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Brasil entra en la recta electoral bajo la presión de Trump: aranceles, diplomacia y una disputa que excede las urnas

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A poco más de un mes de las elecciones presidenciales brasileñas, la disputa entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro se desarrolla bajo una creciente presión de Estados Unidos. Washington ha impuesto fuertes aranceles a productos brasileños, ha cuestionado decisiones de la justicia del país y pretendió enviar funcionarios para abordar la supuesta falta de “integridad electoral”. El gobierno de Lula acusa una intervención destinada a favorecer al candidato de la ultraderecha. El episodio revive una pregunta histórica en América Latina: hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos para influir sobre el rumbo político de la mayor potencia regional.

 

Brasil celebrará el próximo 4 de octubre una de las elecciones más importantes de América Latina de los últimos años. Luiz Inácio Lula da Silva busca un nuevo mandato frente al senador ultraderechista Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. Pero la campaña ya no puede entenderse solamente como una disputa interna brasileña.

Estados Unidos se ha convertido en un actor del proceso.

La administración de Donald Trump ha desplegado durante los últimos meses una combinación de presión económica, diplomática y política sobre el gobierno de Lula que Brasilia considera una injerencia en su proceso electoral.




La acusación adquirió este martes una dimensión mayor después de que The Guardian publicara un extenso reportaje sobre las semejanzas entre las actuales presiones estadounidenses y las operaciones desarrolladas por Washington contra el gobierno de João Goulart a comienzos de la década de 1960.

La comparación histórica debe manejarse con cautela: las circunstancias son profundamente distintas y no existe evidencia de una operación clandestina equivalente a la desarrollada entonces por la CIA.

Pero existe también una diferencia inquietante: buena parte de las actuales presiones se realizan públicamente.

Una elección que se estrecha

Las encuestas ayudan a explicar la importancia de lo que está ocurriendo.

Una estimación agregada actualizada al 31 de agosto coloca a Lula con alrededor del 38 por ciento de las preferencias y a Flávio Bolsonaro con 31 por ciento. La distancia prácticamente desaparece ante una eventual segunda vuelta: Lula alcanza aproximadamente 45 por ciento y Bolsonaro 43 por ciento.

Una encuesta de Real Time Big Data divulgada este martes presenta un escenario todavía más ajustado: Lula obtiene 38 por ciento frente al 30 por ciento de Flávio Bolsonaro en primera vuelta, pero ambos aparecen empatados con 44 por ciento en un balotaje.

Es decir, unos pocos puntos pueden decidir quién gobernará Brasil.

Y es precisamente en ese contexto cuando Washington ha aumentado la presión sobre Brasil.

El arma comercial

La herramienta más poderosa es económica.

El gobierno estadounidense aplicó en julio un arancel adicional de 25 por ciento sobre una parte importante de los productos brasileños, utilizando la Sección 301 de su legislación comercial.

La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos argumentó que determinadas políticas brasileñas perjudican los intereses estadounidenses. Entre los temas mencionados aparecen el comercio digital, los sistemas electrónicos de pago, la propiedad intelectual, el acceso del etanol estadounidense al mercado brasileño, las políticas anticorrupción y la deforestación.

A esa medida se agregó posteriormente otro gravamen de 12,5 por ciento relacionado con las políticas contra el trabajo forzado.

Brasil rechaza las acusaciones.

Brasilia llevó el conflicto ante la Organización Mundial del Comercio y sostiene que las medidas estadounidenses son injustificadas e incompatibles con las obligaciones comerciales internacionales.

El conflicto tiene una consecuencia política inevitable: ocurre exactamente durante la campaña electoral.

El propio gobierno brasileño considera que difícilmente habrá una modificación sustancial de los aranceles antes de las elecciones de octubre.

La presión económica puede convertirse así en presión electoral. Un deterioro de las exportaciones, las expectativas empresariales o el crecimiento económico durante una campaña estrecha perjudica necesariamente al gobierno que busca la reelección.

La administración Trump sostiene, en cambio, que sus medidas responden a controversias comerciales legítimas.

Washington entra en la discusión electoral

Pero el episodio más delicado no ocurrió en el terreno comercial.

