Gabriel González Videla tuvo en su gabinete ministerial a representantes de todos los partidos políticos, y cuando logró el apoyo de votos para aprobar la “ley de Defensa de la Democracia” – Ley Maldita para los comunistas – nombró un gabinete integrado por radicales, liberales y conservadores. Ante la rebelión popular, causada por la esa Ley, González Videla convocó a un gabinete, llamado de “sensibilidad social”, con radicales, socialistas, falangistas y conservadores socialcristianos.

Mi padre, Rafael Gumucio Vives, fue nombrado como Subsecretario de Hacienda, (sólo en un país, como Chile, se dan situaciones tan extrañas entre las cuales el propio Subsecretario escondía en su casa a dos dirigentes comunistas que, antes, habían sido republicanos españoles, y era lógico que la policía política no los buscara en la casa de un alto funcionario del gobierno), y los únicos que estábamos molestos éramos nosotros, sus hijos, pues ocupaban la atención y el tiempo en mantener conversaciones mucho más interesantes con estos comunistas prófugos que con sus propios hijos.

La Administración pública chilena era protectora de los altos funcionarios: entre las miles de Cajas de Previsión, en la de empleados y periodistas se ofrecían unos créditos muy convenientes para la adquisición de viviendas, adscritas a la famosa “ley Pereira”. El escritor Enrique Araya, (que antes había trabajado en el Servicio de Impuestos Internos logró, gracias a Gabriel Valdés Subercaseaux, una casa para albergar su numerosa prole, que eran nuestros compañeros de curso en el Colegio de los Padres Franceses), le recomendó a mi padre acogerse a dicho beneficio, que se hizo efectivo.

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Por primera vez íbamos a tener una casa propia, y había que elegir entre Recoleta y Las Condes, y eligieron la segunda que, en ese tiempo, se consideraba como en las afueras de Santiago, y sólo llegaban los troleys, (por ese entonces las comunas no tenían la radical división entre las de ricos y pobres como en la era Pinochet), y justamente nuestros vecinos pertenecían a una familia pobre, con muchos parientes, y sus tres hijos fueron nuestros mejores amigos de infancia; el tío era fanático del fútbol y tenía una colección de la Revista Estadio dedicada, exclusivamente, al futbol, cuyo comentarista principal era Julio Martínez, por consiguiente, nuestros héroes eran los futbolistas).

Otro de los placeres de niños consistía en la formación de un Club, que nosotros denominamos “Juventud El Golf”, que lo encabeza yo, como presidente, y competíamos con los de los distintos barrios de Santiago.

La Radio era el único medio de comunicación con que contábamos, y mi padre nos ordenaba a guardar silencio durante hora y media diariamente, mientras él escuchaba el programa de Luis Hernández Parker, en que sólo se hablaba de política cotidiana. Este periodista era considerado el más informado de todos los comentaristas. Antes había sido militante de la Juventud Comunista, pero fue expulsado por algún incidente confuso.

Mi programa predilecto era el dedicado a los héroes de la historia de Chile, escrito por Jorge Inestroza, y el más famoso de ellos, “Adiós al séptimo de línea”, una mezcla entre el amor y el espionaje, durante la guerra del salitre.

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Nos gustaba también en nuestra niñez el programa “Residencial La Pichanga”, en el cual los distintos equipos profesionales de fútbol eran representados según sus características, (el de la U. Católica era un cura; el de Audax Italiano, un bachicha: en de U. Española, un español…).

A mis padres no les agradaba salir de vacaciones: a mi padre lo único le gustaba era permanecer en la Cámara de Diputados, y no perdía sesión; en cuanto a mi madre, se le ocurría seguir carreras universitarias, una tras otra,  como la de Historia, donde peleaba con el profesor Sergio Villalobos. Nuestra casa estaba llena de libros sobre los Habsburgos y de cuadros del Renacimiento italiano, (para nuestra mente infantil eran catalogados como ´pornográficos´).

La división social chilena era muy distinta a la actual: había ricos y pobres, y la clase media, o era radical y adscrita a la masonería, o bien, intelectuales universitarios, muy bien acogidos y respetados por el sector más progresista de la clase alta. Mi madre siempre quiso ser escritora y sabía mucho sobre el libro En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, (justo, escribió un libro sobre el caso Dreyfus). Sus amigos predilectos eran escritores: José Donoso, Manuel Rojas, Enrique Araya, y un extraño pololo franquista quien, cuando la visitó en Chile, dijo “tu marido, señor,  y tu hijo, discreto”. Manuela, mi hermana, era la predilecta de mi padre, y tenía una personalidad tan independiente como la de mi madre: apenas comenzó la adolescencia se independizo y tomó un departamento en el Cerro Santa Lucía, donde conoció a Miguel Enríquez, el padre de Marco, su hijo.

Nuestros amigos de adolescencia, de Juan y míos, seguían siendo los Toro-Soto, nuestros vecinos pobres, y considerábamos a Manuela como una mina siútica, a quien le gustaba andar con señoritos.

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Al final del gobierno de Gabriel González Videla se produjo “la huelga de la chaucha”, llamada así debido al alza en 20 centavos de peso de la tarifa de la  locomoción colectiva. Los estudiantes resistieron, y el Presidente ordenó colocar una pareja de carabineros en los primeros asientos, para amedrentar a los jóvenes.

En las elecciones de 1952 la derecha llevaba como candidato a Arturo Matte Larraín, y estaba segura de que ganaría, pues los comunistas se encontraban fuera de la ley, y perseguidos los demás partidos de izquierda. El gobierno radical llamó a una Convención del centro político, cuyo propósito era el de elegir al candidato presidencial. Los candidatos eran Pedro Enrique Alfonso y Eduardo Frei Montalva, (el último se presentaba por primera vez). Los socialistas y agrario-laboristas propusieron la candidatura del ex dictador Carlos Ibáñez del Campo. Salvador Allende, también candidato, contaba con el apoyo de los llamados “Partido Socialista de chile”, para diferenciarse del otro Partido, “Socialistas Populares”, y Allende seguía siendo fiel a la ciudadanía, que forzó la huida de Carlos Ibáñez del Campo, (1931). El gran defecto del socialismo chileno es el militarismo, (lo “del pueblo con uniforme” es una mentira, pues en toda la historia las únicas guerras que han ganado los militares chilenos han sido contra los mapuches, (“pacificación de la Araucanía”), y contra los pobres, (Matanza de Santa María de Iquique, y otras).

Inesperadamente, Carlos Ibáñez del Campo obtuvo 400.000 votos, y estuvo a punto de evitar la confirmación por el Congreso, como lo exigía la Constitución de 1925.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

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05/04/2021

(Continuaremos en el próximo artículo)

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Historiador y cronista

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