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Racismo de clase de Naranjo y criminalización mapuche a Jorge Huenchullán: Vestigios de un orden colonial

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Germán Naranjo Maldini, ejecutivo de la empresa pesquera Landes, fue detenido en Brasil tras protagonizar un episodio de insultos racistas y homofóbicos en un vuelo comercial. En video viral se le ve tratar a un tripulante brasileño de «negro» y «mono», y lanzar frases despectivas sobre la orientación sexual de otra persona presente.

Lo que importa no es el exabrupto sino el patrón. Naranjo registra dos causas previas en la justicia chilena: una de 2013 por una denuncia falsa de bomba en un hotel, y otra de febrero de 2025 por haber intentado sobornar a una funcionaria pública. Un hombre que a lo largo de quince años ha amenazado, discriminado y corrompido sin consecuencias reales no es un caso aislado: es un producto. Lo produce una clase social que internaliza la jerarquía racial como sentido común, y un sistema jurídico que no la penaliza. En Brasil sí existe ese delito. Desde 2023, la injuria racial está equiparada al racismo y conlleva penas de 2 a 5 años de cárcel. En Chile ese delito no existe. Eso no es un vacío legal: es una decisión política sostenida en el tiempo.

Temucuicui: el operativo como espectáculo punitivo

Mientras el escándalo Naranjo circulaba en redes, los medios de derecha amplificaban otra narrativa: un operativo conjunto de Carabineros, el Ejército y la PDI capturó al werkén Jorge Huenchullán, trasladado en helicóptero desde Temucuicui a las 01:54 de la madrugada.




El cuerpo esposado es un mensaje político. Hay un detalle fotográfico que lo dice todo sin necesidad de análisis: no circulan imágenes de Germán Naranjo esposado. Su detención en Brasil produjo comunicados corporativos, declaraciones de cancillería y debate jurídico comparado. Su imagen pública quedó protegida. El espectáculo obsceno del que fue el protagonista foco fue viral.

Jorge Huenchullán, en cambio, fue fotografiado y difundido esposado, tras un operativo nocturno con helicóptero, fuerzas especiales y ejército. Esa imagen fue distribuida por los propios medios de derecha como trofeo.

La esposamiento público no es un procedimiento policial neutro. Es una declaración de poder sobre un cuerpo. Decide quién merece ser visto humillado y quién merece ser protegido de esa humillación. En Chile, en mayo de 2026, esa decisión sigue la misma línea que trazó el orden colonial hace doscientos años: el cuerpo del hombre blanco de clase alta permanece fuera del encuadre punitivo, incluso cuando ha cometido delitos documentados en video. El cuerpo del dirigente indígena se exhibe reducido, maniatado, disponible para el consumo mediático de quienes necesitan ver confirmada su idea de quién es el peligro real en este país.

No hace falta leer entre líneas. La imágenes lo dirán directamente.

Lo que esos mismos medios no cuentan: la mayoría de las causas judiciales contra miembros de Temucuicui han terminado en absolución. Este dato, casi nunca mencionado, revela una verdad incómoda: Temucuicui no es un territorio criminal; es un territorio criminalizado.

El contexto inmediato tampoco se menciona. Apenas dos semanas antes, durante un allanamiento masivo el 6 de mayo, la Fiscalía y Carabineros detuvieron a un menor de 4 años de edad y lo presentaron ante los medios como parte de los «detenidos». La Comunidad Autónoma de Temucuicui denunció que se mezcló la evidencia de dos operativos distintos para presentarlos a la opinión pública como un solo gran «éxito».

El objetivo no era investigar, sino producir imágenes de «mano dura» para consumo mediático, reforzando la idea de que Temucuicui es un territorio «peligroso» e «ingobernable». Una estrategia que se repite: detener para investigar, fallar en las pruebas, liberar… pero estigmatizar.

La maniobra: neutralización recíproca de narrativas

La simultaneidad de ambas noticias no requiere coordinación consciente para funcionar como maniobra. Basta con que los medios dominantes operen dentro del mismo marco ideológico. El efecto es preciso: al amplificar la detención en Temucuicui en el mismo ciclo noticioso que el escándalo Naranjo, se genera un contrapeso narrativo implícito. Si hay racismo en la élite, también hay criminalidad indígena. Las dos historias se neutralizan mutuamente en el imaginario público, y lo que podría convertirse en una reflexión colectiva sobre el racismo estructural chileno se disuelve en un empate moral falso.

El mecanismo tiene además una dimensión de clase: el ejecutivo racista recibe cobertura que incluye contexto laboral, debate jurídico comparado, declaraciones corporativas cuidadosas. El werkén detenido de madrugada en helicóptero recibe titulares de «captura exitosa de prófugo». Uno es un individuo con circunstancias. El otro es una amenaza sin historia.

El fondo: no son dos racismos distintos, es el mismo orden operando en dos registros

El racismo que Naranjo exhibe en un avión y el racismo institucional que militariza el Wallmapu no son fenómenos separados que coinciden por casualidad. Son la expresión de un orden colonial que Chile nunca procesó ni desmontó: uno que construyó identidad nacional borrando lo indígena y lo africano para asimilarse al imaginario europeo, y que hoy sigue distribuyendo impunidad y represión según esa misma jerarquía. En Brasil, las duras leyes antihomofóbicas y antirracistas que se le aplicaran al monstruito llamado Germán Naranjo Maldini, son el resultado reciente (2023) de luchas históricas de los afrobrasileños y del movimiento LGBT.

Lo que varía es el registro. El racismo de élite opera en lo privado, en el avión, en el club, en el directorio, con impunidad social. El racismo estatal opera en lo público, con tanques y helicópteros y notas de prensa triunfales, con impunidad jurídica. El canciller del gobierno de Kast condenó la conducta de Naranjo como «inaceptable», pero enfatizó que se trata de un tema personal y que el Estado se limitará a garantizar los derechos del ciudadano detenido. El individuo es el problema. El sistema, intacto. La clase, sin cuestionamiento.

Esa es precisamente la función ideológica del doble estándar mediático: no necesita mentir. Le basta con enmarcar, con jerarquizar, con decidir qué historia merece helicóptero y cuál merece comprensión. El resultado es un país que se escandaliza del racismo de un ejecutivo en el extranjero mientras financia el racismo de Estado en su propio sur.

 

Leopoldo Lavín Mujica

 

 

 

 



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Leopoldo Lavín

B.A. en philosophie et journalisme, M.A. en Communication publique de l’Université Laval, Québec, Canadá.

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