José Ortega y Gasset que, sin duda, es uno de los mejores  publicistas de la lengua española, escribió uno de los textos más sugestivos en  la Revista de  Occidente titulado  El tema de  nuestro tiempo. En efecto, cada época tiene un problema central a resolver: después de concluida la Primera Guerra Mundial, el desafío que se enfrentaba era el derrumbe  de la democracia parlamentaria y el conflicto entre los regímenes estalinistas versus el fascismo-nazismo y, como telón de fondo,  se presentaba la crisis de representación y de las instituciones políticas.

 

 

                  En la actualidad vivimos  una nueva crisis de dominación oligárquica que pone en cuestión no sólo la democracia, sometida a los bancos y a las grandes empresas, sino también a todas las instituciones que le son consubstanciales – el sufragio, el régimen político, los partidos políticos, en fin la esencia de la misma política -.

 

                  Los tópicos que caracterizan la actualidad política no son muy distintos a los ocupados por los cientistas políticos, sociólogos y economistas pertenecientes a la escuela de las élites del siglo pasado, es decir, Gaetano Mosca, (1858-1941); Vilfredo Pareto, (1847-1923); Robert Michels, (1876-1936). Los términos “clase política, casta política, crisis de las élites” son usados a diario en columnas  periodísticas y en análisis políticos, por ejemplo en España, el Partido Podemos, dirigido por Pablo Iglesias, ha hecho de la crítica a la casta política empresarial y financiera uno los baluartes de su programa político.

 

                  Gaetano Mosca orienta su trabajo intelectual a refutar las teorías democráticas colectivistas – es especial al marxismo – en el sentido de que sería una utopía opuesta al realismo, que pretende desarrollar a través de la concepción sobre la clase política, mediante la cual el Estado no sería un órgano de clase, como  tampoco se concebiría una lucha entre explotados y explotadores, sino entre las mismas clases políticas que recurren a los dominados en momentos claves para fortalecer su poder.

 

                  Mosca se inspira en el socialismo utópico de Saint Simon, que plantea un sistema de clases donde hay una minoría dominante y una gran mayoría dirigida. En la visión de Saint Simon las clases nobiliarias feudales son reemplazadas por las clases productivas de los empresarios, trabajadores y científicos. En el fondo, las clases generadas en feudalismo  – ociosas e inútiles – fueron reemplazadas por la clase burguesa – productivas, creadoras de riqueza, de conocimiento y de saberes -.

 

                  Para Mosca es cierto que el descontento e indignación popular puede provocar la caída de una determinada clase dominante, pero no traerá consigo la hegemonía proletaria, sino más bien el surgimiento de una nueva clase dominante. No es sólo la fuerza el monopolio de la coerción legítima – como lo decía Weber – el que asegura la permanencia de la clase política, sino que debe tener una prestancia y autoridad moral e intelectual que le permitan mantenerse frente a la presión de los desprovistos de poder.

 

                  Mosca tuvo siempre un gran desprecio por el sufragio universal y los sistemas electorales argumentando que los sufragistas no elegían a sus representantes, sino que tenían que seleccionar una candidatura surgida de un grupo de personas que conformaban un partido político, cuyo fin era imponer su voluntad a la gran mayoría desorganizada de electores. Para este politólogo, las elecciones del individuo ante la urna se reducían a abstenerse o votar por algún candidato con probabilidades de triunfar perteneciente a los partidos representativos de la clase política.

 

                  Estas dos ideas de Mosca – la primera, la de la clase política, que sólo puede ser reemplazada en las crisis, debido a la presión de los dominados, o bien, a la pérdida de peso moral e intelectual de los miembros de la casta política y, la segunda,  la falsa ilusión del sufragio universal como un sistema capaz de expresar la representación del pueblo – son tópicos de plena actualidad.

 

                  A la clase política, financiera y empresarial habría que ubicarla dentro del parámetro de las oligarquías que, por ejemplo, el caso de la democracia bancaria, se convierten en plutocracia. En el fondo, a diferencia de la concepción de Mosca, no hay un combate entre diferentes clases políticas que intentan legitimarse a través de  los sistemas electorales y del sufragio universal, sino que se ha instalado una crisis de dominación de la casta oligárquica, de difícil pronóstico.

 

                  Por su parte, Robert Michels profundizó en su tesis  “la ley del hierro de las oligarquías” sosteniendo que toda organización entre más compleja, siempre crea una oligarquía. Por esencia, los partidos políticos persiguen la toma del poder y no ahorrarán esfuerzo para mantenerlo o para conquistarlo

                  Michels comparte con Mosca y Pareto la posición crítica respecto a la democracia representativa: la democracia conduce a la Aristocracia  y contiene, necesariamente, un núcleo oligárquico.

 

                  A comienzos del siglo XX Michels emprende el estudio del funcionamiento de los partidos políticos, fundamentalmente, la Socialdemocracia alemana, el partido más poderoso de la época y que suponía, además, sobre la base de sus principios, una negación de cualquier tendencia oligárquica. Este cientista político, en su libro Los Partidos políticos, (1911), termina formulando la tesis de que toda organización da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los representados – quien dice organización, dice oligarquía.