Brasil negó en julio visas a dos altos funcionarios del Departamento de Estado, Riley Barnes y Samuel Samson, que pretendían viajar al país para mantener reuniones relacionadas, entre otros asuntos, con la “integridad electoral”.

Según informó The Washington Post, autoridades brasileñas sospechaban que la delegación buscaba cuestionar la confiabilidad del sistema electoral electrónico.

La cuestión tiene una enorme sensibilidad política.

Durante años Jair Bolsonaro cuestionó sin pruebas la confiabilidad de las urnas electrónicas brasileñas. Esas acusaciones formaron parte del proceso de deslegitimación de las instituciones que culminó después de su derrota electoral de 2022.

Flávio Bolsonaro ha vuelto a plantear cuestionamientos sobre el sistema.

Washington negó que la visita constituyera una operación política. El Departamento de Estado aseguró que se trataba de contactos normales y calificó como infundada cualquier acusación de intento de interferencia electoral.

Pero el hecho de que funcionarios de una potencia extranjera pretendieran discutir la “integridad” del sistema electoral brasileño semanas antes de una elección presidencial encendió las alarmas en Brasilia.

El frente judicial

Existe además otro elemento.

Estados Unidos mantiene una prolongada confrontación con Alexandre de Moraes, juez del Supremo Tribunal Federal que tuvo un papel central en los procesos contra Jair Bolsonaro y las redes de desinformación de la ultraderecha.

Washington llegó a sancionarlo utilizando la Ley Global Magnitsky, acusándolo de censura, detenciones arbitrarias y persecución política.

Para el gobierno estadounidense, el conflicto gira alrededor de la libertad de expresión y de las decisiones de Moraes contra ciudadanos y empresas estadounidenses.

Desde Brasil, sin embargo, el problema adquiere otra dimensión: una potencia extranjera sancionando a un magistrado que interviene directamente en procesos relacionados con un expresidente condenado por intentar quebrar el orden constitucional.

La frontera entre política exterior estadounidense y política interna brasileña se vuelve así cada vez más difícil de identificar.

El recuerdo de 1962

Es aquí donde aparece la dimensión histórica planteada por The Guardian.

Estados Unidos intervino activamente en la política brasileña durante el gobierno de João Goulart.

Investigaciones históricas han documentado cómo la CIA canalizó recursos hacia candidatos opositores y organizaciones conservadoras durante las elecciones legislativas de 1962.

Entre ellas estuvo el Instituto Brasileiro de Ação Democrática (IBAD), que financió campañas de centenares de candidatos y desarrolló propaganda anticomunista.

Washington también redujo el apoyo financiero al gobierno de Goulart mientras fortalecía sus relaciones con gobernadores y sectores opositores.

El proceso culminaría con el golpe militar del 31 de marzo de 1964 y una dictadura que se prolongó durante 21 años.

No se trata de afirmar que Brasil esté viviendo nuevamente 1964.

La democracia brasileña actual posee instituciones electorales, judiciales y sociales incomparablemente más fuertes. Tampoco existe evidencia pública de una operación clandestina estadounidense semejante a la organizada durante la Guerra Fría.

La analogía relevante está en otra parte: el empleo del poder económico y diplomático estadounidense para modificar las condiciones políticas internas de Brasil.

De la intervención clandestina a la presión abierta

El politólogo brasileño Celso Rocha de Barros plantea en The Guardian precisamente esta diferencia.

Durante los años sesenta, señala, Washington debía ocultar su intervención porque revelar que Estados Unidos financiaba candidatos brasileños habría provocado una reacción nacionalista.

Hoy buena parte de la presión ocurre a plena luz del día.

Trump mantiene una relación política pública con la familia Bolsonaro. Flávio y Eduardo Bolsonaro han cultivado vínculos directos con dirigentes estadounidenses. El gobierno norteamericano confronta a instituciones brasileñas y simultáneamente aplica sanciones comerciales capaces de afectar la economía del país durante una campaña electoral.

La situación introduce un cambio importante en la política hemisférica.

La intervención ya no necesita necesariamente de operaciones clandestinas. Puede ejercerse mediante aranceles, sanciones individuales, restricciones diplomáticas, presión sobre empresas tecnológicas y cuestionamientos públicos a instituciones nacionales.

