Crónicas de un país anormal

¿Podría Joe Biden ganar las elecciones del próximo 3 de noviembre?

El Partido Demócrata está dividido en dos fracciones principales: el sector “socialista”, cuyos líderes, Bernie Sanders, Elizabeth Warren y Alexandria Ocasio-Cortez, anticipan políticas sociales, de carácter radical, (para el viejo Partido Demócrata), y los llamados “centristas”, con su líder, Joe Biden, quien representa al grupo de los Clinton y los Obama.

La tarea de la Convención Demócrata, que tuvo lugar durante esta semana, consistía en encontrar un punto de acuerdo entre ambas fracciones, pues lo único que los unía era el “anti-Trump” y, por consiguiente, la urgente necesidad de ganar las elecciones y, de paso, el evitar que el Partido reafirmara su división.

En el año 2016 ya Hillary Clinton tenía fama de mafiosa, y su marido también se había salvado antes de un juicio político al recurrir al perjurio, (caso Mónica Lewinsky; los americanos pueden perdonar todas las faltas, menos el perjurio). Los Clinton y los Obama representan el aparato del Partido Demócrata, y tiene un número suficiente para definir el candidato del Partido a las elecciones presidenciales.

A diferencia de los Clinton, Joe Biden no concita antipatías dentro del Partido, por el contrario, como Vicepresidente se ganó la fama de ser un muy buen negociador, capaz de ganar los votos de los senadores Republicanos para la aprobación del “Obama-Care”, entre otros logros.

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Los Obama y los Biden han conformado un buen equipo, lo cual ha sido muy importante para el intento de unificar el Partido Demócrata. Michelle Obama es mucho más apreciada que su marido y, no cabe duda de que ganaría, de lejos, la investidura de candidata sea a la presidencia o a la vicepresidencia. Biden jugó varios meses con la posibilidad de formar equipo con Michelle Obama, pero se ha negado en entrar de lleno en la política.

Bernie Sander tenía todas las de ganar antes del “super-martes” del mes de marzo, pero nuevamente el aparato del Partido le impuso una especie de veto, esta vez logrando la renuncia de los demás candidatos en favor de Biden, que ese día ganó en 10 de los 14 estados que estaban en disputa.

Joe Biden, carente de carisma y considerado muy anciano para desempeñar el cargo de presidente de Estados Unidos, tenía otras cualidades muy diferentes de sus cualidades personales: ser un político nato, en extremo flexible, amante del diálogo y de la transacción, cualidades que le permitirían ganar el apoyo de dirigentes moderados del Partido Republicano.

La tarea de Biden ahora, como candidato electo, consiste en lograr que los jóvenes e inmigrantes latinos, que han estado entusiasmados en las dos últimas elecciones con las propuestas de Bernie Sanders, definidas como “socialistas”, cuando apenas son socialdemócratas y propias de un Estado de bienestar.

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En dos elecciones consecutivas el aparato del Partido Demócrata ha impuesto su veto a Sanders, con la excusa de que el llamado “socialismo” del senador, causara temor en la opinión pública norteamericana.

La aparente división del pueblo norteamericano en posiciones radicales, como el ultranacionalismo de Donald Trump, vs. el socialismo de los Demócratas, tiende a dar una falsa visión de la realidad. El tema de la guerra civil es más bien retórico que ajustado a la realidad. Es cierto que el bipartidismo clásico norteamericano no está en su mejor momento, y el triunfo de Obama y de Trump no ha sido del todo aceptado por el Partido rival: los Republicanos, en el primer caso, (de Obama), llegaron a negar el nacimiento del candidato triunfador en Estados Unidos. El segundo caso, a Trump se le ha acusado de intervención soviética, (triunfo en 2016) y, posteriormente ucraniana.

El sistema electoral norteamericano ayuda muy poco a legitimar el triunfo del candidato que debe asumir la primera magistratura, pues no es el pueblo el que decide, sino los distintos estados, que conforman un Colegio Electoral, (en dos ocasiones el voto popular se dio en favor del candidato derrotado en el Colegio Electoral).

En el fondo, más allá del discurso, la mayoría de los electores continúan prefiriendo el centro moderado, lo que favorece, también, (en el caso actual), a Joe Biden. A pesar de las apariencias del derrumbe del sistema político, aún los ciudadanos están muy lejos de hacer posible esta hecatombe.

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Puede ser – como lo afirma un politólogo francés – que Estados Unidos esté padeciendo la trampa de Tucídides, (de cómo la poderosa Cuidad-Estado de Atenas tuvo que enfrentar otra potencia en crecimiento, Esparta, en la Guerra del Peloponeso). Ahora le está ocurriendo a Estados Unidos con respecto a China; sea que gane Biden o Trump en las próximas elecciones, ambos tendrán que enfrentar el hecho de que China sobrepase a Estados Unidos en tecnología y, posiblemente, en economía. (Se da el caso de que China es poseedora de la deuda externa de Estados Unidos).

Aún restan dos meses para las elecciones del 3 de noviembre, que representarían un siglo en política. En la jerga electoral norteamericana se ha hecho famosa la sorpresa de octubre, es decir, un hecho importante que pueda cambiar la correlación de fuerzas, que podría ser la aplicación de una vacuna contra el Covid-19, producida por una empresa norteamericana, pero el poco tiempo para el 3 de noviembre no permitiría su aplicación masiva para verificar su efectividad.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

22/08/2016

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