
El territorio no olvida: la memoria del 11 de septiembre recorrió Chile
Tiempo de lectura aprox: 6 minutos, 3 segundos
Mientras La Moneda se abstuvo de realizar una conmemoración oficial del golpe de Estado, miles de personas participaron en marchas, romerías, velatones y actos de memoria a lo largo del país. Cerca de 20 mil pasaron por el Estadio Nacional, según sus organizadores, y desde Iquique y Pisagua hasta Puerto Montt y el extremo sur, antiguos lugares de prisión y tortura, universidades, memoriales, cementerios y plazas volvieron a reunir a sobrevivientes, familiares y nuevas generaciones. Los crímenes de la dictadura tuvieron una geografía. Cincuenta y tres años después, la memoria también la tiene.
Cerca de veinte mil personas pasaron este 11 de septiembre por el Estadio Nacional.
La cifra fue entregada al término de la jornada por la Corporación Estadio Nacional Memoria Nacional. Durante horas hubo recorridos por los espacios utilizados como lugares de prisión después del golpe de 1973, testimonios de antiguos prisioneros, música, fotografías, flores y velas.
Pero Marcelo Acevedo, presidente de la corporación, llamó la atención sobre otro hecho: la cantidad de jóvenes que llegaron al recinto.
Le producía, dijo, alegría.
El dato puede parecer secundario frente a una convocatoria de esa magnitud. No lo es.
Han pasado 53 años desde el golpe de Estado. Una persona de 30 años nació más de dos décadas después del término de la dictadura. Una de 20 nació entrado ya el siglo XXI. Ninguna de ellas tiene recuerdos propios del 11 de septiembre de 1973.
Sin embargo, estaban allí.
Y el Estadio Nacional estuvo lejos de constituir una excepción. Durante la jornada del jueves, Chile volvió a mostrar que la memoria del golpe y de las violaciones a los derechos humanos no está concentrada exclusivamente en Santiago ni pertenece solamente a las generaciones que vivieron aquellos acontecimientos.
Hubo marchas, romerías, velatones, actos culturales y homenajes en distintos puntos del país.
No existe una cifra nacional que permita sumar correctamente a quienes participaron y tampoco hay antecedentes suficientes para afirmar que este haya sido el 11 de septiembre más masivo de los últimos años.
Pero existe otro fenómeno que sí puede observarse.
La memoria está territorialmente extendida.
Iquique recuerda a Pisagua
En Iquique, la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos y Detenidos Desaparecidos de Iquique y Pisagua convocó nuevamente a la Plaza Condell.
El medio local Edición Cero describió la concurrencia como masiva. Llegaron familiares, expresos y expresas políticas, organizaciones de derechos humanos y representantes de distintas organizaciones sociales.
Volvió también uno de los símbolos más persistentes de la memoria chilena: la Cueca Sola.
Pisagua estuvo inevitablemente presente.
No podría ser de otra manera. Para Tarapacá, Pisagua no es simplemente un capítulo de la historia nacional. Allí funcionó uno de los principales campos de prisioneros después del golpe y allí fueron ejecutados prisioneros políticos.
Por eso, cuando Iquique recuerda el 11 de septiembre, recuerda también su propia historia.
Más al sur, la Región de Antofagasta mostró la misma dispersión territorial. Las convocatorias no estuvieron concentradas solamente en la capital regional: hubo actividades anunciadas en Antofagasta, Mejillones, Tocopilla y Calama.
La Universidad de Antofagasta realizó además una ceremonia en el memorial del Campus Coloso dedicado a integrantes de las comunidades universitarias de la ciudad afectados por la represión.
El recuerdo nacional comienza así a adquirir nombres y lugares locales.
La Serena, Coquimbo y Valparaíso
En La Serena y Coquimbo tampoco hubo un único acto.
La programación de las organizaciones de derechos humanos contempló actividades en la Casa Verdad, Justicia y Memoria, una caminata silenciosa dedicada a las mujeres víctimas de la represión, una marcha hasta el Sitio de Memoria Casa de Piedra y una velatón. En Coquimbo se realizaron recorridos por la Casa de la Memoria Museo de Derechos Humanos.
