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Naomi Klein vuelve a encender la alarma: el fascismo que se prepara para el fin del mundo

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En End Times Fascism, publicado este 15 de septiembre y escrito junto a Astra Taylor, la autora de No Logo y La doctrina del shock identifica una inquietante convergencia entre oligarcas tecnológicos, fundamentalistas religiosos y ultraderechas nacionalistas. La advertencia va más allá de Trump o de cualquier gobierno particular: sectores que concentran una porción extraordinaria del poder mundial parecen haber dejado de pensar cómo evitar las grandes catástrofes de nuestro tiempo y comienzan a prepararse para decidir quiénes podrán sobrevivir a ellas.

Naomi Klein tiene la incómoda costumbre de mirar aquello que está sucediendo ante nuestros ojos antes de que alcancemos a comprenderlo como parte de un fenómeno mayor.

En 1999, No Logo describió el creciente poder de las grandes corporaciones sobre la cultura, el trabajo y la vida cotidiana cuando todavía se celebraba sin demasiadas preguntas el triunfo de la globalización. En 2007, La doctrina del shock explicó cómo las catástrofes, las guerras y las crisis podían transformarse en oportunidades para imponer políticas que encontrarían una fuerte resistencia social en circunstancias normales. Más tarde, Esto lo cambia todo colocó la crisis climática frente a un modelo económico incapaz de reconocer los límites del planeta. Y en Doppelgänger, publicado en 2023, Klein se internó en el universo de las conspiraciones, las redes digitales y el desplazamiento de sectores descontentos hacia una nueva derecha.

Ahora vuelve con una advertencia probablemente más inquietante.




Este martes 15 de septiembre aparece en inglés End Times Fascism and the Fight for the Living WorldEl fascismo de los tiempos finales y la lucha por el mundo vivo—, escrito junto a la filósofa, documentalista y activista estadounidense-canadiense Astra Taylor. Las autoras sostienen que una nueva forma de extrema derecha está surgiendo de la convergencia entre tres universos que hasta hace poco podían parecer muy diferentes: el fundamentalismo religioso, los grandes magnates tecnológicos y el nacionalismo étnico.

No los une necesariamente una doctrina común. Los une algo quizás más profundo: una determinada relación con el futuro.

Cuando el poder deja de prometer un futuro

Durante buena parte del siglo XX, incluso las ideologías más despiadadas se presentaron como proyectos de futuro. Prometían prosperidad, grandeza nacional, progreso, desarrollo o algún tipo de paraíso terrenal.

Klein y Taylor observan una transformación.

Una parte de las nuevas élites parece estar aceptando que se aproximan grandes rupturas: cambio climático, guerras, desplazamientos humanos, crisis económicas, agotamiento de recursos, destrucción de empleos por la inteligencia artificial o incluso escenarios tecnológicos fuera de control.

Pero en vez de organizar la sociedad para impedir la catástrofe, comienza a organizarse para sobrevivir a ella.

Ahí aparecen los multimillonarios que construyen refugios privados, compran islas o fantasean con abandonar la Tierra; los nacionalismos que quieren convertir sus países en fortalezas contra las migraciones; los fundamentalistas religiosos que interpretan las catástrofes como señales de acontecimientos mesiánicos; y los magnates tecnológicos convencidos de que la tecnología permitirá superar las limitaciones humanas y naturales.

En una entrevista publicada en el NYT pocos días antes del lanzamiento, Klein define este “fascismo de los tiempos finales” como una forma de fascismo que ha asumido la posibilidad del colapso. Las armas nucleares, el calentamiento global y tecnologías con capacidades que no existían durante el fascismo europeo han transformado las condiciones históricas. La cuestión política pasa entonces a ser brutalmente sencilla: quién sobrevivirá a la catástrofe.

No es simplemente una metáfora.

Elon Musk lleva años hablando de convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria. Algunos multimillonarios tecnológicos se preparan materialmente para escenarios de colapso. Al mismo tiempo, poderosos movimientos cristianos estadounidenses leen las guerras y conflictos contemporáneos dentro de una interpretación profética del fin de los tiempos.

Lo verdaderamente novedoso para Klein y Taylor es la conexión política entre esos mundos.

De la doctrina del shock a la doctrina del búnker

Aquí aparece inevitablemente la relación con La doctrina del shock.

