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¿El fin de una época?

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Nadie se atrevería a negar que vivimos en una trepidante zafacoca. O alboroto si usted lo prefiere. ¿Y por qué no baraúnda? Entendemos su legítima vergüenza, como amante del lenguaje en una época, donde se extravió en una lluviosa noche de otoño. ¿Y cuándo sucedió este nefando hecho, el cual nos mantiene en vilo? En medio de esta baraúnda o caos, entre dimes y diretes, los sabios de turno o alquimistas de la Edad Media, idearon una nueva pócima, destinada a curar hasta el dolor de juanetes.

Ahora, si se desea ahondar sobre el tema, se puede colegir que llegó el tiempo de quedar piluchos, en cueros o en pelotas. Todo, a causa de la infinidad de recortes, ideados por los alquimistas de nuestro tiempo. Gente sabia, amante de la Edad Media, dirá usted, educada en Europa. Nada de holgazanes ni infelices, que estudian un semestre en una universidad sin prestigio alguno y se hacen llamar doctores. El Ministro de Hacienda, por ejemplo, de cuyo nombre no es bueno acordarse, como si fuese peluquero, sastre, podólogo o jardinero de la oligarquía, obsequió a los ministros del régimen, de sendas tijeras. De variados tamaños, según sean sus necesidades. Se propuso, dominado por su servil afán de agradar al jefe, amputar, recortar, mutilar, desbrozar, cuanto afee el paisaje de la generosidad. “El estado no es una institución de beneficencia”, habría pensado, mientras leía a Maquiavelo. Así, don Podólogo, se convirtió en el ministro dueño de la guillotina, aunque ahora, ni en Francia se usa. Se cuenta que María Antonieta, reina de Francia, mientras era conducida al patíbulo, habría expresado: “Y si me cortan la cabeza, ¿quién va a utilizar mis pelucas?”

Nadie puede negar que, recortar recursos y beneficios sociales, trae descrédito a cualquier gobierno, aunque encanta a la minoría, la cual se favorece con semejante medida. Jamás la oligarquía ha sacrificado parte de su peculio, aunque suene mal el término, en beneficio del desposeído. Actitud que surge durante la época en que el hombre vivía en las cavernas y debía protegerse de la ambición de sus semejantes. Desde aquella época, mientras utilizaba flechas para cazar y dominar, hasta ahora, sólo ha cambiado la manera de vestir. Es decir, desvestir al semejante, para vestir sus ropas.

Y a modo corolario en medio de este festival farandulero, surgió el niño rebelde del régimen, quien se atrevió a encarar al Ministro de Hacienda. Le habló a calzón quitado: “Yo no le obedezco a usted, porque a quien debo lealtad es al presidente de este país”. Así, Iván Poduje se convirtió en la piedra del zapato del régimen y comienza a ser visto como un rebelde. Esta historia recién comienza y la gallada, aburrida de escuchar y ver lo mismo en las noticias, aplaude la rebeldía de este anarquista.




Como existe una censura asolapada, pronto se obligará al niñato Iván Poduje a mantenerse callado. A enterrar su estilo provocador, bajo un sauce llorón. A reconocer su liviandad al expresar sus críticas al gobierno, que como El Titanic, empieza a hundirse en el océano de la desesperanza. Mientras la orquesta no se detiene en su afán de mantener viva la ilusión, auspiciando nuevas alzas, recortes sociales y desplumes. ¿Y cuando surgió esa antigua costumbre burguesa de querer comer el proletariado, tres veces al día?

Se ha desatado la polémica en el gallinero real, también llamado alcahaz, por quienes aman nuestra lengua, donde empiezan a volar las plumas. No las plumas de cisne con las cuales se escribía o van a utilizar, quienes piensan quedar desnudos.

 

Walter Garib

 

 

 

 



Walter Garib

Escritor

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