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Los nuevos desafíos del progresismo latinoamericano

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Con el triunfo de Luíz Inácio Lula da Silva en Brasil, el mapa de América del Sur se tiñe de “rojo”, sin embargo, esta oleada de países en los cuales se optó por gobiernos progresistas tiene poco que ver con el denominado “socialismo del siglo XXI”, a  comienzos del año 2000.

Dicho socialismo, a comienzos del siglo XXI se caracterizó, en economía,  por una década de altos precios de las materias primas. Si bien es cierto, los diversos gobiernos progresistas en América del Sur obedecían a realidades políticas muy distintas, al menos, todos ellos respondían a una visión de la realidad latinoamericana, caracterizada por el relativo y paulatino alejamiento la dependencia de Estados Unidos, a través de la OEA, el Fondo de Monetario Internacional, (FMI), y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Líderes como Rafael Correa, en Ecuador, Hugo Chávez, en Venezuela, y Evo Morales, en Bolivia, siguieron el camino de la refundación, basado en sendas nuevas Constituciones, aprobadas por Asambleas Constitucionales y refrendadas por plebiscitos exitosos. Por otra parte, Lula, en Brasil, durante sus dos gobiernos anteriores tomó el camino de la independencia internacional, fundamentalmente por la participación de este país en el BRIC, (Brasil, Rusia, India China y África del Sur); en el plano nacional, el gobierno de Lula redujo en forma radical los índices de pobreza de la principal potencia latinoamericana. En Chile, Michelle Bachelet prometía, en su segunda candidatura a la presidencia de la nación, cambios importantes al dominio neoliberal, entre ellos, la promesa de instaurar una nueva Constitución que permitiera iniciar el comienzo del fin de la “Nord Corea” de América del Sur.

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Los socialismos del siglo XXI habían superado a las dos ramas de los movimientos sociales y políticos latinoamericanos: el camino de la violencia y el foco guerrillero y, por otro lado,  instaurado la vía chilena al socialismo, pluralista y libertaria.

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Los nuevos gobiernos progresistas deben enfrentar una crisis económica que, en algunos casos, no se diferenciaría mucho de una recesión y, por qué no, de una depresión económica.

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En los difíciles años de la pandemia, ocasionada por el Covid-19, los países latinoamericanos demostraron su incapacidad para enfrentar unidos las políticas en pos de la superación de las desigualdades de los sistemas económicos, a fin de proporcionar masivamente las vacunas a sus ciudadanos.

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Por otro lado, la crisis de representación y legitimidad se profundizó en distintos grados en los diversos países de América Latina, demostrando la dificultad de las democracias, especialmente para enfrentar las crisis políticas y económicas.

Los conflictos entre el Parlamento y el Ejecutivo, en muchos países, fueron expresión de un sistema político electoral desprestigiado, sin partidos políticos orgánicos, con el consiguiente quiebre entre la llamada “clase política” y la ciudadanía. Los estallidos sociales, principalmente en Ecuador, Colombia y Chile, fueron incapaces de canalizar las protestas, a fin de encontrar una salida democrática.

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El quiebre entre la clase política y la ciudadanía tiende a radicalizarse con el correr del tiempo y, además, el derrumbe de los partidos políticos históricos, sumado a la inexistencia de nuevos sistemas electorales que favorecen la balcanización de las instituciones legislativas, contribuyen a hacer muy difícil la tarea de gobernar.

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En el caso de Perú, el sistema político está prácticamente destruido: la ciudadanía carece de lazos de unión con el Parlamento unicameral, compuesto en su mayoría por miembros de partidos políticos de “fantasía”, (a falta de nombres que incluyeran, por ejemplo, la palabra Perú, Progresistas, u otros, tuvieron que recurrir a colores, como el Partido Morado). El conflicto entre el Presidente actual, Pedro Castillo, y el Parlamento, ambos dominados por la corrupción, no tiene más salida que la eliminación de uno u otro.

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En el caso de Argentina, el gobierno de Fernández-Fernández difícilmente puede sostenerse en lo económico, debido al 100% de inflación y 50% de pobreza.

En cuanto al gobierno de Gabriel Boric, en Chile, está obligado a traicionar las expectativas que despertó en la ciudadanía durante el tiempo de campaña electoral. Al tratar con un Congreso balcanizado, con mayoría opositora, que pondrá obstáculos a su programa progresista, le va a ser muy difícil gobernar.

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Lula da Silva está enfrentando, (antes de asumir el mando del país), las tentativas desestabilizadoras del fascista, evangélico fanático y militar, que aún persiste, (al puro ejemplo de Donald Trump, su mentor), en que hubo fraude electoral.

Si bien es cierto, triunfos como el de Andrés Manuel López Obrador, en México, y Lula da Silva, en Brasil, cuyo liderazgo puede posibilitar una ofensiva de  unión de los países latinoamericanos, a fin de combatir una ultraderecha en la región, de rasgos fascistas-militaristas, pueden abrir un camino hacia el liderazgo progresistas y democrático en los países latinoamericanos, no sin obstáculos, pues aún subsisten las tendencias de ultraderecha extrema, apoyados por una masa informe de ciudadanos, que junto con sus líderes, se mantiene al acecho en la esperanza de que la crisis derrumbe los gobiernos progresistas.

El camino de esta ola de gobiernos progresistas se ubica en la unidad de los países latinoamericanos, como también en sortear los desafíos demostrando capacidad de gobierno.

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La política funciona como las mareas: el solo hecho de estar pintado de “rojo” el mapa de América del Sur  no garantiza la duración de esta ola progresista.

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Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

23/11/2022

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Historiador y cronista

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