 

                  Las causas de la burocratización al interior de los partidos políticos emanan tanto de razones psicológicas, como sociológicas y organizativas. Al igual que Mosca, Michels está convencido de que las masas se encuentran lejanas de la política y que, por lógica, tienden a delegar en sus representantes esta tarea. Las masas son débiles y maleables y por consiguiente, se entregan fácilmente a la conducción del líder que, muchas veces, corresponde al criterio carismático de conducción, definido por Max Weber.

 

                  La razón más fuerte para negar la soberanía la soberanía de las masas radica, según Michels, en la imposibilidad mecánica y técnica de su realización: las masas son incapaces de tomar decisiones en el plano político. Este autor niega la idea rousseauniana del mandato directo. Citando a Louis Blanc en su polémica contra Proudhon preguntó “si era posible que treinta y cuatro millones de ciudadanos (la  población de Francia en aquella época) resolviera sus problemas sin aceptar lo que hasta el último hombre de negocios encuentra necesario: la intervención de representantes”.

 

                  Para Michels la democracia directa, en la cual todos los ciudadanos participan y toman decisiones, se haría imposible en las sociedades de masas y con un Estado poseedor de una compleja y amplia red burocrática y de partidos políticos dirigidos por líderes especializados en política y en enfrentar los problemas técnicos, y que tienden a perpetuarse en el poder e, incluso, heredarlo a sus familiares.

 

                  La soberanía popular, aun cuando estuviera garantizada en un sistema político representativo y si, además, aceptáramos en teoría la idea de que el gobierno parlamentario constituyera realmente un gobierno de masas, en la vida práctica no sería más que un  continuo fraude por parte de la clase dominante que por medio de “la ley de hierro de las oligarquías” (Michels) logra imponer a los líderes, y sólo le queda al elector   optar entre los candidatos  en competencia, nominados por la clase política (Mosca).

 

                  Michels sostiene que la diferencia en un gobierno representativo entre democracia y monarquía es insignificante y solamente formal: el pueblo elige, en vez de un rey, a diversos reyezuelos, y el único derecho del pueblo es el de elegir periódicamente un cambio de amos. Como lo hemos escrito anteriormente, en el caso de la mayoría de los países latinoamericanos, lo que elige en una democracia representativa es, posiblemente, el cambio de rey-presidente, mientras no haya reelección  ad aeternum cuando la Constitución lo permite.

 

                  Durante el período que media entre las elecciones, el ciudadano común bien podría ser objeto de agasajo – prebendas y cariño – por parte de los representantes de la  convertidos en oligarcas gracias a la clase política o bien, asalariados de su respectivo partido. En cierto sentido, el líder también forma parte de la burocracia que tiende a eternizarse en el poder.

 

                  La persona que es acreedora de un cargo político sea por elección o nominación, tiende, por lógica, a evitar el desalojo, y si permanece por un determinado tiempo, considera el cargo que desempeña como su coto de caza o su propiedad privada. Michels captó muy bien la feudalización de la clase política, es decir, el dirigente siente su parcela de poder como el señor feudal a su feudo y, por consiguiente,  consideran como un   derecho a ser confirmado por sus camaradas y los ciudadanos, a veces con amenazas de abandonar el partido político, o tomar represalias si no se le mantiene en su cargo.

 

Según Michels, cuando estos dirigentes encuentran un obstáculo insalvable se apresuran a presentar la renuncia a su cargo con el pretexto cansancio y bien, motivos altruistas, como dejar el paso a las nuevas generaciones. En general, la mayoría de estas renuncias se hacen para reafirmarse en el poder ante la “obligada” petición de los subordinados que también aspiran a continuar, ojalá indefinidamente, en sus puestos de trabajo.

 

Al líder se le atribuyen, en la visión de Michels, cualidades superiores que le han servido por ser conducido al poder y mantenerse en él. Como en las religiones, a los hijos se les nombra con los patronímicos de los santos de la iglesia, (Pablo, Juan, Agustín Lucía…), en los partidos laicos, los hijos reciben los nombres de sus líderes (Lenín, Vladimir, León…), es decir, en el partido oligárquico se practica un verdadero culto al líder.

Vilfredo Pareto, en oposición a la teoría marxista de la lucha de clases, presenta su teoría de “la circulación de las élites”. Para él, la historia no es más que el “cementerio de las aristocracias”, es decir, toda élite está a ser reemplazada por otra puesto que degeneran con el transcurso del tiempo. En muchos casos, la élite en el poder logra incorporar elementos de las clases subordinadas, que le aportan nuevas fuerzas y vigor.

Los movimientos populares, dentro de este contexto, sólo acarrearían el fin de una vieja élite, pero llevando consigo el surgimiento de una nueva sobre la esencia de la misma.

Para las élites es más fácil mantener el poder mientras más ignorantes sean las masas, pero esta situación no es eterna – lo prueba la historia de los movimientos sociales – pues, poco a poco, los subordinados comienzan a adquirir conciencia de su situación de explotación y sumisión. Según Pareto, el surgimiento de un nuevo líder de la élite, desde su posición crítica, logra captar el descontento de las masas y, en consecuencia, la necesidad de instalar una nueva élite en el poder.

