«Sin la Guerra Fría, ¿qué sentido tiene ser norteamericano?», se lamentaba Harry Angstrom, arquetipo del ciudadano estadounidense medio, creado por John Updike en la serie de novelas Rabbit. Según explica Andrew Bacevich en ‘The Age of Illusions: How America Squandered Its Cold War Victory’ (Metropolitan Books, 2020), un cuarto de siglo después este lamento sigue sin respuesta. La que dio en aquel momento el poder político en Washington D.C, resultado de la euforia y la hubris, fue una concatenación ideologizada de políticas profundamente erróneas. Un personaje sin escrúpulos como Donald Trump supo aprovecharlas a su favor para ganar las elecciones que cierran el periodo de triunfalismo en el que EE.UU. creía poder determinar el futuro. Para Bacevich, es una mera ilusión sostener que desparecerán los problemas sistémicos de Estados Unidos con la eventual salida de Trump de la Casa Blanca.

The Age of Illusions es un libro indispensable si se quieren comprender las causas estructurales que le llevaron al poder. Lo ha escrito uno de los mayores expertos de la historia diplomática estadounidense, el coronel (r) Bacevich, que después de más de 20 años en el Ejército cambió el uniforme por la Academia. Doctorado en Princeton, tras ser profesor en West Point y en la John Hopkins lo es actualmente (emérito) de Historia y Relaciones Internacionales en la Boston University. Figura muy respetada por un sector del poder político (por ejemplo, Barack Obama le invitó a un tête-à-tête en la Casa Blanca) fue uno de los primeros en anticipar que la política exterior de la Administración Bush sería catastrófica para los intereses norteamericanos. Recientemente, ha cofundado The Quincy Institute for Responsible Statecraft, influyente think tank cuyo objetivo principal es sustituir la sempiterna política exterior estadounidense de guerras permanentes por una política diplomática inteligente.

Hernán Garcés.- En ‘The Age of Illusions’, sostiene que el final de la Guerra Fría «allanó el terreno de la revolución política que culminó, un cuarto de siglo después, con la elección de Donald Trump».

Andrew Bacevich.- Cuando terminó la Guerra Fría, Estados Unidos creyó que la victoria abarcaba mucho más que el mero hecho de haber vencido a la Unión Soviética. Si bien la Guerra Fría fue un enfrentamiento entre dos bloques, EE.UU. formaba parte de una gran coalición. Cuando aquélla terminó, las élites norteamericanas consideraron que el mérito de haberla ganado había sido de su país en particular. En otras palabras, que Reino Unido, Francia, España… habían ayudado, pero fue EE.UU. quien ganó.

Para entonces, cuando la Guerra Fría estaba terminando, un académico desconocido [Francis Fukuyama], pronto célebre, publicó su ensayo ‘¿El Fin de la Historia?’. Su hipótesis era que el fin de la Guerra Fría significaba algo muy profundo: el triunfo irreversible de la democracia liberal capitalista. Es decir, de los valores con los que se identificaba Estados Unidos. Es un verdadero disparate, pero acaparó una enorme atención en la elite estadounidense, en particular la política. No creo que la gente de Harvard, Yale o Stanford suscribiese necesariamente la hipótesis de Fukuyama, pero la elite política sí lo hizo.

 

La post-Guerra Fría que empieza con la caída del muro de Berlín en 1999 y termina con la elección de Donald Trump en 2016 fue un periodo de triunfalismo estadounidense. Como habían ganado, estaban en posición de definir el futuro y de determinar lo que vendría a continuación. Mi tesis es que esta actitud hizo que la elite política estadounidense y, en cierta medida, la intelectual, comprara una serie de ideas profundamente erróneas que se convirtieron en uno de los fundamentos de la política estadounidense. Es importante subrayar que estas ideas fallaron estrepitosamente.

[En The Age of Illusions Bacevich desarrolla que el ideario de la era post-Guerra Fría se podría resumir sucintamente en los siguientes cuatro pilares: 1) la globalización iba a beneficiar al conjunto de la sociedad norteamericana; 2) la supremacía militar de EE.UU. sería perpetua e incuestionable por su superioridad tecnológica; 3) una definición expansiva de la libertad como autonomía individual, que ha dado lugar a una serie de patologías que ha dividido el país; y 4) el encaje de la figura del presidente en el sistema político norteamericano, que ha terminado por provocar múltiples distorsiones].

Vimos entonces que, en las elecciones de 2016, muchas personas consideraron que estas ideas no les habían beneficiado y eligieron a Donald Trump; no porque éste ofreciese un mejor conjunto de ideas: no tenía ninguna, pero representaba y canalizaba su ira, su alienación, su intuición de que EE.UU. estaba yendo en la dirección incorrecta. Y Trump, en cierto sentido, es un genio político. Es una persona absolutamente sin principios pero capaz de capitalizar estos resentimientos, hasta el punto de ganar las presidenciales.