En Valparaíso, las actividades volvieron a ocupar universidades y lugares asociados a las víctimas.
La Universidad de Valparaíso recordó a los profesores Francisco Aedo y Carlos Gajardo y al estudiante Yactong Juantok, los tres detenidos desaparecidos. Hubo familiares, docentes, funcionarios y estudiantes.
La Escuela de Teatro realizó su tradicional romería hacia el Memorial de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos de avenida Brasil.
Durante la noche hubo también una manifestación por esa avenida y posteriormente se produjeron barricadas y enfrentamientos con Carabineros. Los incidentes forman parte del balance de la jornada, pero no pueden ocultar las numerosas actividades pacíficas que durante horas se habían desarrollado en la región.
Una geografía de la memoria
Lo mismo ocurrió más al sur.
En Osorno, la Universidad de Los Lagos realizó una “Ruta de la Memoria” e instaló placas que reconocen a la propia universidad como un espacio relacionado con la resistencia durante la dictadura.
Allí fue recordado Raúl Santana Alarcón, funcionario de la entonces Universidad de Chile sede Osorno, ejecutado el 17 de septiembre de 1973.
Participaron familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, organizaciones de derechos humanos, académicos y miembros de la comunidad universitaria.
La ceremonia produjo una frase especialmente significativa.
Uno de los participantes señaló que el Ejecutivo podía haberse restado de la conmemoración, pero que las organizaciones, la universidad y la sociedad no lo habían hecho.
En Puerto Montt ocurrió algo semejante.
La comunidad volvió a Egaña 60.
Ese nombre contiene por sí solo una historia. El inmueble fue utilizado por la Policía de Investigaciones como lugar de detención y tortura durante la dictadura y hoy funciona como sitio de memoria.
Allí se realizaron actividades destinadas a recordar a quienes estuvieron presos en el recinto y a transmitir esas experiencias a las nuevas generaciones.
Uno de quienes habló fue Heraclio Vázquez.
Tenía apenas 16 años cuando ocurrió el golpe. Fue detenido por razones políticas al año siguiente y llevado precisamente al edificio que medio siglo después recorrían otras personas para conocer aquella historia.
La memoria se vuelve así extraordinariamente concreta.
No se recuerda solamente un acontecimiento ocurrido en Santiago el 11 de septiembre de 1973.
Se recuerda lo que ocurrió en cada lugar.
Los crímenes recorrieron Chile
Ese es probablemente uno de los elementos que permiten comprender la persistencia de esta fecha.
La represión de la dictadura no ocurrió únicamente en La Moneda, Villa Grimaldi, Londres 38 o el Estadio Nacional.
Recorrió Chile.
Hubo detenciones, ejecuciones, desapariciones, torturas, consejos de guerra y persecución política en ciudades grandes y pequeñas, pueblos, universidades, fábricas, fundos, regimientos, comisarías y recintos convertidos improvisadamente en centros de detención.
El mapa de los crímenes se extendió por el territorio.
Y allí quedaron las huellas.
Quedaron familias.
Quedaron sobrevivientes.
Quedaron edificios.
Quedaron cementerios y fosas.
Quedaron historias locales.
Y quedaron preguntas que todavía no tienen respuesta, comenzando por la más elemental de todas: dónde están los detenidos desaparecidos cuyos cuerpos el Estado chileno aún no ha logrado encontrar.
Por eso la memoria también adquirió una geografía.
El Estadio Nacional y las nuevas generaciones
La jornada del Estadio Nacional permite observar otra dimensión.
El recinto fue uno de los mayores centros de detención después del golpe. Decenas de miles de personas pasaron por allí durante los primeros meses de la dictadura.
Cincuenta y tres años después, unas 20 mil personas regresaron durante una sola jornada, esta vez voluntariamente, para recordar lo ocurrido.
La imagen contiene una transformación extraordinaria del espacio.
Un lugar utilizado para sembrar miedo se convierte en un lugar al cual una sociedad acude para recordar.