Rubio y la reorganización política de América Latina

Existe además una dimensión continental.

Marco Rubio ha convertido América Latina en uno de los principales escenarios de la política exterior estadounidense. Su mirada está atravesada por la confrontación con Cuba y con los gobiernos de izquierda de la región, pero también por la competencia estratégica con China.

Brasil ocupa una posición particularmente importante.

Es la mayor economía latinoamericana, integrante de los BRICS, principal socio regional de China y uno de los pocos países del continente con capacidad para desarrollar una política exterior relativamente autónoma de Washington.

Una eventual victoria de Flávio Bolsonaro podría modificar varios de esos equilibrios.

La política hacia China, los BRICS, Cuba, las grandes plataformas tecnológicas estadounidenses y los minerales estratégicos podría cambiar significativamente bajo un gobierno estrechamente alineado con Trump.

Por eso la elección brasileña excede ampliamente la disputa entre Lula y Bolsonaro.

China, minerales y Big Tech

Brasil posee además recursos estratégicos que han adquirido creciente importancia para Washington.

El país dispone de importantes reservas de tierras raras y minerales críticos, indispensables para la industria tecnológica, energética y militar.

Estados Unidos busca reducir su dependencia de China en esas cadenas de suministro.

Al mismo tiempo, Brasil ha intentado establecer regulaciones más estrictas sobre las grandes plataformas digitales estadounidenses, uno de los puntos expresamente incluidos por Washington en su investigación comercial bajo la Sección 301.

La disputa electoral conecta así tres dimensiones que inicialmente pueden parecer independientes: democracia, comercio y geopolítica.

No lo son.

El control de las plataformas digitales, la relación económica con China y el acceso a recursos estratégicos forman parte de una competencia internacional mucho mayor.

El nuevo campo de batalla: inteligencia artificial

A estas tensiones se suma ahora un elemento adicional.

El Tribunal Superior Electoral brasileño analiza nuevas restricciones al uso de inteligencia artificial en la campaña después de la aparición masiva de contenidos generados artificialmente.

Uno de los casos que provocó la discusión fue precisamente el uso por la campaña de Flávio Bolsonaro de un avatar generado mediante inteligencia artificial de su padre Jair Bolsonaro.

En los primeros once días de campaña, el tribunal recibió 19 denuncias relacionadas con contenidos generados mediante IA.

Brasil, que ya vivió una intensa guerra de desinformación durante las elecciones anteriores, enfrenta ahora tecnologías capaces de producir videos, imágenes y declaraciones falsas a una escala desconocida.

La eventual intervención de plataformas digitales o modificaciones en sus algoritmos se convierte por ello en otra preocupación electoral.

Una disputa que definirá el equilibrio regional

Estados Unidos y Brasil retomaron esta semana conversaciones sobre los aranceles. Los ministros brasileños Mauro Vieira y Márcio Elias Rosa mantuvieron una reunión virtual con el representante comercial estadounidense Jamieson Greer después de una conversación telefónica entre Lula y Trump.

No hubo, sin embargo, avances concretos.

La campaña continúa.

Y mientras Brasil se acerca al 4 de octubre, la elección empieza a adquirir una dimensión que recuerda las grandes disputas latinoamericanas del siglo XX, aunque con instrumentos diferentes.

Ya no se trata necesariamente de financiar clandestinamente partidos, periódicos u organizaciones políticas.

En el siglo XXI existen otras herramientas.

Aranceles. Sanciones. Visas. Plataformas digitales. Algoritmos. Inteligencia artificial. Presiones comerciales y diplomáticas.

Washington asegura que simplemente defiende sus intereses económicos y la libertad de expresión.

Brasilia observa otra cosa: una superpotencia utilizando su enorme capacidad económica y política en medio de una elección extremadamente estrecha.

La diferencia entre ambas interpretaciones será uno de los temas centrales de las próximas semanas.

Porque lo que se decidirá en Brasil no será solamente quién ocupará el Palacio del Planalto.

También estará en juego el grado de autonomía que la principal potencia latinoamericana puede conservar frente a un Estados Unidos que, bajo Donald Trump, vuelve a mirar el continente cada vez más como un espacio estratégico propio.

 

Fuentes: The Guardian, Gov.br, Reuters, FT.

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