Avergüenza e irrita el trato que la periodista Monserrat Álvarez da al alcalde de Recoleta Daniel Jadue en entrevista televisiva, a propósito de la tumultuosa Vega Central.

A la periodista la incomodó el alcalde de Recoleta.

Pero no sería por una mala manera de contestar ni por alguna eventual grosería ni porque sus respuestas no fueran atingentes, oportunas o respetuosas de parte del edil. Al contrario.

Lo que  enojó a la periodista y casi saca de sus casillas, fue que el alcalde dijera lo que piensa él, no lo que cree y defiende ella.

De imparcialidad ni rastros. De respeto, por último, ni hablar.

El periodismo, ni ninguna profesión, tienen que ser neutral y ni siquiera intentar parecerlo. En tanto constituidos por personas humanas, las profesiones no pueden ser neutrales y será del caso que haya tantas opiniones como profesionales de lo que sea, existan. Pensar que el periodismo puede ser neutro, es pedir a los periodistas que no sean. Ni periodistas ni personas.

Pero otra cosa es el pudor. El respeto. La decencia. Una ética mínima en su ejercicio.

En la entrevista en comento se le ve a Álvarez francamente alterada porque la información que entrega el alcalde Jadue no coincidió con sus opiniones, información o convicciones.

Se irrita. Interrumpe. Se altera. Se enoja. Quiere desplazar a su entrevistado, el que se supone debe tener tiempo para desarrollar las respuestas a lo que se le pregunta.

Lo que quiere Montserrat es que su entrevistado no critique al gobierno ni a sus autoridades y que diga que todo está bien.

¿Por qué?

No solo porque es una defensora fanática de este gobierno y sus obras, sino porque cree que su profesión es convencer a los demás de la justeza y certeza de sus propias opiniones. Y  porque debe cuidar la pega.

Es evidente que ella representa un periodismo al que le irrita la gente que piensa por su propia cabeza y camina por su propio pie.

Los periodistas que hacen de su profesión un departamento de agitación y propaganda de los poderosos, terminan siendo cómplices y encubridores de sus crímenes y delitos.

Vea lo que hicieron muchos periodistas  durante la dictadura. Encubrir, mentir, burlarse, engañar, mientras por ahí cerca se torturaba, se mataba, se hacía desaparecer. ¿Recuerda a Sánchez, Honorato y Hevia, por decir algunos?

Los periodistas genuflexos o llanamente colaboracionistas con el régimen, y hay que decirlo, con jueces de igual catadura, permitieron muchos de los crímenes en ese lapso ignominioso.

Existe la esperanza que alguna vez no estaremos más ante periodistas como Matías del Rio, Constanza Santa María, Monserrat Álvarez, Alfonso Concha, Iván Valenzuela, Polo Ramírez y otros tantos de menor presencia televisiva.

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Esta gente no merece sino la sentina de la historia.

Leo que Contanza Santa María, por ejemplo, es descendiente de no sé qué prohombre de la historia de Chile. Si ese ascendiente no le ayuda a ser mejor persona y profesional, métaselo en la raja.

Esos profesionales que se achican serviles ante el poderoso y sacan las garras ante el humilde. Esos que tratan  de un usted reverencial al magnate y al general, y tutean con una displicencia que nace del clasismo que utilizan como medio de ascensión social y profesional, al pobre y al mal vestido. Para qué decir al inmigrante.

 

¿Recuerdan a esa periodista que no permitió que una mujer dijera su denuncia desesperada y queda con las palabras en la boca porque la ¿periodista? que la entrevista huye con el subterfugio de  cubrir al alcalde Lavín?

¿En qué currículo de las escuelas de periodismo se enseña tal malabar rasca?

Lo que se requiere hoy cuando la muerte anda en las esquinas, es decir la verdad y honrar y respetar al que la dice. Respetar al que opina de una forma distinta. Sobre todo si tiene razón en lo que dice. Más aún cuando mucho de la letalidad de la pandemia es adjudicable a un manejo errático y difuso del régimen.

El periodismo no debe existir para decir que sí a la autoridad. Por lo menos, no debiera. Esa opción rastrera tiene consecuencias en la gente que los ve y escucha.

Si no respetan su profesión, se equivocaron de título.

El periodismo, si se entiende no como un medio de servidumbre al poderoso, sino como colaborador de la conciencia crítica  necesaria en una sociedad sana, es una herramienta de las personas que estimula el pensamiento y la acción constructiva para hacer mejores nuestras sociedades.

No lo contrario. No para castrar o censurar al que disiente.

 

Ricardo Candia Cares

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