Crónicas de un país anormal

“La Vía chilena al Socialismo”

La política chilena tiene la particularidad de haber intentado el desarrollo de procesos históricos que sólo se habían dado en la Europa del siglo XX: los Frentes Populares, tanto en Francia como en España, sólo fueron emulados en Chile y, por cierto, Leon Blun, Manuel Azaña y Pedro Aguirre Cerda, (francés, español y chileno respectivamente), tuvieron muchas diferencias entre ellos, sin embargo, los tres seguían la línea trazada por el V Congreso de la III Internacional, especialmente en la alianza de los partidos políticos antifascistas. (De hecho, el término del centralismo  de lucha de clase contra clase es un mérito del búlgaro George Dimitrov).

En Francia, como una reacción a las manifestaciones fascistas de la época, surgió la toma de fábricas, que sólo pudo frenarla el comunista Maurice Thorez, con su previa sentencia de “hay saber terminar con una huelga…”; en España, después de la rebelión de Asturias, el brillante discurso de Azaña gestó el encuentro entre anarquistas, socialistas y comunistas, unidos para derrotar a la derecha del Gil Robles, en las elecciones de febrero de 1936; en Chile, la “matanza del Seguro Obrero”, cuyo asesino confeso fue el Presidente de la República, Arturo Alessandri Palma, permitió que el voto de los “nacis” fuera a favor del Frente Popular, y en contra del “último pirata del Pacífico, Gustavo Ross Santamaría.

El resultado de los Frentes Populares fue bastante trágico, (salvo en Chile): en Francia terminó con la ocupación de París; en España, en la guerra civil, que le significó al país más de un millón de muertos, con el triunfo de la cruzada fascista; en Chile sólo se limitó al “ariostazo”, (intento de rebelión de Ariosto Herrera, oficial anticomunista), y la muerte prematura de don Pedro Aguirre Cerda – llamado popularmente “don Tinto” -, y permitió la continuidad de los gobiernos radicales; Chile tuvo el mérito de haberse abstenido de participar en las dos guerras mundiales, y sólo la declaró al Japón cuando los nipones ya la habían perdido, y sólo quedaba, en Santiago, el ´sastre´ japonés.

El camino elegido por la Falange se centraba en la unión de radicales y democratacristianos – los siúticos llaman a esta alianza, “el centro laico” y “el centro cristiano” – pues al final, el Gran Arquitecto incluye la parte estatista del Jesús de Nazaret, (no en vano, los masones se apropiaron de la iglesia fácilmente).

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Otras de las originalidades chilenas es que el Partido Comunista chileno ha sido siempre democrático y participativo en todos los comicios electorales, así hubiera  tenido que utilizar nombres de ´chapa´ en varias épocas de nuestra historia en que fue declarado interdicto por la ley, (en diferentes ocasiones se le llamó ´Partido Progresista´). El hecho de que en Chile se vivía una democracia formal, es más falso que Judas, pues siempre los Sindicatos y los partidos políticos de izquierda fueron perseguidos, y una frase resume lo dicho por el “perro” Olivares, que tenía algunos arranques ilusos: “esta vez – cuando ganó Salvador Allende – la ´PP´ (Policía Política) no nos molestará más”.

El aporte del asesor Joan Garcés, amigo personal de Allende, fue verdaderamente brillante, especialmente al delinear la llamada “Vía chilena al Socialismo” que, en palabras del pueblo, significaba “una revolución con empanadas y vino tinto”. En la historia, en general, es muy difícil el relacionar la igualdad con la democracia, o bien, con la libertad, (en el caso de esta última categoría surgió del liberalismo, que supone la existencia de élites que acaparan el poder y el dinero); por lo demás, a través del tiempo, la derecha se ha dedicado a buscar un sinónimo que abarque el socialismo y el totalitarismo, en consecuencia, la frase ´dictadura del proletariado´ o bien, del ´ centralismo democrático´, han servido para fundir  la izquierda con el totalitarismo.

