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, calificó las denuncias de “completamente tergiversadas”. Donald Trump, por su parte, ha minimizado la duración del despliegue y llegó a sostener que nueve meses no serían “suficientemente largos”. Para quien observa la guerra desde un despacho, quizá nueve meses sean una cifra administrativa; para quien vive encerrado en un buque de guerra, pueden convertirse en una eternidad.




El gobernador de Maryland, Wes Moore, veterano militar, fue mucho más directo: dijo que la respuesta de Trump a las preocupaciones de los marinos y sus familias le provocaba indignación. Y recordó una cuestión incómoda para un presidente que se presenta como comandante en jefe: Trump nunca estuvo desplegado en combate ni vistió el uniforme. Gobernar una guerra desde Washington parece bastante más sencillo que soportarla en alta mar.

El problema, sin embargo, trasciende al Lincoln. Una potencia puede disponer de portaaviones, misiles, bases y una superioridad tecnológica extraordinaria, pero nada de eso sustituye una estrategia política y la moral de las tropas. La trampa de Tucídides no consiste simplemente en que una potencia decline porque aparece otra; el peligro está también en que, temiendo perder su posición, responda a cada desafío con una escalada que termine debilitándola.

El Pentágono intenta preservar la imagen heroica. El almirante Brad Cooper, comandante del Comando Central, elogió a la tripulación del Lincoln y calificó su despliegue como uno de los más intensos y trascendentes de la era moderna. Todo suena impecable, salvo por un pequeño detalle: mientras la historia gloriosa se escribe en los comunicados, los marinos siguen esperando regresar a puerto.

El Abraham Lincoln se convierte así en una metáfora involuntaria del declive de una potencia mundial, una formidable máquina militar que puede proyectar fuerza a miles de kilómetros, pero que parece tener dificultades para responder una pregunta mucho más sencilla: ¿cuándo termina la guerra? La verdadera trampa de Tucídides quizá sea ésta: que una potencia obsesionada con demostrar que sigue siendo la primera termine agotándose intentando demostrarlo.

 

Leopoldo Lavín Mujica

 

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