Para Pareto, las élites y las clases gobernantes emplean recursos verbales, exacerbando sus sentimientos y emociones, a fin de conquistar o bien, mantener vigente su poder y, para lograr su cometido, usará diferentes elementos que le permitan defenderse y eliminar a aquellos individuos capaces de arrebatarle el poder – la muerte, las persecuciones, la cárcel, la ruina económica, la exoneración de sus trabajos, el exilio, o bien la cooptación mediante de la incorporación de algunos descontentos a la élite en el poder -.

Según Pareto, la élite en el poder debe usar la violencia para mantener a raya a los subordinados, pero ninguna clase gobernante puede mantenerse en el poder recurriendo solamente a la fuerza, en consecuencia tiene que recurrir a estrategias de convicción sobre su superioridad materia y moral, dirigida a los gobernados, a fin de conservar la hegemonía.

Mosca, Pareto y Michels han sido durante criticados por su cercanía con fascismo de Mussolini que, para Mosca, por ejemplo, no corresponde, pues fue crítico al fascismo, sobre todo en la decidida defensa de la libertad de pensamiento y de prensa; en el caso de Michels, está clara su adhesión al gobierno de Mussolini; respecto de Pareto, el asunto es más discutible, pues murió a comienzos del triunfo del Duce.

Las teorías de la escuela elitista han adquirido un carácter de actualidad en plena crisis de representación, de credibilidad e institucionalidad de las “democracias bancarias”, instaladas en la mayoría de los países del mundo.

La crítica de Mosca respecto del sistema parlamentario y la representación política, surgida del sufragio popular, adquiere validez, pues las grandes masas populares en la mayoría de los países llamados democráticos-representativos, captan perfectamente que el representante, una vez conducido al poder, se aleja del pueblo y traiciona el mandato popular.

Una fuerte corriente de opinión pública ha tomado el camino del abstencionismo como una forma de protesta y rechazo a sistemas electorales, que siempre terminan por garantizar una especie de “rotación entre las élites” – la terminología de Pareto -.

Los partidos políticos, que pretendían canalizar las corrientes de opinión ciudadana, se han transformado en mafias que se distribuyen tanto los cargos del Estado, como la dirección de las empresas estatales y privadas. La “ley del hierro de las oligarquías” en los partidos se cumple, a cabalidad, en la política actual.

Los partidos están sometidos, dentro de esta dinámica, al mando de las empresas – bancos y, sobre todo, los organismos financieros internacionales [en el caso de muchos países, el imperio de la famosa troika, FMI, Banco Mundial y Banco Europeo, que termina por enajenar toda soberanía y poder de decisión a los países y gobiernos] – que se encargan de dictar las políticas a su amaño.

El determinismo de la teoría de las élites que, en el fondo, pretendía dar respuesta a la visión marxista de la lucha de clases  planteando la imposibilidad de que las élites fueran desplazadas por las grandes mayorías y que, históricamente, por medio de la rotación – para usar la terminología de Pareto – lograban perpetuarse en el poder, convirtiendo el cambio y la revolución en sólo el reemplazo de una clase política por otra que, en esencia, mantenía la dominación sobre aquellos que no tienen el poder.

El fracaso de la democracia electoral y representativa no debiera conducirnos a un nihilismo y negativismo total, pues siempre existen caminos para la superación:

El primer paso debiera darse en el sentido de poner fin a la representación, considerada como un poder fiduciario, es decir, que por medio del sufragio el ciudadano delega en un representante el poder que le es inherente, durante un período determinado – cuatro, seis u ocho años – a fin de que el mandatario pueda actuar según su conciencia o bien, siguiendo las órdenes de su partido, sin que el mandante pueda controlarlo y exigirle el cumplimiento de lo prometido en su campaña elector al. La teoría de  representación, expresada por Edmund Burke  en su discurso a los electores de Bristol (1774), que consagra el poder del representante y rechaza el voto imperativo de los ciudadanos, ha perdido validez en la actualidad, pues el representante ha dejado de expresar los intereses ciudadanos, para convertirse en un obsecuente servidor de los intereses de las grandes empresas nacionales internacionales.

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Para superar las deficiencias propias de la democracia representativa se requiere dar un vuelco radical instaurando el voto imperativo, es decir, que el ciudadano entrega a su representante un sufragio condicionado al cumplimiento de un programa, por consiguiente, en cualquier momento tiene el derecho de revocar su mandato. En este sentido, el representante no es más que un comandado del elector.

El segundo paso, en la actualidad, la democracia directa rousseauniana es perfectamente compatible con la representación en el sentido de que puede incluir el plebiscito revocatorio, dirigido a todos los mandatos surgidos de la soberanía popular, además de referéndum sobre temas de interés nacional y de políticas internacionales, iniciativas populares de ley, y otros.

El tercer paso y más difícil es el de liberar a la democracia secuestrada  por las élites plutocráticas y los grandes poderes bancarios, fundamentalmente, los dueños del poder financiero internacional. Para lograr esta meta no basta con un solo acto de voluntad, se requiere imperiosamente que la política se libere e su esclavitud respecto a la economía, cumpliendo los dos primeros pasos y, además, comenzar a desarrollar formas de poder popular que orienten hacia una economía al servicio de las personas, más igualitaria y con un rol creciente del Estado en la defensa de las materias primas y la promoción de un nuevo desarrollo en el cual la educación sea el elemento central.

