Opinión política

Qué encierra la declaración de guerra de Piñera

Esta palabrita trae recuerdos a quienes  vivimos los tiempos de dictadura. Las Fuerzas Armadas publicitaban donde podían que ellos estaban enfrentando una “guerra”, por tanto estaban justificadas todas las medidas de excepción y todas las violaciones a los derechos humanos.

 

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El presidente Piñera salió este domingo  voceando la palabra tremenda: “Estamos en guerra”.

 

El Presidente estuvo durante la dictadura, así es que conoce el sentido de esa palabra, no es un inocentada. Es cierto que a Piñera se le escapan palabras, hechos y dichos de manera desordenada, y puede ser que ello delate una parte de su talante intelectual. Pero un Presidente no puede cometer errores de este tamaño, pues lo que refleja es que lingüísticamente está al debe. Ahora, el problema es saber si como estadista también lo está.

 

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Un punto a favor de Piñera es que, al parecer, dio instrucciones a las FF.AA. a salir sólo a contener y de hecho los militares han tenido una conducta sensata. Para qué recordar las masacres de las FF.AA. en el pasado, los historiadores nos lo vienen recordando con detalles horripilantes, inconcebibles para los tiempos que corren. Claro que los cabeza caliente del fascismo implícito en todo derechista, vocean abiertamente su demanda de sangre.

 

Pero además del problema del lenguaje, está el problema del entendimiento. ¿Está la derecha en capacidad de ENTENDER Y COMPRENDER lo que esta asonada popular representa?

 

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Hasta ahora hay algunas voces de  este sector que aceptan “algunas culpas”, otros simplemente echan culpas a la “maldad” de los vándalos. Supongo que la gran mayoría de la derecha está en esa postura, incluido el Presidente.

 

Intelectuales como el rector de la UDP, señor Peña, también se le vio en TV patinando con argumentos subjetivistas, generacionales y citando a los grandes de la sociología, como Weber, para dar con la tesis de que estamos frente a una población de “alegres y superficiales jóvenes” que arremeten contra lo que se les ponga y no miran sus consecuencias. Que el Estado se debe imponer, sea como sea, lo demás es ser inocente. Estas palabritas suenan casi tan temerarias como la “guerra” de Piñera. Pero Peña olvida que la función del Estado moderno ha variado bastante del Estado Hobbesiano, simple concentrador de la fuerza punitiva. Si lee a Gramsci y a Poulantzas, verá que las tareas del Estado moderno son de organizar el desarrollo armónico de las sociedades, y para eso tiene deberes mucho más sublimes que las de la fuerza militar: tiene que ocuparse de que la educación sea general y superior, que la salud sea asegurada para la población toda, que la economía se rija por normativas equitativas y debe proyectar las tareas de desarrollo a mediano y largo plazo, que la justicia sea equilibrada y justa y, además, crear un ambiente cultural de respeto y cooperación entre los ciudadanos. Es lamentable que un intelectual lúcido, cometa omisiones tan incomprensibles.

 

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Peña pone como ejemplo de la insatisfacción de los jóvenes, el que se ha reducido la pobreza a casi el 10%, pero de lo que no da cuenta es que la forma de medir la pobreza en Chile es casi fisiológica. ¿Puede decir el señor Peña que no es pobre quien no puede brindar educación a dos hijos, ni salud, ni cultura? Puede que los pobres de hoy hayan pasado de la subnutrición a la malnutrición, pero es signo de una precariedad igualmente profunda. ¿Puede decir el señor Peña que no es pobre una familia “aspiracional” si se endeude 5 a 8 veces su ingreso de manera permanente, simplemente porque el ingreso no le alcanza? El que no exista el hambre más que en un 10% 15% de los chilenos no significa que no existan carencias profundamente inexplicables en un país que cacarea con cifras mentirosas, que lo ponen en situación de estar a punto de salir del subdesarrollo.

 

Ese es otro desliz superficial de nuestros llamados intelectuales. No escarban en las cifras oficiales y, como decía Berrios, “a los políticos chilenos les falta calle”, yo diría que a los intelectuales también.

