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El sistema público de salud, una mirada desde dentro

La situación del sistema público de salud figura hoy en día, claramente, como una de las razones que explican los estallidos sociales que hemos visto recientemente en Chile. El que escribe este artículo acaba de ser operado del corazón – tres by pass – lo cual requirió aproximadamente de dos meses de hospitalización en el sistema público de salud, primero en el Hospital del Salvador y posteriormente en el Instituto Nacional del Tórax.  Lo que vi y lo que viví dentro del complejo hospitalario me permite formarme las siguientes impresiones que creo importante compartir con tantos lectores como sea posible.

 

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En primer lugar, creo que el Instituto Nacional del Tórax – el hospital público donde fui operado – reúne a los mejores cirujanos cardiólogos del país. Se trata de un centro de alta calidad y que es referencia nacional e internacional. Además, lo que podríamos llamar la hotelería hospitalaria – comida, trato de las enfermeras, medicamentos, material quirúrgico- es de excelente calidad. El 90 % de los medicamentos son proporcionados por el propio INDT; y la eventual complicación de cualquier paciente es atendida realmente en cosa de segundos por parte de médicos y personal de enfermeras. La tecnología médica que posee el INDT parece ser de la mejor existente en el mundo contemporáneo. Los pacientes amparados por Fonasa no pagan un solo centavo por toda esa atención.

 

¿Dónde están las complicaciones o eventuales situaciones críticas? Por un lado, en el viejo problema de que la demanda es mayor que la oferta. Desde muchos puntos del país quisieran enviar sus pacientes al INDT, pero la capacidad de camas y de uso de los pabellones de cirugía es limitada. Hay que esperar. Y el criterio de atención y de operación no es por orden de llegada, sino por el grado de urgencia que cada caso presente, lo cual, en buen romance significa que se atienden primero los pacientes en que el peligro de muerte es más inminente. Y siempre es posible que un paciente sea postergado en su operación porque llegó un caso de mayor gravedad o urgencia. Esto genera casos en que pacientes ya internados u hospitalizados, pero sin presentar síntomas alarmantes, esperen durante días o semanas el momento de entrar a pabellón. También hay otros que esperan desde fuera del sistema hospitalario, es decir, desde sus casas, durante largos meses, la posibilidad de ser hospitalizados.

 

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El otro gran problema – quizás el de mayor exposición mediática y causante de mayor frustración ciudadana – es la situación imperante en las salas de urgencia o de emergencia de los hospitales públicos. Allí impera una verdadera medicina de guerra. Los pacientes llegan por cientos, la mayoría en situaciones bastante críticas, y la capacidad de atención por parte de médicos y enfermeras es rapidamente desbordada. No se puede hospitalizar a todos los que lo requieren, pues la oferta de camas en cada centro hospitalario es limitada. Hay, por lo tanto, que enviar para la casa, con una atención básica, que muchas veces no soluciona los problemas de fondo, a todos los casos en que eso sea posible. Los que requieren ser hospitalización esperan en camillas, en sillas de rueda, en salas de urgencia o incluso en los pasillos del hospital, durante días, a que se desocupe una cama en el sector de hospitalización propiamente tal. Ante tantos pacientes y tan pocos recursos, el personal médico y de enfermeras debe multiplicarse sin alcanzar a dar a cada paciente un trato personalizado y deferente.

 

¿Cómo buscar solución a estos problemas del sistema público de salud? Una solución obvia es construir más hospitales, lo cual implicaría una mayor oferta de camas en cada una de las principales ciudades del país. Mientras eso no sea posible, o en forma paralela a ello, hay que ampliar y generar más recursos humanos, materiales y financieros para los centros de urgencia o de emergencia, que son los puntos donde se concentra en mayor medida el drama humano de la salud y de la búsqueda de atención médica. Otro aspecto importante es incrementar la capacidad médica, sobre todo de especialistas, en los consultorios periféricos, donde se podrían atender muchos enfermos que de otra forma incrementan la demanda que se canaliza hacia las salas de emergencia de los hospitales públicos. Otra iniciativa que comienza a desarrollarse a partir de ciertos hospitales es la hospitalización domiciliaria, que permite evadir de alguna forma la carencia de camas en los recintos hospitalarios, sin dejar sin atención médica a quienes la necesitan. También hay experiencias exitosas de atención médica a domicilio por parte de estructuras específicas creadas por los Municipios. Todas estas alternativas implican, en última instancia, que el Estado chileno destine más recurso a la salud pública, ya sea por la vía de mayores recursos a los hospitales o a los municipios. Hay que analizar también la capacidad existente en las clínicas privadas como para que éstas den su aporte gratuito en la atención de casos críticos que se les presenten directamente y/o a los casos que les sean enviados por los hospitales públicos, imponiéndose así, en alguna medida, un criterio de solidaridad entre los sectores de altos y de bajos ingresos. Hay que modificar de alguna forma el principio de que los ricos financian su propia atención de salud, rápida y de buena calidad, y los pobres financian la propia, en circunstancias bastante críticas.

 

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Estas reflexiones, emanadas de una dura experiencia vivencial, creo que pueden contribuir a darle más realismo y aterrizaje a los necesarios debates con relación a las limitaciones que presenta hoy en día el sistema chileno de salud pública.

 

Sergio Arancibia

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