Nacional Opinión política

COVID-19: material genético y azarosas ilusiones epidemiológicas

Los conocimientos genéticos son fundamentales para entender la biología y la evolución de los seres vivos incluyendo animales y plantas, humanos y microrganismos y ellos se han demostrado esenciales para lidiar exitosamente en la prevención y el tratamiento de múltiples enfermedades infecciosas, incluyendo la presente pandemia por COVID-19. El aspecto hereditario de las cualidades de los seres vivientes fue propuesto por Hipócrates (400 AC), Aristóteles (350 AC) y los materialistas Epicúreos (300 AC) en la Antigüedad. Sin embargo, miles de años habrían de pasar antes que G. Mendel, trabajando en la herencia de las arvejas, a fines del Siglo XIX, pudiera conceptualmente concebir al material responsable de la herencia como corpuscular y trasmitido de forma independiente a la descendencia, presagiando así el concepto de gene. El concepto de gene, su arreglo linear y su variación, fue finalmente desarrollado por una serie de investigadores en el Siglo XX trabajando con plantas, con Drosophila (la mosca de la fruta), y posteriormente con bacterias y sus virus, los bacteriófagos. Estos trabajos además permitieron definir los dos mecanismos de variación genética responsables de la evolución, como son los de mutación del gene y los de su posibilidad de recombinación con otros genes similares (alelos), antes de que su asiento material fuera finalmente localizado en el ácido desoxirribonucleico (ADN) por los trabajos de Avery y colaboradores (1946) y Watson y Crick (1953) y más tarde en el ácido ribonucleico (RNA).

La universalidad biológica y el impacto de la materialidad del gene es demostrada diariamente por la variabilidad que ha demostrado el virus COVID-19, y especialmente su variante Ómicron, la cual ha facilitado su diseminación en la población como resultado de aumentos mutacionales de su infecciosidad, de su capacidad de escapar la inmunidad proporcionadas por la enfermedad y por las vacunas y por sus eventuales resistencias presentes y futuras a las drogas antivirales. Si bien es cierto que la más temida de estas variaciones, la que genera aumentos del poder patogénico del virus para producir una enfermedad más grave, se ha manifestado en las variantes mutacionales pretéritas como Alfa y Delta, variaciones de este tipo podrían producirse en el futuro asociadas además a alta transmisibilidad y a escape inmunológico, lo que complicaría enormemente la epidemiología y la evolución de las infecciones y de la enfermedad por COVID-19. Estas asociaciones potenciales e infaustas de la variabilidad genética viral podrían producirse como resultado de la recombinación de cromosomas virales, que podrían implicar la rápida unión de varias mutaciones (alta trasmisibilidad, escape inmunogénico, mayor patogenicidad) en el cromosoma de un solo virus.

El hecho que ya se hayan detectado recombinantes entre los virus Alfa y Omicron (XE. XD) en el Reino Unido, que están siendo vigiladas epidemiológicamente, indica que este es un escenario factible y carente de ciencia ficción. El COVID-19, un virus cuyo material genético es ARN al parecer está evolucionando al máximo de su capacidad mutacional individual y el proceso por el cual aumenta su variabilidad genética por mutación es acrecentando el sustrato para esta, a través del aumento de su población, secundario a una expansión de las infecciones humanas y de animales. El incremento de las infecciones favorece también la variación por recombinación, ya que para que esta se produzca es necesario que un individuo sea infectado simultáneamente por dos o más virus de diversa composición genética y esto sucede más frecuentemente cuando el virus circula en una población con altos niveles de infección. En este contexto la mantención de niveles bajos de infección es la condición sine qua non para controlar la variación genética viral y sin lugar a duda esto está lejos de alcanzarse en la mayoría de los países del mundo. De allí la aparición constante de nuevas variantes virales (p. ej. BA.4 y BA.5 de Ómicron originadas en África del Sur, pero ya en Chile, y que parecen ser más infecciosas, con escape inmunológico y tal vez mas patogénicas) capaces de circular globalmente y producir más enfermedad y más muerte.