Quien dice plutocracia, dice corrupción

                                   En los casos mundiales de corrupción, existentes desde el comienzo de la humanidad, los árboles no permiten ver el bosque. Para algunos, la esencia de la corrupción surge de los vicios propios de la naturaleza humana – avaricia, codicia -. Para moralistas como Bernard de Mandeville, en su fábula de las abejas, los vicios se convierten en virtudes.

                  Otra visión en el mismo orden dice relación con que la fuente de la corrupción está en el poder, “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, (Lord Acton). El líder mexicano, Emiliano Zapata, cuando entró triunfante a la Ciudad de México junto a Pancho Villa quien le ofreció la silla de los presidentes de la república, Zapata se negó argumentando que en esa silla se sentaba un “hombre bueno”, pero terminaba siendo un malhechor al calor del poder.

                  Max Weber distingue entre los hombres que viven para la política por vocación de aquellos que viven de la política, que la utilizan para enriquecerse económicamente, y vivir del cohecho, saciar su sed de poder, arribismo y búsqueda de estatus social.

                  En libro El político como vocación Weber define la relación ética y política como “lo que determina la singularidad de todos los problemas éticos de la política es ese medio específico de la violencia legítima como tal  en manos de las asociaciones humanas”, (Weber el político como vocación  pág. 159), es decir, el político en el manejo del Estado tiene que usar el monopolio de la violencia legítima.

Tanto Nicolás Maquiavelo como Max Weber distinguen entre la ética política y la religiosa: quien quiera regirse por la segunda opción no debe dedicarse a la política. Se puede ser un buen padre de familia y una buena persona en general, pero estas cualidades no están relacionadas con la política. El gran aporte de Maquiavelo fue haber separado, radicalmente, la ética común inherente en el actual de cada individuo  – en esa época inspirada en la moral cristiana – y la ética política, cuyo fin es propender a la grandeza,  toma y conservación del poder. (El asesinato cometido por Rómulo en la persona de su hermano Remo es, desde el punto de vista de la ética política es impecable, pero no lo es en la ética cristiana). Max  Weber sostiene algo parecido cuando dice que “quien busque la salvación de su alma y de las otras almas no la busque por el camino de la política, que tiene otras tareas muy distintas, que sólo se pueden cumplir con la violencia”. (Op.Cit, pág. 160).

El camino de San Francisco de Asís y de otros santos que han elegido el camino de la santidad es contradictorio con el del político que, necesariamente, “tiene que pactar con el diablo”, es decir, hacer uso de la coerción para mantener el poder.

                    “Quien quiera en general hacer política, y sobre todo quien quiera hacer política como profesión, ha de tener conciencia de que quien hace política pacta con los poderes diabólicos que acechan en torno a todo poder. Quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia ha sellado un pacto con el diablo”. (Op. cit. Pág. 161).

Para Maquiavelo, el político debe tener las cualidades del león y la zorra: el poder y la fuerza del león y la astucia de la zorra, a fin de que sea capaz de sortear todas las trampas que la tarea de gobernar, es decir, “el príncipe” debe actuar con habilidad y destreza para conquistar y mantener el poder y, de esta manera, llegar a la gloria donde sea recordado y admirado.

                  Para Weber en cierto grado el político debe responder a los “demonios” y como ellos, debe estar imbuido de la capacidad de tentar, de encantar, de deslumbrar, de prometer, en fin, de convencer sobre la base de la habilidad y  del poder carismático, es decir, poseer las cualidades demoníacas de Fausto – de la parábola de Goethe -.

Maquiavelo retrataba a Giacomo Savonarola como el “profeta desarmado” y que nunca podría triunfar un profeta sin armas – gobernó Florencia durante un corto período implantando un moralismo religioso extremo como reacción frente a lo que él consideraba la depravación de la gente de la ciudad, bajo la dirección de los Médici.

El corto gobierno de este monje franciscano era fatal para la Ciudad-Estado de Florencia, pues sus prédicas lograron atraer, incluso, a algunos de los mejores artistas de la época, Sandro Botticelli, quien luego dejó de pintar obras basadas en la antigüedad clásica – Nacimiento de Venus, La Primavera – para dedicarse a la pintura de motivos sacros, todos ellos muy pulcros. Savonarola se dedicó a quemar las obras más brillantes del Renacimiento,  entre ellas, las de Giovanni  Boccaccio, en la Piazza de la Signoria – aún se mantiene el monolito que recuerda el lugar exacto en que fue quemado este monje, en extremo moralista, que pretendía regresar al cristianismo primitivo y pretender reformar radicalmente las costumbres, que él consideraba depravadas y anticristiana-.

Max Weber define las cualidades del político profesional sobre la base de virtudes como la pasión y la responsabilidad – la ética de la convicción y la de la  responsabilidad – y la mesura. La sola pasión no hace al buen político, además necesita visualizar la consecuencia de sus actos y decisiones, es decir, una ética de la responsabilidad.

