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Los chilenos, equilibristas sin red

Todas las estadísticas, indicadores y registros están desatados, como si los canales y guías de contención estuvieran fundidos. Si algo aún se puede anunciar, es la afirmación del inicio del colapso. Sin duda el económico financiero, en paralelo el climático,  posiblemente también el civilizatorio. Los números, que en semanas pasadas nos mostraron el desplome de las acciones, los precios de las materias primas y el comercio mundial, hoy expresan el rostro más oscuro de la economía: el desempleo y su línea de flotación, que es la pobreza y más abajo el hambre.

 

Los números en Estados Unidos parecen de una ficción crepuscular. Hasta esta semana, las estadísticas oficiales registraban más de 36 millones de desempleados como efecto directo de la pandemia. Una alta proporción de la fuerza laboral que la misma Casa Blanca estima que aumentará a rangos similares o superiores a la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado. Desde el mismo establishment ya se habla de una tasa de desempleo que estaría en pocos meses sobre un 25 por ciento. Un guarismo conservador que podría incluso elevarse a un 28 por ciento.

 

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Son estadísticas que expresan una realidad, que es dolor, desesperación, una comunidad que padece el fin de los sueños y las esperanzas. Millones de grupos familiares y personas que han comenzado a vivir en la pobreza o al filo de la pobreza y obligarán al estado a cambiar sus políticas. Si las trágicas proyecciones se cumplen, hacia la mitad de año Estados Unidos tendría decenas de millones de personas fuera de la economía. Un drama social que será también político. Con qué expresiones políticas, no lo sabemos. Pero sí sospechamos que podría ser peor de lo que ya padecemos.

 

Desde estas latitudes sureñas acostumbradas a la crisis permanente debiéramos comenzar a prepararnos para lo peor. Porque somos, como siempre lo hemos sido, equilibristas sin red. El desempleado, como lo hemos visto hace unas semanas con la ley denominada de “protección al empleo”, se las arregla ya sea con sus propios y escasos ahorros, con los bonos del Estado, que responden más a la caridad que a una política de rescate social, o con la ayuda de las familias y comunidades. Las ollas comunes y comedores populares han comenzado a surgir por todos los territorios.

 

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La pandemia ha desnudado al modelo de mercado y hemos visto en estas latitudes no sólo latinoamericanas toda su impudicia. En Estados Unidos informan los medios y blogs sobre los trabajadores de mataderos enfermos de Codiv-19. Son miles los contagiados por las condiciones de este trabajo, la mayoría afroamericanos, latinos y en general pobres. Hacia la semana pasada habían casi diez mil trabajadores y trabajadoras de este sector cárnico enfermas y ya habían afectado la cadena de distribución y alimentación. Ante la pandemia, que ya tiene 1,4 millones de infectados y 85 mil muertos, las autoridades no quieren cerrar los mataderos. Hasta hace poco el mismo Donald Trump insistía en mantenerlos a toda costa en marcha.

 

Los mataderos bien valen como imagen de la economía neoliberal, no solo como frialdad, sufrimiento, muerte y depredación, sino también por infecciones masivas, pobreza y racismo. Un poco más al sur, en la frontera norte mexicana, este trato se reproduce en las maquilas con inversiones estadounidenses. Tampoco han cerrado pese a centenares de trabajadores y trabajadoras contagiadas. El colapso está en marcha. Y el virus ha sido solo el detonante en una economía desde hace mucho tiempo falsificada. Como han dicho no pocos autores de diversas latitudes, el efecto será devastador. Bastaba un soplido, un pequeño empujón para que todo se viniera abajo.

 

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En nuestro estrecho sur asistimos  a una doble y triple tragedia. Este lunes la ministra del Trabajo advertía sobre el desempleo, que podría llegar en el corto plazo a un 18 por ciento. Si este número surge desde lo más íntimo del oficialismo, las estadísticas reales serán más, bastante o mucho más altas, y nos hundirán con certeza en tasas de desocupación similares o tal vez mayores a las de crisis anteriores. En los años 80 de la década pasada y bajo el experimento neoliberal a la sombra espesa de Pinochet, los números llegaban hasta un 30 por ciento en tanto la pobreza y la desesperación,  atenuada con los humillantes programas del PEM y el POJH, era vigilada por soldados y tanquetas. Al observar las medidas del también neoliberal Piñera las similitudes aparecen por todas partes. Si en aquellos años los recursos se le negaron a los y las trabajadoras y a la población en tanto se rescataba a la banca, hoy vemos que los programas y reglamentos tienen la misma inspiración y apuntan en la misma dirección. En pocos meses, en semanas, el decorado del mercado se ha fundido y queda a la vista la máquina de control con un gobierno autócrata, un congreso acobardado y amordazado y miles y miles de policías y militares armados en las calles.

 

El problema no es sólo económico, el colapso es ya un hecho para la economía, su organización y sus modelos. El capitalismo está suspendido, sanciona el economista griego  Yanis Varoufakis, tanto en la oferta como en la demanda. El coronavirus ha recargado los problemas inherentes de la economía y, peor aún, los rescates cristalizarán los nudos y fracturas del modelo, como más y más desigualdad y desatados nacionalismos. Sálvese quien pueda.

 

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Si el neoliberalismo no es capaz de rescatar a los millones de desempleados y nuevos pobres cualquier desenlace es posible. Dictadura, masacre, guerra, distopía. Es por ello que es preferible mantener un tono de esperanza en cuanto en este drama el mercado y los fundamentalismos no tienen nada que decir. Las clases dirigentes deberán comprender que esta catástrofe no se resuelve con policías y gases lacrimógenos sino con ayudas que surjan de una nueva distribución de la riqueza. Nuevos impuestos a las grandes fortunas y expropiación de bienes de producción y recursos naturales. Tabla rasa con el neoliberalismo y la globalización para la creación de colectivos y comunidades económicas independientes más pequeñas.

 

Hay otros problemas y es la pérdida de referentes mentales y culturales. Con la economía que hemos conocido en el suelo tal vez el peor de los mundos será su obstinado rescate. Qué sentido tiene intentar revivir un cadáver, qué sentido tiene apoyar con miles de millones de dólares a los accionistas de una empresa privada mientras se deja caer en la miseria y el hambre a millones de trabajadores y trabajadoras y sus familias. Hasta lo que hemos conocido del capitalismo, éste requiere de un mercado. Para qué apoyar a productores que carecen de consumidores.

 

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En Plaza Dignidad recogimos millares de mensajes sobre el fin del neoliberalismo y el nacimiento de una economía y una sociedad digna.  Es en las personas, en los modos de vida, en los colectivos y territorios los espacios para buscar las propuestas.

 

Por Paul Walder

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  1. uier negociación con ellos says:

    Lo que hay es malo y lo que viene es peor….es el lamento agorero.Preferiría que me lo dijeran “oficialmente” y me propusieran actitudes ó formas de sobrevivir estos malos momentos pero la verdad es que las autoridades a cargo dejan bastante que desear y nos confunden con su propaganda política egotísta y cuasi dictatorial : todo se resuelve con militares y amenazas y
    la población debe estar escondida y asustada sin poder participar de alguna manera en este proceso ,salvo “cumplir las órdenes” no por la razón ,sino por la fuerza.

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