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La derrota de la extrema derecha en Hungría y sus repercusiones en Chile

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Se produjo finalmente la derrota de Viktor Orbán, el ultraderechista que desmontó las libertades y la separación de poderes y estableció un régimen de discriminaciones y de corrupción económica en Hungría, apoyado por Trump y por Putin (y por Milei y Kast, aunque eso no le haya importado mucho a nadie), es decir las diferentes ramas de la corriente de regresión autoritaria y nacional-populista que avanza en el mundo de hoy. Este es un golpe para Kast, que había viajado en febrero de 2026 a apoyar a Orbán a días de asumir la presidencia en Chile. Ahora mantiene un incómodo silencio frente a la derrota de su referente europeo. Del mismo modo, no se pronuncia sobre las atrocidades verbales de Trump y sobre la guerra contra Irán que perjudica notoriamente al país, al que también fue a rendir pleitesía y manifestar subordinación en febrero.

Esta guerra provocó, en todo caso, junto a sus medidas económicas imprudentes, una notoria caída de la popularidad de Kast, hoy ampliamente superada por el rechazo a su política al cabo de solo un mes: el gobierno de Kast es ya notoriamente minoritario en la opinión pública.

Orbán también era apoyado por los pro-rusos de la ortodoxia chilena, a los que la democracia, los derechos humanos y la soberanía popular suelen olvidárseles en la arena internacional. Lo hacen en este caso aunque, como señala Claudi Pérez en El País, “se hizo con el poder judicial, colonizó las instituciones independientes, tomó los medios de comunicación, puso a sus amigos al frente de las grandes empresas. A sus 62 años, acumula 16 años seguidos en el poder: nadie se acerca a esos números en Europa. En esa metamorfosis, Orbán se convirtió en un fiero antieuropeo y en un arquetipo de ultraderechista exitoso, sobre todo en el Este de Europa. Esa era toca a su fin”.

Argumentan que el partido ganador también es de extrema derecha, con la sola diferencia de que es pro-europeo. Como también señala Pérez, Péter Magyar “es un conservador o ultraconservador de libro”, pero que ha conseguido reunir al centroderecha y al centroizquierda a su alrededor para echar a Orbán. La extrema derecha y asociados en el mundo no son pro Unión Europea ni adhieren a lo que representa para la posibilidad de un mundo multipolar, de relaciones internacionales basadas en reglas en vez de la ley del más fuerte y de defensa de la democracia y los derechos humanos. En Hungría ha ganado una derecha conservadora que prefiere la democracia y sus valores, y eso es mejor que la continuidad de los partidarios de Orbán, apoyados por Trump y Putin para introducir una cuña en la Unión Europea, desintegrarla y repartirse el mundo en esferas de influencia sin contrapesos. Si, hay males peores y mejores, lo que no quiere decir que no se deba preferir las opciones progresistas propias, en este caso sin mayor presencia en un escenario oscurecido por el conservadurismo tradicionalista, como en otras partes de Europa del Este. Los que apoyan en Chile a Orbán son los mismos que estaban contentos con la segunda victoria de Trump, porque fortalecía a Putin, sin considerar las nefastas consecuencias para el pueblo estadounidense y para el mundo, incluyendo Venezuela y Cuba. Así son las paradojas de los ortodoxos.




La Hungría de Orbán estaba bloqueando el apoyo europeo a Ucrania. La guerra de Ucrania, cabe recordarlo, nace de la invasión por Rusia de un país soberano -así reconocido por la Federación Rusa en su momento a cambio del retiro de las armas nucleares soviéticas- que ha optado por pertenecer a la plural Europa y sus democracias y Estados sociales, en vez de someterse a un Putin que quiere anexarlo por la fuerza y la guerra a un imperio neozarista de capitalismo salvaje.

Dicho sea de paso, la democracia es una invención europea, como también lo es el socialismo, para que lo tengan en cuenta los que prefieren los modelos autocráticos e imperiales de Trump y Putin al modelo de la integración democrática europea. Este es fruto de la lección asumida luego de las dos guerras mundiales del siglo XX. Tiene muchas imperfecciones y un pasado colonialista y un presente con dimensiones neocolonialistas, pero es una miopía no valorar que ha sido un paso que contribuye a la paz y el progreso social en el mundo. La UE no está alineada ni con Trump ni con Putin, que buscan su desintegración para impedir la multipolaridad de poderes, que es la que favorece los intereses de la periferia muncial, y en ella a América Latina. Cuán neoliberal o no sea Europa en el futuro dependerá de las decisiones democráticas de sus pueblos, no de la supresión de las libertades y la democracia como la que estaba consumando Orbán en Hungría, que había establecido, además, un mediocre y corrupto capitalismo de los amigos.

Hay varias preguntas que hacer a los pro-Putin. ¿Tiene Ucrania, o Hungría, o cualquier país que fue parte del bloque soviético, un derecho a la autodeterminación? Si creen que no, más vale que lo digan de una vez para dejar bien establecida la discrepancia. ¿O deben esos países subordinarse ahora a Rusia contra la voluntad de sus pueblos por nostalgia de una URSS disuelta por agotamiento histórico en 1991, sin mediar guerra alguna? ¿Esa voluntad no cuenta? ¿La soberanía nacional y popular no cuenta? Se trata de la esencia de la democracia y también de la idea primigenia del socialismo, por si acaso.

Defender a Putin es un sin sentido para los que adhieren a ambas opciones. Siempre me pregunto como hacen para no ruborizarse los que defienden el afán imperial y las agresiones y guerras de la Rusia de Putin y al mismo tiempo se oponen a los de Estados Unidos en América Latina y otras partes del mundo o los de Israel en Palestina, Líbano e Irán. Es una completa incongruencia, pues se trata de lo mismo. ¿Será que hay imperios buenos e imperios malos, invasiones de conquista y expoliación buenas y otras malas? Más vale seguir defendiendo la política de no alineación activa, aquella que actúa en favor de un orden internacional basado en reglas justas de respeto de la soberanía nacional y de los pueblos, y que sea capaz de proteger la independencia de América Latina hoy nuevamente amenazada.

 

 

Gonzalo Martner



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Gonzalo Martner

Economista, profesor de la Usach, expresidente del PS.

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