El enfrentamiento de la corrupción en la actividad política debe considerar, necesariamente, los aportes del realismo político que emanan de Nicolás Maquiavelo y de Max Weber. Si la enfocamos desde el punto de vista de un extremo moralismo – Savonarola – seguramente erraremos en la comprensión de la ética política liberada, desde el Renacimiento, de los preceptos de la moral cristiana, lo cual significa la comprensión de que el político pacta con el diablo y se mueve entre eses poderes demoníacos, propios del monopolio de la fuerza. Por otra parte, comprender bien la corrupción hay que referirse al carácter de clase, que la explica y le da sentido: la corrupción emana de la hegemonía de la clase plutocrática en procesos de crisis de legitimidad.

“Gobiernos dignos y Timoratos, donde haya quesos no mandéis gatos” (Rafael Pombo)

                  Los historiadores conservadores Alberto Edwards, Francisco Antonio Encina, Jaime Eyzaguirre, Gonzalo Vial, entre muchos otros, han construido el mito sobre la probidad de nuestras castas políticas dirigentes, y llegan hasta el extremo de sostener que, por ejemplo, el “comerciante” Diego Portales, que se enriqueció a costa del Estado gracias al monopolio del estanco del tabaco – este prócer “era tan pobre” que carecía de dinero para abastecerse de su tabaco mientras acumulaba cargos en el gobierno -.

                  La aristocracia chilena siempre se sintió dueña del poder y del dinero, despreciando tanto a los siúticos, como a los rotos. El trono presidencial era propiedad de ciertas familias que lo heredaban de generación en generación.

                  Tanto en los períodos pelucón, como en el liberal el Presidente de la República, a través de “un dedazo” le traspasaba el poder a un delfín, y los candidatos que no contaban con el beneplácito presidencial  estaban condenados a la derrota: el caso de Benjamín Vicuña Mackenna, que se vio forzado a retirar su candidatura al no contar con el apoyo del Presidente Federico Errázuriz; posteriormente, esta situación se repitió con el candidato José Francisco Vergara, que se había enemistado con el Presidente Domingo Santa María.

                  Si miramos la historia de Chile más allá de la coyuntura podremos colegir que en los períodos  donde la corrupción ha  predominado corresponden a aquellos en los cuales la plutocracia funcionó  como una casta hegemónica, fundamentalmente, en la mal llamada “república parlamentaria”, que no fue otra cosa que un régimen de asambleas, un presidencialismo deformado y corrupto. Más que hablar de una mezcla entre la política y los negocios, lo ocurrido en este período es una perfecta amalgama entre ambos.

                  La corrupción tiende a coincidir, en el caso chileno, con aquellos períodos en que el país estaba más rico. Después de la guerra del nitrato en que Chile participó, fundamentalmente en la defensa de las grandes empresas, tanto británicas, como nacionales, Chile recibió un “vellón de oro” en la posesión de dos ricas provincias del norte – Tarapacá y Antofagasta -: de un país pobre, con un territorio pequeño, de una agricultura, tipo hacienda, ubicada en el centro, y al sur del Bio Bío, zona dominada por los mapuches, se transformó en un extenso país, que le daba el  monopolio de la riqueza del salitre y del guano.

                  Enrique Mac Iver y Alejandro Venegas, a comienzos del siglo XIX  plantearon el famoso tema de la crisis moral de la República sosteniendo que con la guerra del nitrato Chile había heredado el caramelo envenenado de la riqueza del salitre, es decir, que había corrompido las costumbres de una sociedad arraigada en valores fundamentales y pasado a una sociedad plutocrática, desprovista de moral y de grandeza.

                  El nacimiento de la república plutocrática estuvo precedido por una gran guerra civil, de carácter multicausal, pero que aún hace parte del debate de los historiadores: para los conservadores Alberto Edwards y Francisco Antonio Encina se dio un conflicto entre el gobierno del Presidente José Manuel Balmaceda y la mayoría parlamentaria, entre el Presidente autoritario y  la fronda aristocrática. Para Edwards, la guerra civil no pudo destruir lo que él denomina el “Estado en forma”, sin embargo lo debilitó para dar paso a formas plutocráticas parlamentarias. Encina – que era amante de recurrir a metáforas de orden psicológico – plantea el conflicto de un presidente  meridional y una aristocracia vasca.

                  El profesor Alejandro Venegas, en sus cartas dirigidas al Presidente Pedro Montt, publicadas en 1910, siendo partidario del Presidente Balmaceda desarrolla, en una de estas misivas, la tesis de que los capitalistas ingleses y sus abogados chilenos, pertenecientes a la plutocracia y a la casta política en el poder, habían jugado un papel fundamental en la lucha contra el Presidente Balmaceda. Esta tesis fue seguida por los historiadores marxistas Julio César Jovet (socialista), Hernán Ramírez Necochea (comunista), y Luis Vitale (trotskista), quienes destacan la labor del Presidente mártir, en pro de la nacionalización de las riquezas del salitre. Por ese entonces predominaban las tesis liberales con respecto a la propiedad, sobre la base de capitales privados – en este caso, nacionales –.