El socialismo es, a mi modo de ver, la profundización del proceso democrático y, sobre todo, el valor del pueblo para rebelarse contra una sociedad y un poder injusto y opresivo. A diferencia de quienes defienden el socialismo autoritario, la vía libertaria se originó junto a la acracia y el sindicalismo. Quien resumió la visión del socialismo chileno fue Luis Emilio Recabarren Serrano, un tipógrafo de profesión, primero, demócrata, después anarquista y, por último, fundador del Partido Comunista. El anarquismo,  libertario por excelencia, fue precursor de la simbiosis entre el socialismo y las letras, (sus dirigentes eran, en su mayoría, tipógrafos).

Salvador Allende fue siempre un demócrata, y ese valor se diferenciaba de una izquierda encantada con Fidel Castro, el foquismo y el militarismo de izquierda. Allende, con otros jóvenes de su generación, (1930), fue marcado positivamente por el derrocamiento del dictador Carlos Ibáñez del Campo, en el sentido de la lucha de intervenciones militares y en pro de la democracia, (quizás, la única aventura en Chile fue la proclamación de la ´República de los 12 días´, revolución hecha en taxis, y que, por su corta duración, fue más idealista que realista).

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La Unidad Popular, una vez en el poder con el triunfo de Salvador Allende, se escindió muy rápidamente: en el Partido Socialista, en ese entonces, se generó una federación de fracciones, con cinco grupos a la vez, (entre ellos, ´los Suizos´, liderado por Ricardo Lagos Escobar que, en esa época era neutral entre las dos grandes fracciones, con sus líderes, Clodomiro Almeyda y Carlos Altamirano respectivamente), uno de los sectores, el de Almeyda, con su lema “consolidar para avanzar” era muy cercano a los Partidos Radical y Comunista; el otro sector, el de Altamirano, tenía como frase “avanzar sin transar”, y lideraba la izquierda de la izquierda, y siempre acompañado del Mapu y, posteriormente, de la Izquierda Cristiana.

Personalmente pienso que el ultra-izquierdismo de grandes sectores del Mapu y de la IC – como todo converso – se radicalizó a tal grado que todo lo que no fuera revolución extrema, seguía siendo reformismo, es decir, la vuelta a la experiencia de la Democracia Cristiana. Por lo demás, históricamente los cristianos de izquierda siempre han estado en primera fila de la revolución: el mesianismo es poco tolerante con sentido común, basta leer sobre la Revolución Francesa para constatar que los principales líderes de los rabiosos eran, en general, sacerdotes, cuyo líder se negó a dar la bendición a Luis XVI, ya a punto se subir al cadalso.

El Partido Mapu nació dividido: por un lado, los viejos fundadores, (Chonchol, Silva Solar, Gumucio Vives…), que querían una Izquierda Cristiana, y no el sucedáneo del comunista francés, Luis Althusser, y por otro lado, los jóvenes, a quienes la gente denominaba los Casi-MIR, es decir, “sacristanes con metralla”.

Hacia 1971, después de la derrota en unas elecciones extraordinarias, en Valparaíso, ocasión en que ganó la derecha con el apoyo de la Democracia Cristiana, nueve diputados de esta colectividad decidieron sumarse a la Unidad Popular, y fundaron el Partido Izquierda Cristiana. Quienes estaban hartos de un marxismo ultraizquierdista, y de seguir al “mayoneso” Altamirano, se unieron a la Izquierda Cristiana que, se esperaba, no fuera tan aficionada a los slogans, como los Mapus, pero se equivocaron pues “el paso del sacristán” a la izquierda, siempre es radical, escondiendo la vergüenza de haber sido otrora reformista y freísta.

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(Demás está decir que me sentí más identificado con el allendismo y la “Vía chilena al Socialismo”, que al izquierdismo bobalicón que, por lo regular, decepcionado, termina siendo derechista, (los ejemplos cunden).

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

17/04/2021

 

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Historiador y Cronista

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