Dicho esto, si cualquier país europeo proclamase que su país de alguna manera encarna el fin de la Historia sería expulsado de la habitación o acusado de proto-totalitario. Entonces, una pregunta legítima es: ¿por qué en EE.UU. esta idea ha conseguido tanto rédito? La respuesta está en el excepcionalismo americano. Los primeros colonos que llegaron a principios del siglo XVI creían que habían sido elegidos para un proyecto que redimiría el mundo [‘A City upon a Hill’]. Y, aunque la tesis de Fukuyama del fin de la Historia es superficial, un gran disparate, tocaba una tecla profunda de la mentalidad estadounidense en el momento más oportuno, con la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría. Esta idea del fin de la Historia fue un momentum que ha durado un cuarto de siglo.

H. G.- Un ejemplo paradigmático del excepcionalismo americano, con fuerte apoyo bipartidista, es que EE.UU. es una nación indispensable. Como afirmó la secretaria de Estado Madeleine Albright: «Si tenemos que usar la fuerza es porque somos América; somos la nación indispensable».

A. B.- El contexto de esta famosa frase era el debate en EE.UU. sobre cuándo se debe intervenir militarmente para hacer frente a un problema concreto. En otras palabras, «la nación indispensable» está asociada, contextualmente, al uso de la fuerza. Básicamente, la premisa se puede resumir así: como somos indispensables, es nuestra prerrogativa usar la fuerza dónde y cuándo lo consideremos oportuno. Es una afirmación absurda y peligrosa y, de hecho, no tiene ningún fundamento; sólo se puede comprender en relación con la ideología del excepcionalismo americano.

 

Sin embargo, es cierto que en la era post-Guerra Fría, y aún hoy en algunos sectores, prevalece la noción de que, como pueblo elegido, deberíamos estar facultados para usar la fuerza. En mi país no todo el mundo piensa así porque algunos han reflexionado sobre las consecuencias de tal premisa, en particular después del 11-S. La consecuencia ha sido un sinfín de guerras inútiles y mal gestionadas. La nación indispensable hundió Irak: prometió crear un país estable y democrático y fracasó. Antes, la nación indispensable había hundido Afganistán prometiendo crear un país estable y democrático; eso, sencillamente, no va a ocurrir.

H. G.- En Europa, algunos han renunciado a la seguridad colectiva continental a favor de Estados Unidos. ¿Cómo lo explica?

A. B.- Encuentro desconcertante por qué, incluso hoy, algunos europeos quieren que EE.UU. desempeñe este papel. ¿Por qué los son tan reacios a asumir su propia seguridad? Me deja perplejo, no tengo explicación. Puede que sean las costumbres desarrolladas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el de la Guerra Fría, no lo sé. No entiendo cómo un líder europeo puede examinar las guerras de Afganistán e Irak y concluir que tiene sentido confiar la seguridad de su país a EE.UU., porque es un hecho que nos hemos comportado de una forma muy irresponsable.

Por si fuera poco, mi país ha elegido presidente a Donald Trump. Aborrezco a Trump, es un presidente terrible. Pero lo hemos elegido. La nación a la cual los europeos desean confiar su suerte ha elegido a Trump y, ¿sabe qué?, puede ser reelegido. Ojalá que no sea así, pero es una posibilidad. Si eres un inglés, francés, alemán o español, ¿cómo puedes delegar la seguridad de tu país a uno como el nuestro, con un historial de comportamiento tan irresponsable y que elige a Trump presidente?

H. G.- Usted no descarta la reelección de Trump. Sin embargo, como resultado de las revueltas raciales una gran parte de los líderes de opinión, de ‘The New York Times’ y ‘The Washington Post’, dan por muy probable su derrota. ¿Es un error?

A. B.- Absolutamente. Los medios de comunicación, y me incluyo, daban por descontada la victoria de Hillary Clinton y eso no ocurrió. Si uno examina la prestación y administración de Trump, incluso dejando de lado su odiosa retórica, no debería ser reelegido. Sin embargo, hay que ser cuidadoso antes de llegar a esta conclusión porque tenemos que recordar lo que ocurrió en 2016. Los que escriben para The New York Times, The Washington Post, etc. no están necesariamente en contacto con los que han quedado relegados en la sociedad; como, por ejemplo, los blancos no pertenecientes a la elite.

Estamos en medio de la crisis racial más grave que me ha tocado vivir. En lo que respecta a la elite, es una situación del bien contra el mal, y no se puede transigir de qué lado tienes que estar, lo comprendo, pero no estoy seguro de que en el Missouri rural, en el sur del Estado de Illinois o en la parte occidental del Estado de Nueva York lo tengan tan claro. Sigue habiendo mucha gente que ve a Trump como su campeón. Es descabellado, pero es la realidad. Tiene la capacidad de sacudirlos y hacer que se enfaden, y si consigue que salgan en número suficiente para votar en noviembre, puede volver a ganar. Ojalá no ocurra, pero no lo descarto.