José Manuel Balmaceda es presentado por estos historiadores como un Presidente nacionalista, que pretendía aprovechar las riquezas del salitre para desarrollar un vasto programa de obras públicas que conectara al país de norte a sur a través del ferrocarril; una de sus obras monumentales fue la construcción del puente de Malleco. En el plano educacional, durante su fundó la Escuela Normal de Preceptores, obra de su  ministro Julio Bañados Espinoza, además de un ambicioso plan de construcción de escuelas a través de todo el país.

Hernán Ramírez Necochea, en su libro Balmaceda y la contrarrevolución de 1891, desarrolla la tesis de que el bando congresista, aliado a los capitalistas ingleses, acorralaron el Presidente Balmaceda a fin de impedir  el desarrollo de su programa progresista al servicio del país.

Thomas North,  gran especulador de la bolsa y dotado de una notoria capacidad histriónica tenía, además, un generoso fondo especial para comprar políticos y periodistas y, muchos de ellos eran sus abogados personales,  que llamaban el “rey del salitre”, título que le servía para conquistar voluntades y compradores de acciones. Este prohombre inglés quiso hacer de su vida una verdadera novela: le gustaba recalcar sus comienzos humildes como maquinista, en Carrizal, y sólo tenía algunas pocas libras esterlinas. Se ufanaba de su inteligencia y astucia al haber comprado bonos devaluados al gobierno de Perú que, por ese tiempo, había nacionalizado las oficinas de nitrato.

North había apostado que Chile ganaría la guerra y que reconocería los bonos del gobierno  peruano que, por lógica, su aumentaría considerablemente como fruto de la alianza entre capitales británicos y chilenos.

North, después de hábiles juegos jurídicos en contra de su propietario anterior, se quedó con los derechos concesionados por el gobierno chileno del oasis de Pica, por los cuales pagó un ínfimo precio a la viuda del último de los concesionarios que aún vivía.

Las aguas del inglés, además de mala calidad, las vendía muy caras aprovechándose de su calidad monopólica, con la ventaja, además de que no tenía que coludirse, pues era el único dueño.

 Otros de los negocios, fue la compra a la Compañía de Montero Hermanos  la línea de trenes que comunicaba a Iquique con Pisagua, con la idea de instaurar el monopolio de los transportes y también la adquisición de un Banco en Iquique, además de una compañía de abastecimiento, destinada a las pulperías – gran negocio que permitía espoliar a los mineros del salitre, aumentando el precio y engañando en el peso de los productos.

Thomas North no sólo se conformaba con invertir en Chile, sino que también compró minas de carbón en Bélgica. En su país natal, cada Navidad repartía regalos a los niños del pueblo y también  organizaba fiestas fastuosas con invitados de la nobleza. Fue candidato  a ocupar un sillón en la Cámara de los Comunes, pero resultó derrotado.

En una de sus visitas de negocios en Chile obsequió un caballo de fina sangre al Presidente José Manuel Balmaceda, quien lo cedió a la Quinta Normal de Agricultura.

North sabía manipular muy bien a los inversionistas convenciéndolos de comprar acciones en empresas que sabía, estaban arruinadas, sacando suculentos beneficios monetarios.

Balmaceda enfrentó a North en uno de sus viajes a Iquique, en 1889, denunciando que este especulador había convertido esta provincia en una verdadera factoría inglesa. El Presidente planteaba, en un discurso, que los ferrocarriles debieran pertenecer a Chile y no a capitalistas extranjeros, lo cual generó inquietud en los capitalistas ingleses y   sus abogados.

El historiador Hernán Ramírez Necochea demuestra la relación corrupta entre políticos y abogados, que estaban sólo al servicio de North, sino también al de la Casa Gibbs.

La explicación economicista y monocausal de Ramírez puesta en discusión por el historiador inglés Harold Blakemore, en su libro Gobierno chileno y salitre inglés, quien refuta la tesis del historiador marxista sosteniendo que, salvo en el caso del ferrocarril salitrero, Balmaceda no tenía una clara política nacionalizadora y que su imagen heroica se debía a una mitología construida por los mandatarios chilenos contrarios a la oligarquía – el caso de Carlos Ibáñez del Campo, quien recibió la banda presidencial del Presidente mártir que estaba en posesión de su hijo Enrique, quien luego ocupó el cargo de Ministro del Interior, del primer gabinete de Ibáñez -. Los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende  se inspiraron en el legado político de Balmaceda.

Según el historiador Blakemore, existían en Chile, en esa época, importantes conflictos entre empresas salitreras y británicas, por ejemplo, los intereses de North respecto del monopolio de los ferrocarriles salitreros eran puestos en cuestión por la poderosa Casa Gibbs, y ambas presionaban al gobierno chileno para obtener la concesión de las mismas. Por lo demás, diarios como El Ferrocarril y El Mercurio denunciaban también el carácter nocivo del enclave inglés en el norte de Chile. La visión de este historiador inglés ha sido utilizada por los conservadores para refutar la tesis de Ramírez y Jovet.