El control de la infección viral a niveles bajos además asegura que lo que se llama en epidemiologia “la fuerza de la infección”, y que es el riesgo de un individuo a infectarse, sea pequeña, ayudando esto a preservar la eficacia de la vacunación. Diversos estudios han establecido que aproximadamente un cuarto de los infectados con COVID-19 tiene manifestaciones más allá de un mes desde el inicio de la infección, lo que se llama COVID-19 “largo” o crónico, y que estos individuos serán una importante carga futura para los servicios de salud y para la economía. Esta cifra en Chile, que tiene aproximadamente 3 796 000 infectados, seria en este momento de unas 949 000 personas y es la baja mantención de los niveles de infección la forma más eficiente de minimizar estas cifras, especialmente porque las vacunas no protegen totalmente contra la infección y de esta manera tampoco contra este potencial COVID-19 crónico. En este panorama, el valor preventivo, epidemiológico y médico, fundamentado por la ciencia, y además por la ética, de mantener niveles bajos de infección por COVID-19 es indiscutible. Sin embargo, diariamente observamos el discurso repleto de azaroso e ilusorio optimismo, pero vacante de contenidos científicos y éticos de las autoridades de salud, que de esta manera evitan implementar medidas sólidas para prevenir las ondas expansivas de propagación de las nuevas variantes virales. Diluyendo la comunicación de riesgo, minimizando las medidas no farmacológicas de prevención y trabajando en sus pronósticos siempre tardíos con cifras artificialmente menores y parciales de los realmente infectados, y traspasando a los individuos, la responsabilidad del Estado en prevenir la infección.

De acuerdo con el New York Times impreso (lunes 30 de mayo), Chile y los EE. UU, a pesar del amplio acceso a vacunas y a su nivel socioeconómico alto, están entre los países que más mortalidad excesiva han tenido durante la pandemia. Las experiencias exitosas de Nueva Zelandia, Corea del Sur, Vietnam, la China y otros países en contener hasta ahora la diseminación viral de manera más o menos efectiva son empequeñecidas y caricaturizadas con las justificaciones más ramplonas, de origen psicológico, político, económico y también de burda propaganda chovinista, que ignoran los fundamentos de la epidemiologia moderna desarrollados en sus últimos 300 años de progreso. Por ejemplo, si los estamentos sanitarios de los EE. UU. hubieran actuado como los de China, este primer país en vez de tener más de un millón de muertos por la epidemia tendría aproximadamente 122 600 fallecidos, una mortalidad 10 veces menor, corregida por el número de habitantes. De manera similar las muertes comparadas de Nueva Zelandia y de Chile, que son de 1 172 fallecidos en el primer país y de 58 000 en Chile, indicarían que, si el manejo chileno de la epidemia hubiese sido tan efectivo como el neozelandés, Chile de acuerdo con su población debiera tener aproximadamente 4 400 muertos; o sea la mortalidad chilena es aproximadamente trece veces mayor que la de Nueva Zelandia.

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En este contexto, una pregunta obvia, es quienes son los beneficiarios y los damnificados por las erradas políticas sanitarias en los EE. UU. y en Chile, y si bien dejo al lector la respuesta de la primera parte de la pregunta, discutiré la segunda. La mortalidad por COVID-19 en los EE. UU. entre los afroamericanos, hispánicos y pueblos originarios es aproximadamente el doble que en la población de descendencia europea y en Chile la mortalidad por COVID-19, es tres veces mayor entre la población de estratos socio económicos bajos que en la población de estratos socio económicos altos. De estos datos se podría colegir sin exageración que el alejamiento de la ciencia y de la ética en las políticas de salud pública de estos países para prevenir y batallar contra el COVID-19, ha generado manejos de ella, impregnados de contenidos de darwinismo social de eliminación de los supuestamente débiles, de eugenesia y de racismo. Homologando a nuestro presidente y a su afición por la poesía, podríamos decir con P. Neruda, … “y la muerte del pueblo fue como siempre ha sido: / como si no muriera nadie, nada, / como si fueran piedras las que caen / sobre la tierra, o agua sobre el agua … Nadie escondió este crimen. / Este crimen fue en medio de la Patria.”

 

Por Felipe Cabello C.

 

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Miembro de la Academia de Ciencias y de la Academia de Medicina, Instituto de Chile.

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  1. Felipe+Portales says:

    Y dada la carencia fáctica prácticamente total de libertad de expresión y de acceso a la información pública, la sociedad chilena permanece completamente desinformada de que Chile (de acuerdo al Worldometer) tiene más fallecidos por covid en relación a su población que ¡toda Europa occidental, Asia, Africa y Oceanía! Y que ¡está escasamente por debajo de Estados Unidos y Brasil!, países cuyos gobiernos (de Trump y Bolsonaro) con toda justicia han sido duramente criticados. Sin embargo, ¡nosotros nos sentimos contentos con nuestros resultados! Así, sin tener formalmente una dictadura nos hemos convertido en una suerte de ilustración orwelliana…

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