 

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 Insulza, por su lado, tempranamente planteó que se debía reprimir duramente, antes de siquiera plantear el tema de fondo del conflicto. ¿Estará este político perdiendo facultades o delata su íntimo ser de vuelo rasante?

 

Ahora pasemos al problema de las alternativas. La elite política actual, es decir todos los que participan en las decisiones de la política, pareciera carecer de dos cosas fundamentales: capacidad de comprender la magnitud del problema y, por otra parte de carecer de la imaginación y flexibilidad para enfrentarlo.

 

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Es muy difícil dormirse monárquico y despertar republicano; es decir es muy difícil dormirse el jueves convencidamente neoliberal y estar, hoy lunes, en capacidad de hacer reformas estructurales que cambian radicalmente el eje de los valores tenidos por sagrados durante cuarenta años.

 

Porque de eso se trata. Esta realidad de desigualdad extrema no se arregla con retoques en el maquillaje del sistema, exige reconvertir  muchas lógicas de mercado en lógicas de desarrollo; mucha lógica de crecimiento desigual en lógica de crecimiento integrador, mucha lógica de concentrar en lógica de distribuir.

 

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Esta nueva demanda, para salir de la crisis, es muy poco probable que siquiera la estén imaginando quienes gozan y han gozado de un poder incontestado y unilateral. Los apoltronamientos del poder y los resguardos ideológicos tan herméticos, como se han dado acá, es muy inhabilitador de las flexibilidades requeridas para los cambios esperados.

 

La llamada “izquierda” todavía cree que su pasar por los gobiernos ha sido muy importante y beneficioso para el pueblo pero, para no alargar la historia, aconsejaría leer la serie de más de 50 artículos de mi amigo Felipe Portales “La Concertación debe explicaciones”, publicados en diversos medios, para darse cuenta que  la llamada “izquierda” es parte del problema y difícilmente puede ser parte de la solución, dada su reconversión genuflexa a las lógicas neoliberales.

 

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¿Entonces quién puede alentar los cambios requeridos?

 

Debemos pensar que no necesariamente las soluciones se dan por una lógica racional en línea recta. Pueden darse una amplia gama de tentativas y puede que ninguna logre resolver efectivamente la crisis.

 

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Puede, como intenta la derecha y Piñera, adjudicarle al hecho un significado irrelevante de mero asunto delincuencial, reprimir en diversos grados y esperar que la furia se calme y la mala memoria haga el resto. Así ha pasado con los Pingüinos, con los estudiantes del 2011, con las No+AFP, con los profesores, la salud, los pescadores artesanales, etc. Entonces creo ese camino será intentado ahora y después que se terminó la fiesta, vuelve el rico a su riqueza, el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas, como lo canta tan graciosamente Serrat.

 

Seguramente se dirán innumerables discursos, de toda laya y resonancia, se harán y firmarán promesas para luego conceder ciertos caramelos que endulcen el amargor de la jornada, pero tratarán de conservar absolutamente incólumes los pilares del sistema económico social, esos mismos pilares que autorizan una concentración impresentable de la riqueza y que derivan en una desigualdad cruel e inviable en el largo plazo.

 

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Por tanto, debemos prepararnos a sufrir las promesas mezquinas del sistema y las asonadas temibles de los pobres y jóvenes contestatarios. Este juego irá desgastando al sistema, pero permanecerán las bases de la injusticia y las garantías de acumulación para el capital oportunista, que se instala en Chile, no a desarrollarnos, sino a mejor medrar de una permisividad que no obtienen en ninguna otra parte del planeta.

 

Debemos darnos cuenta ya que a Chile se le obligó a seguir un camino tremendamente equivocado en su desarrollo, y eso lo estamos pagando como todos los países que asumieron resignadamente la explotación de las materias primas sin abordar los desafíos modernos de la industrialización y la tecnología, el conocimiento y la educación.

 

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Si eso no cambia ahora, profundizaremos la crisis.

 

 

 

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