Klein describió entonces un mecanismo relativamente sencillo: ocurre una catástrofe; la sociedad queda desorientada; el poder aprovecha esa desorientación para imponer rápidamente transformaciones económicas y políticas que en circunstancias normales serían rechazadas.

El nuevo escenario parece representar una etapa posterior.

Ya no se trata únicamente de aprovechar la catástrofe.

Se trata de aceptarla.

Y de prepararse para ella.

La imagen que atraviesa el nuevo libro es, en cierto modo, la del búnker: espacios protegidos para quienes pueden pagarlos y un exterior crecientemente inseguro para los demás.

En su reciente conversación con The Guardian, Klein recuerda que ya había encontrado una versión embrionaria de ese mundo durante la ocupación de Irak: la Zona Verde de Bagdad, una ciudad fortificada y privatizada en medio de una sociedad devastada por la guerra. Ahora aquella lógica reaparece en una escala muchísimo mayor.

La pregunta deja entonces de ser cómo reconstruimos una sociedad después de la crisis.

Pasa a ser quién tendrá acceso al refugio.

Los multimillonarios han cambiado

Hay otra observación especialmente interesante.

Durante décadas, las grandes fortunas necesitaron justificar su existencia. Davos, las fundaciones filantrópicas y las grandes iniciativas empresariales estaban llenas de multimillonarios prometiendo combatir la pobreza, financiar escuelas, salvar el planeta o democratizar la tecnología.

Klein sostiene que algo ha cambiado.

Peter Thiel escribió hace años que ya no creía compatibles libertad y democracia. Elon Musk ha pasado de presentarse principalmente como empresario de automóviles eléctricos que contribuirían a combatir el calentamiento global a ocupar un lugar central en una cultura política radicalmente diferente. Otros grandes empresarios tecnológicos se acercaron a Donald Trump.

Para Klein y Taylor no se trata solamente de oportunismo político. Hay una transformación cultural dentro de las élites.

La riqueza extrema necesita construir una explicación de sí misma. ¿Por qué una persona posee decenas o centenares de miles de millones de dólares mientras millones carecen de vivienda, alimentación adecuada o atención sanitaria?

La respuesta termina fácilmente convirtiéndose en una teoría de superioridad: si tengo muchísimo más que los demás, debe existir alguna razón por la cual lo merezco.

Klein lo formula provocativamente: la riqueza extrema puede producir una visión supremacista del mundo.

El fascismo no regresa con el mismo uniforme

El concepto utilizado por Klein y Taylor seguramente provocará discusión.

La palabra fascismo se ha utilizado tantas veces para describir fenómenos políticos diferentes que corre permanentemente el riesgo de perder precisión.

Las propias autoras reconocen el problema.

Pero justamente advierten contra una idea tranquilizadora: creer que reconoceremos el fascismo porque volverá vestido como en los años treinta.

La historia no funciona así.

Klein utiliza la imagen de una espiral. Podemos volver sobre patrones conocidos, pero nunca regresamos exactamente al mismo punto. Cada vuelta incorpora nuevas tecnologías, nuevas estructuras económicas y nuevas formas de poder.

El fascismo contemporáneo no necesita necesariamente camisas negras, marchas militares ni partidos organizados exactamente como los de Mussolini o Hitler.

Puede convivir durante largos períodos con instituciones democráticas debilitadas, elecciones, redes sociales, multimillonarios tecnológicos y mercados financieros globalizados.

Lo importante, para las autoras, es observar su función política.

Y aquí aparece una definición particularmente dura: el fascismo emerge en momentos de crisis sistémica, conecta frustraciones populares con poderes tradicionales, protege a las élites frente a las demandas redistributivas y dirige la ira social contra grupos vulnerables convertidos en culpables.

Chile aparece en el libro

Para los lectores chilenos hay una sorpresa particularmente significativa.

Chile no es una extrapolación que debamos hacer desde estas páginas. Está dentro del argumento de Klein y Taylor.

Las autoras recuerdan la elección de Salvador Allende, la aparición de Patria y Libertad, el golpe de Estado y la dictadura de Augusto Pinochet. Y establecen explícitamente una línea histórica que llega hasta el actual presidente José Antonio Kast.

La afirmación será polémica y debe ser discutida como tal.

Pero precisamente por eso importa.