El triunfo del bando congresista en la guerra civil de 1891 permitió el cambio de la llamada intervención presidencial a la libertad electoral y a la instalación de un régimen pseudoparlamentario que, a diferencia de sus congéneres europeos, no  permitía la  disolución del Congreso – fue más bien un régimen plutocrático dominado por partidos políticos anarquizados -.

La aristocracia chilena, convertida en una burguesía plutocrática, se caracterizaba por su desprecio a los siúticos y a los “rotos”, y la mejor manera para mantener el estatus era obtener ganancias de un día para otro, especialmente por la especulación en la Bolsa de Comercio y el usufructo de sus haciendas – el tener un banco o un fundo permitía, fácilmente, comprar un sillón parlamentario -.

El régimen electoral suponía que las clases inferiores – los campesinos, los pobres de la ciudad – eran carneros comprarles, pues para los plutócratas el cohecho no constituía ningún delito, sino que era un correctivo del sufragio universal, que conducía a la dictadura de los pobres. Manuel Rivas Vicuña decía que “el régimen electoral estaba completamente podrido, pues la elección no dependía de os ciudadanos, sino de las mayorías en las municipalidades y en las juntas receptoras de sufragios”. (Rivas Vicuña, 1934:12).

Los candidatos imprimían sus propios votos y existía la papeleta bruja, es decir, la que marcaba la  preferencia del elector desde la secretaría del propio candidato cohechador. En las sedes políticas se encerraba a los carneros a quienes se les entregaba un vaso de vino y una empanada, o bien, la mitad de un billete o un solo zapato… grado el resto para cuando se anunciaba el triunfo del candidato; en otras ocasiones, se contrataba a un matón para que golpeara a mansalva al primero de la fila a fin de asustar al resto de los votantes. No pocas veces “votaban los muertos” y, como en el caso de Federico Errázuriz, candidato presidencial, que triunfó gracias a la compra del voto de los electores  Peña y Guemes y, posteriormente, en el Congreso, el de sus familiares – en Chile, igual que Estados Unidos, las elecciones eran indirectas y la definían los electores -.

El cinismo político ha sido  predominante tanto en el período parlamentario, como en la actualidad. Los liberales democráticos – antiguos seguidores del Presidente Balmaceda – se habían convertido en los peores oportunistas:

“El país quiere ser rico a toda costa, y todos queremos serlo (…) El país quiere  hombres nuevos y emprendedores, hombres a quienes no sobrecoja ningún pánico en el mercado y que sean capaces de lanzar a la patria por los caminos que llevan a la prosperidad y a la riqueza (…) ¡Qué importa que nuestro candidato no haya pronunciado estrepitosos discursos en el senado, cuando no es esto lo que necesitamos! ¿De qué nos servirían hoy Andrés Bello, Mariano Egaña, Manuel Montt, Antonio Varas, García Reyes, Tocornal, Arteaga Alemparte, Santa María y nuestro mismísimo Balmaceda?” (Góngora, 1986:85).

                                    Según Gonzalo Vial, Marcial Martínez propuso, en 1904, que el Estado comprase a los parlamentarios, pues evitaría el cohecho privado, economizando dinero al erario nacional; si aquello no resultara, el Estado podría cohechar a los electores – algo así como decretar la libre venta de las drogas para evitar el negocio de los narcotraficantes -.

                                   La desfachatez de los candidatos llegaba a tal extremo que el balmacedista Enrique Zañartu Prieto afichaba el siguiente anuncio: “¡Atención, atención! El mayor de los regalos nunca visto en Chile. Una vaca lechera con cría al pie, de toro fino. Además de la gratificación que se repartirá a todos los electores que voten por el Señor Zañartu, heredará un boleto para entrar a la rifa de una vaca lechera, que se tirará  después de la elección, y al que le toque el número premiado puede llevársela en el acto”. (Cit. Por Portales, 2004:141).

                                   Los propios parlamentarios calificaban los poderes de los elegidos como prestándose para los más increíbles abusos y transacciones: cuando a la oligarquía no le gustaba un representante que había sido elegido, declaraba nula su elección – como fue el caso de Luis Emilio Recabarren -.

                                   En el Parlamento las discusiones eran eternas, pues los debates no podían ser clausurados hasta que no hablara el último diputado. Esta estrategia era usada por los conservadores para evitar leyes laicas que perjudicaran a la iglesia católica, en especial, la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria y Gratuita.

                                   Los partidos políticos no tenían ninguna doctrina; la agrupación mayoritaria era el Partido Liberal, una verdadera “cooperativa” de caudillos: un sector más cercano a los conservadores, liderado por Fernando Lazcano, senador permanente por Curicó y padre político y mentor de Manuel Rivas Vicuña y de Arturo Alessandri Palma, y otro sector, más afín a los radicales, que profesaba el laicismo.

