
El mensaje es claro: herencia desastrosa, Estado devastado, manos atadas. Es un relato útil para justificar decisiones impopulares y trasladar costos al pasado.
Pero ese relato se construye sobre una distorsión deliberada. Chile no está en quiebra. Tiene déficit. Tiene deuda. Como la mayoría de los países después de una pandemia global