H. G.- En ‘The Age of Illusions’ sostiene, de forma académica y no conspiranoica, que los medios de comunicación han sido imprescindibles para sostener el ideario post-Guerra Fría; como, por ejemplo, las guerras permanentes. Personalmente, me impactó cómo Fareed Zakaría, peso pesado de la CNN, siempre extremadamente crítico con Trump, se sacó el sombrero, en marzo de 2017, cuando dio la orden de bombardear Siria, que «Donald Trump se acaba de convertir en el presidente de EE.UU., es un gran momento» ¿Cómo se lo explica?

A. B.- Son muchos, no todos, los miembros de la elite americana los que se aferran a la noción de liderazgo global americano que se remonta a los días de la Guerra Fría, desde 1945. Durante ella, parecía beneficiar mutuamente a EE.UU. y Europa Occidental. Desde el fin de la Guerra Fría, en mi opinión, no ha servido a los intereses de mi país y no sé cómo se podría argumentar que lo ha hecho a los de Europa. Llevamos más de un cuarto de siglo equivocados; es como si el periodo que va de 1945 a 1989 definiese el mundo en el que la elite política quiere creer que vivimos. Los acontecimientos geopolíticos que han ocurrido desde 1989 a 2020 no parecen ser un factor determinante.

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Antes me comentaba la responsabilidad de los franceses de haber hundido a Libia en una guerra civil. ¿Y qué pasa con EE.UU.? ¡Qué catástrofe, resultado de la hubris y del uso indebido de la fuerza militar! Lo encuentro difícil de explicar, salvo el anhelo de seguir creyendo que vivimos en los años 50, 60 o 70. Además, nuestra memoria de ese mundo ha sido minuciosamente higienizada. En los años 60, Estados Unidos saltó al precipicio cuando luchó en la Guerra de Vietnam, increíblemente desastrosa e infructuosa. Entonces, no es que la Guerra Fría fueran los buenos viejos tiempos. Sin embargo, existe el deseo de volver al mundo del liderazgo americano que funcionaba en beneficio de todos y, por alguna razón, tengo la sensación de que los europeos se aferran a esta memoria.

H. G.- Trump es caracterizado como un aislacionista, por ejemplo con el reciente anuncio de retirar una parte de los soldados estacionados en Alemania. Sin embargo, en ‘The Age of Illusions’ sostiene que «‘aislacionista’ es la última palabra que usaría para caracterizar la política exterior de Trump desde que es presidente».

A. B.- Antes de responder a su pregunta, es importante comprender que EE.UU. nunca ha tenido una política aislacionista. Jamás. Existe el mito de que, entre las dos guerras mundiales, la política estadounidense se adhirió al aislacionismo. Es un mito. Durante los años 20 y 30, EE.UU. tenía tropas en China, una gran colonia en Filipinas, una base militar en Cuba, una base militar en Hawái (territorio arrebatado en 1898), etcétera. En resumen, durante el periodo de entreguerras EE.UU. mantuvo una presencia militar significativa en ultramar; esto no es aislacionismo. Este argumento se reduce a la política norteamericana entre aproximadamente 1938 y diciembre de 1941.

Cierto es que muchos estadounidenses se opusieron a la idea de intervenir en la guerra contra la Alemania nazi iniciada en 1939. Sin embargo, esta oposición debe ser contextualizada. En 1917, el presidente Woodrow Wilson dejó de lado la tradicional abstención de EE.UU. sobre los problemas de Europa enviando dos millones de soldados a luchar en el frente occidental. La justificación fue que sería la última vez, y que era para promover la propagación de la democracia. Nada de esto ocurrió. Entonces, después de la Primera Guerra Mundial, muchos estadounidenses concluyeron que su participación había sido un error que no debía repetirse. Éste fue el principal argumento utilizado entre 1938 y 1941: no volvamos a cometer el mismo error de 1917. Se equivocaron, porque la amenaza de la Alemania nazi no tenía ni punto de comparación con la que pudo representar el káiser. Era un argumento honesto, pero equivocado. Desde entonces, se ha empleado utilizado para desacreditar en los debates políticos a quien ponga en cuestión el uso de la fuerza y del Ejército. No hace falta ni debatir: se le etiqueta como aislacionista y se acabó.