Klein y Taylor no sostienen que Chile esté viviendo nuevamente 1973 ni que José Antonio Kast sea simplemente una reproducción de Pinochet. Su argumento es más amplio: las crisis sistémicas pueden abrir espacios para proyectos políticos que mantienen la estructura económica mientras desplazan la frustración social hacia enemigos internos.

Esa hipótesis obliga al menos a mirar con atención fenómenos contemporáneos que Chile comparte con otras sociedades: miedo a la delincuencia, rechazo al inmigrante, debilitamiento de derechos sociales, concentración económica, desconfianza hacia las instituciones y discursos que presentan las garantías democráticas como obstáculos para resolver rápidamente los problemas.

Pero reducir End Times Fascism a Kast sería perder precisamente aquello que hace importante el libro.

Una advertencia global

El escenario de Klein y Taylor es planetario.

Trump ocupa un lugar central, pero también aparecen la Argentina libertaria, el nacionalismo religioso de India, la extrema derecha europea, Israel, Silicon Valley y las nuevas oligarquías tecnológicas. Las autoras ven manifestaciones diferentes de un fenómeno que crece sobre una misma materia prima: sociedades asustadas ante un futuro que parece cada vez más inseguro.

Ese miedo tiene fundamentos reales.

El planeta efectivamente se calienta. La inteligencia artificial efectivamente puede destruir o transformar millones de empleos. Las guerras se multiplican. Las migraciones aumentarán bajo presión climática y económica. La desigualdad ha alcanzado dimensiones extraordinarias.

El problema comienza con la respuesta política.

Podemos intentar resolver colectivamente esas amenazas.

O podemos construir fortalezas.

Podemos distribuir los recursos necesarios para atravesar las crisis.

O concentrarlos.

Podemos reconocer al migrante como otro ser humano que intenta sobrevivir.

O transformarlo en enemigo.

Podemos utilizar la tecnología para reducir el trabajo y ampliar el bienestar.

O emplearla para concentrar todavía más riqueza y poder.

Ese es finalmente el conflicto que describe el libro.

La lucha por el mundo vivo

Por eso sería un error terminar la lectura en la palabra “fascismo”.

La segunda mitad del título es igualmente importante: la lucha por el mundo vivo.

Klein y Taylor sostienen que esta nueva derecha posee una enorme debilidad: no tiene realmente un futuro que ofrecer a las mayorías.

Tiene enemigos.

Tiene miedo.

Tiene fronteras.

Tiene policías.

Tiene tecnología.

Tiene multimillonarios.

Pero no posee una imagen convincente de una sociedad en la cual puedan vivir dignamente ocho mil millones de seres humanos.

Las autoras encuentran allí una posibilidad política. La mayoría de las personas, incluidas muchas que han votado por dirigentes de extrema derecha, no desean el colapso. Quieren seguridad, vivienda, empleo, servicios públicos, comunidades donde vivir y un planeta que puedan heredar sus hijos. Klein y Taylor escribieron deliberadamente el libro para que pudiera servir a los movimientos que enfrentan el autoritarismo y sostienen que exponer esta visión apocalíptica debilita su capacidad de seducción.

Hay algo profundamente político en esa conclusión.

Durante décadas, el neoliberalismo convenció a millones de personas de que no existía alternativa. Después llegaron las crisis. Y ahora una parte del poder parece estar diciendo algo todavía peor: quizás tampoco exista futuro para todos.

Naomi Klein lleva más de veinticinco años observando las mutaciones del capitalismo contemporáneo. No siempre sus diagnósticos han sido aceptados y seguramente este tampoco lo será sin controversia. El concepto de “fascismo de los tiempos finales” tendrá que demostrar su capacidad para explicar fenómenos muy diferentes sin convertirlos artificialmente en una sola cosa.

Pero esa discusión es precisamente la razón para leer el libro.

Porque End Times Fascism formula una pregunta que ya no parece extravagante.

Hace veinte años, Klein nos advirtió que el poder había aprendido a aprovechar las catástrofes.

Ahora, junto a Astra Taylor, advierte algo mucho más perturbador:

una parte del poder puede haber comenzado a prepararse para un mundo en el cual la catástrofe ya no tenga que ser evitada, siempre que ellos estén entre los sobrevivientes.

Y frente a la política del búnker, las autoras proponen una idea tan elemental que en estos tiempos comienza a parecer radical: no escapar del mundo, sino salvarlo.

 

Félix Montano

Autor



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