Pero quizá el dato más significativo sea nuevamente el destacado por sus propios organizadores: la presencia de jóvenes.
Algo parecido puede observarse en las universidades y en numerosas actividades regionales.
Eso significa que está ocurriendo un proceso fundamental.
La generación que vivió el golpe inevitablemente envejece y desaparece. También la generación que vivió conscientemente la dictadura comenzará algún día a hacerlo.
Los recuerdos individuales tienen ese límite.
La memoria histórica no necesariamente.
Puede transmitirse.
Un joven nacido en 2005 no puede recordar el golpe. Pero puede conocer lo ocurrido en el lugar donde vive, escuchar a un sobreviviente, conocer la historia de un detenido desaparecido de su ciudad, recorrer un antiguo centro de tortura o descubrir que alguien que estudió en su misma universidad fue asesinado hace medio siglo.
La memoria deja entonces de pertenecer solamente al testigo.
Pasa de una generación a otra.
No es quedarse atrapado en el pasado
Aquí aparece inevitablemente la discusión política abierta por el Gobierno.
José Antonio Kast justificó su decisión de no realizar una ceremonia oficial sosteniendo que la historia no puede borrarse, pero que Chile tampoco puede quedar condenado por ella y debe mirar hacia el futuro.
La frase supone una oposición que los acontecimientos del jueves ponen en cuestión.
Memoria y futuro no son necesariamente conceptos contrarios.
De hecho, una de las ideas fundamentales de las políticas de derechos humanos —la garantía de no repetición— está dirigida precisamente hacia el futuro.
El “nunca más” no puede modificar lo ocurrido en 1973.
Pretende impedir que vuelva a ocurrir.
Y difícilmente puede impedirse la repetición de aquello que primero se decide olvidar.
El territorio no olvida
Este 11 de septiembre tuvo además una característica inédita.
Por primera vez desde el retorno a la democracia, el Gobierno decidió no realizar una conmemoración oficial.
La Moneda guardó silencio.
Fuera de ella ocurrió algo distinto.
En Santiago, unas 20 mil personas pasaron por el Estadio Nacional según sus organizadores. El Museo de la Memoria mantuvo actividades desde la mañana hasta la noche. Hubo homenajes en el Cementerio General, sitios de memoria y otros lugares de la capital.
En Iquique se recordó a las víctimas de Iquique y Pisagua.
En La Serena y Coquimbo se caminaron nuevamente las rutas de sus sitios de memoria.
En Valparaíso una universidad volvió a pronunciar los nombres de tres integrantes de su comunidad que continúan desaparecidos.
En Osorno se recordó a un trabajador universitario ejecutado.
En Puerto Montt las personas regresaron al edificio donde otras fueron interrogadas, encarceladas y torturadas.
No fue una única manifestación.
No hubo un solo centro.
Tal vez precisamente allí radique la fuerza de lo ocurrido.
Durante décadas, la memoria se fue depositando en lugares concretos y construyendo una red que ya no depende exclusivamente de una ceremonia presidencial ni de una convocatoria nacional.
La memoria quedó adherida al territorio porque los crímenes también ocurrieron en ese territorio.
Por eso resulta tan difícil borrarla.
Se puede discutir la historia. Se pueden revisar interpretaciones, investigar responsabilidades y confrontar relatos. Ninguna sociedad democrática debería temer hacerlo.
Otra cosa es negar hechos establecidos, equiparar responsabilidades que no son equivalentes o intentar reescribir la historia eliminando aquello que incomoda al presente.
Y todavía otra es imaginar que el paso del tiempo resolverá por sí mismo la disputa mediante el olvido.
Lo ocurrido este 11 de septiembre sugiere exactamente lo contrario.
Han pasado 53 años.
Los testigos son menos.
Pero delante de los antiguos lugares de prisión aparecen personas que no habían nacido cuando esos lugares funcionaban.
El recuerdo individual comienza inevitablemente a desaparecer.
La memoria, en cambio, ha aprendido a cambiar de generación.
Los crímenes recorrieron Chile.
La memoria también.
Simón del Valle