Volviendo a su pregunta, todo comienza en las elecciones de 2016, cuando Trump empieza a utilizar el lenguaje aislacionista empleado para no intervenir en Europa y, en particular, el eslogan America First. Trump, como señalaba antes, es en muchos sentidos un genio, un genio maligno. Tiene la capacidad de provocar reacciones negativas sobre la gente que desprecia y obtener las positivas de las personas cuyo apoyo quiere ganarse. Sus opositores lo acusan, para desacreditarle, de querer desconectar EE.UU. completamente del resto del mundo.

Trump ganó las elecciones; ¿ha ocurrido esto? Sí y no. Se ha retirado del Acuerdo de París y del acuerdo nuclear con Irán, y ahora dice que quiere hacerlo de la Organización Mundial de la Salud. Considero que esto no refleja un intento de Trump de aislar EE.UU. del resto del mundo, sino que responde más a sus impulsos, a su deseo de ser grandilocuente y acaparar titulares y, por último, de enfadar a quien desprecia.

¿Dónde está la prueba del aislacionismo? Tenemos tropas en Afganistán, en Irak y en Siria. Seguimos siendo los mayores vendedores de armas, con incremento del presupuesto de defensa, y el presidente está muy orgulloso de ello. A pesar de todas las especulaciones sobre el abandono de la OTAN, no lo ha hecho. Ahora dice que quiere retirar tropas de Alemania; vamos a ver si esto ocurre. Dijo que iba retirarlas de Siria y ahí siguen, si no me equivoco. Lo que sí que ha hecho es incrementar la presencia militar en Europa del Este. Tampoco existe prueba alguna de que tenga la más mínima intención de retirar tropas en el frente Asia-Pacífico. Por consiguiente, es un panorama mixto muy difícil de interpretar, pero no sé cómo alguien puede decir que puede interpretarse como aislacionista.

H. G.- En noviembre pasado, Emmanuel Macron afirmó que la OTAN está en «muerte cerebral». ¿Qué opina?

A. B.- La OTAN fue creada en 1949. En Europa occidental existía un contexto muy específico: a saber, la amenaza soviética. Su creación fue una de las cosas más inteligentes que hizo Estados Unidos, una muestra de genio. Sin embargo, estas condiciones ya no existen. Después de 1989, el eslogan de la OTAN era que necesitaba to go out of area or go out of business [salir del área o quedar fuera de juego]. Hubo básicamente una búsqueda, dado que la misión fundadora de la OTAN de defender a Europa Occidental se había cumplido y no se propuso convenir un nuevo objetivo. Cargaron contra los Balcanes y luego contra Afganistán; y esto último, en particular, fue una decisión muy imprudente y no ha favorecido los intereses de los países europeos miembros de la OTAN.

Nadie en esta organización me ha pedido opinión, pero parece necesario que el mando de la OTAN se haga preguntas de primer orden: ¿para qué existimos? En muchos sentidos, la respuesta es la misma que en 1949: para garantizar la seguridad de Europa. Ahora es más grande, tiene muchos más estados miembros. La amenaza no es la misma que existía en 1949, es mucho menor. Rusia no es la Unión Soviética. Con la excepción de Hungría, Europa es plenamente democrática y su prosperidad no tiene parangón si la comparamos con la de 1949, cuando todo el continente había sido devastado por la guerra. Tiene mucho sentido que Europa asuma la responsabilidad de su propia seguridad. Esto no significa abandonar la OTAN, sino una mayor inversión en las instituciones de defensa europeas y, tal vez, una mayor integración. El mundo ha cambiado, las instituciones tienen que cambiar con él.

H. G.- Recientemente, ha cofundado el ‘think tank’ Quincy Institute for Responsible Statecraft, que cuenta con prestigiosos académicos. ¿Cuál es su objetivo?

A. B.- Estamos a favor de un arte de la gobernanza responsable. Creemos firmemente en el imperativo de un EE.UU. comprometido con el resto del mundo. Sin embargo, consideramos que, en particular en las últimas décadas, este compromiso se ha expresado mediante el uso de lo militar. Hemos subestimado la diplomacia. No hemos tratado de cooperar, sino de coaccionar. Esta política no ha servido los intereses de EE.UU. ni la causa de la paz y, por lo tanto, es necesario reconsiderar fundamentalmente la política de seguridad nacional estadounidense. En cambio, la atmósfera en Washington D.C. es hostil al tipo de cambio que propugnamos porque el compromiso de la mayoría de los think tanks, tanto los del Partido Republicano como los del Demócrata es con el liderazgo global militarizado. Están convencidos de que somos la nación indispensable. Así que estamos comprometidos en tratar de cambiar nuestra mentalidad sobre el papel de EE.UU. en el mundo. Va a ser una larga lucha; y difícil, porque estamos tratando de obtener el reconocimiento de opiniones heterodoxas.

 

Por Hernán Garcés

Fuente: Agenda Pública El País
Publicado en El Clarín de Chile con autorización del autor
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