                                   El Partido Nacional monttvarista se había convertido en una guarida de banqueros y millonarios, y sus líderes, Agustín Edwards y Pedro Montt generalmente se aliaban al liberalismo. El Partido Liberal Democrático sólo se preocupaba en copar los puestos públicos – como su símil, el socialismo chileno actual -; los ideales de los Presidentes mártires, José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, sólo servían para adornar sus falsos discursos. El Partido Radical estaba dominado por los profesores y latifundistas del sur del país, y sólo a veces aparecía, en algún congreso, el debate ideológico – recordamos  la profundidad del sostenido por Enrique Mac Iver y Valentín Letelier, entre el liberalismo y el socialismo de cátedra -. El Partido Demócrata, que había representado los intereses de las clases bajas, se transformó en una agencia de empleos; si bien los gobiernos del régimen parlamentario se resistían a nombrar demócratas en los ministerios, a partir de 1915 Ángel Guarello ocupó – por primera vez – una cartera ministerial. A partir de entonces, los demócratas, sin ningún asco, formaron parte indistintamente de gobiernos con los católicos conservadores y con los agnósticos radicales, “con Dios y con el Diablo”.

                                   El ideal de la plutocracia chilena frente a tanta elección empatada era la construcción de  un tribunal de honor, compuesto por hombres buenos, que resolviera los conflictos electorales entre caballeras, pertenecientes a una misma casta.  Como Arturo Alessandri contaba con el apoyo de las capas medias y del ejército, los oligarcas no se atrevieron a hacer elegir por el Congreso Pleno donde tenían mayoría a su rival Luis Barros Borgoño. Bastó que los diputados “electrolíticos”, liderados por Manuel Rivas Vicuña, amenazaran con no asistir al Congreso para que prosperara la idea del tribunal de honor. La muerta dramática y repentina de Fernando Lazcano, presidente del senado, posibilitó el triunfo de Arturo Alessandri Palma y su proclamación por el tribunal de honor.

                                   El León de Tarapacá no tuvo empacho en aplicar, en 1924, la intervención electoral a fin de obtener un parlamento favorable a su combinación de gobierno.

                                   En el régimen presidencial, la plutocracia aterrada ante el avance de los militares y de las capas medias buscó formas de mantener una aparente alianza sobre la base de un candidato de consenso, y atinó a nominar al superficial y holgazán, Emiliano Figueroa, (1925), quien triunfó sobre el candidato José Santos Salas, apoyado por los sectores populares y, en las sombras, por Carlos Ibáñez del Campo.

                                   En 1927 Carlos Ibáñez   del Campo, candidato presidencial único, logró triunfar con cerca del 100% de los votos; ya era prácticamente un dictador, pues había condenado al exilio a sus enemigos políticos, entre quienes se encontraban el ex ministro del Interior, Manuel Rivas Vicuña, el presidente de la Cámara de Diputados, Rafael Luis Gumucio Vergara, el magistrado de la Corte Suprema, Horacio Hevia, el escritor Carlos Vicuña Fuentes, y tantos otros.

                                   Ibáñez, basado en una trampa existente en la ley electoral que decía que si había un solo candidato en un distrito o circunscripción, resultaba elegido sin     necesidad de recurrir a una nueva elección. Para tal efecto, convocó a los jefes de partido a las Termas de Chillán para distribuirse los cargos  entre ellos, parlamento que se denominó “termal”, y  se mantuvo hasta la instauración de la República Socialista, de Marmaduke Grove y de Eugenio Matte (1932).

                                   En 1938, la derecha continuaba sirviéndose del cohecho para lograr el triunfo de su candidato, Gustavo Ross Santa María. La Matanza del Seguro Obrero, que llevó a la renuncia de la candidatura de Carlos Ibáñez, posibilitó el triunfo del Frente Popular, con su candidato, Pedro Aguirre Cerda.

                                   En las elecciones de 1938 se organizaban brigadas contra el cohecho, sin embargo, esta práctica corrupta continuó hasta que, a finales del segundo gobierno de Ibáñez, (1958), una alianza de partidos compuesta por radicales, falangistas y socialistas, llamada el Bloque de Saneamiento Democrático que, en su programa incluía de derogación de la ley de defensa de la democracia, dictada en 1948, que permitió borrar a los comunistas de los registros electorales, sumado a un proyecto de ley que instauraba la cédula única, a fin de poner  fin al cohecho.

                                   En la primera elección con cédula ganó la derecha con Jorge Alessandri Rodríguez, pero en una  elección  extraordinaria para diputado, en Curicó, para reemplazar al difunto diputado Óscar Naranjo, su hijo del mismo nombre, representando al Partido Socialista en la candidatura presidencial de Salvador Allende, triunfó sobre los candidatos del Partido Nacional  y de la Democracia Cristiana, hecho que provocó en su memento un terremoto político, pues el candidato presidencial de la derecha, Julio Durán, retiró su candidatura para favorecer la del DC, Eduardo Frei Montalva, para evitar el seguro triunfo de Salvador Allende.

                                   Entre los años 60 y 70, el universo electoral creció en forma explosiva gracias al fin del cohecho, el voto para mayores de 18 años y, posteriormente, extendida a los analfabetos, permitiendo el triunfo de Eduardo Frei Montalva y, luego, el de Salvador Allende.

                                   Durante la dictadura de Augusto Pinochet se realizaron tres plebiscitos, dos de ellos marcadamente fraudulentos; el último, (1988), posibilitó el triunfo del NO a Pinochet y se inauguró un nuevo período, el de la transición a la democracia.

                                   Rafael Luis Gumucio RIVAS (el Viejo)       27 10 2019

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