
Sáhara Occidental: medio siglo de espera bajo el sol. La ONU escucha un grito que ya no puede ignorar
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Nueva York, 16 de junio de 2026. En la sala solemne del Comité Especial de Descolonización de la ONU —el histórico C‑24— el tiempo parecía suspendido. No por falta de urgencia, sino por la paradoja que atraviesa el Sáhara Occidental desde hace más de cincenta años: un territorio que sigue figurando en la lista de Territorios No Autónomos, un pueblo que continúa esperando ejercer su derecho a la autodeterminación, y una comunidad internacional que, entre silencios y declaraciones, no ha logrado cerrar uno de los capítulos más largos de la descolonización contemporánea.
Ese martes por la mañana, la voz que rompió la inercia fue la de Oxfam, una organización que conoce la realidad saharaui no desde los pasillos diplomáticos, sino desde el polvo del desierto. Su intervención ante el Comité no fue un discurso más: fue un diagnóstico crudo, documentado y profundamente político sobre una crisis que no estalla, pero se erosiona; que no ocupa titulares, pero se agrava; que no sorprende, pero mata lentamente.
Un territorio detenido en el tiempo
El Sáhara Occidental sigue siendo, en 2026, el último territorio africano pendiente de descolonización según el Artículo 73 de la Carta de la ONU. La resolución 1514 (XV), que consagra el derecho de los pueblos a la autodeterminación, continúa siendo la brújula jurídica del expediente. Sin embargo, medio siglo después, el proceso político permanece estancado.
En la sesión del C‑24, varias delegaciones recordaron que la cuestión saharaui no es un conflicto fronterizo ni un diferendo bilateral: es un expediente jurídico internacional cuya resolución está inscrita en el mandato mismo de las Naciones Unidas. Pero mientras la diplomacia se mueve a un ritmo glacial, la vida en los campamentos de refugiados avanza con la urgencia de quienes dependen del agua, del pan y de la estabilidad de un sistema humanitario cada vez más frágil.
La voz de Oxfam: medio siglo de exilio y un deterioro silencioso
Oxfam lleva más de cincuenta años trabajando en los campamentos saharauis. Su declaración ante el Comité fue un recordatorio de que la crisis no es solo política: es también una emergencia humanitaria crónica.
La organización describió una realidad que desafía cualquier narrativa de “normalidad”:
- 173.600 refugiados sobreviven en cinco campamentos en pleno desierto.
- El acceso al agua es de 12 litros por persona al día, por debajo del estándar mínimo humanitario.
- Solo 41,5 % de los hogares alcanza el umbral básico de agua potable.
- 62 % consume agua con riesgo de contaminación.
- La malnutrición aguda ha aumentado a 11 %, frente al 7,6 % de 2019.
- Más de la mitad de mujeres y niños sufre anemia.
- Hasta 90 % de la población está en inseguridad alimentaria o en riesgo.
- Tres cuartas partes de los alimentos dependen de una ayuda humanitaria que disminuye año tras año.
Pero lo más alarmante no es la cifra, sino la tendencia: la crisis no empeora por un nuevo shock, sino por un colapso estructural del financiamiento internacional.
“No hay salida humanitaria para un problema político”
La frase de Oxfam resonó en la sala como un recordatorio incómodo: la ayuda humanitaria no puede sustituir a la política.
El Sahrawi Refugee Response Plan (SRRP) 2026–2027 requiere 177 millones de dólares, pero los fondos han caído un 40 % en los últimos años. No se trata de un déficit puntual, sino de una contracción estructural que amenaza servicios esenciales como el agua, la nutrición y el saneamiento.
Oxfam advirtió contra una narrativa peligrosa: la idea de que la falta de avances políticos justificaría la reducción de la ayuda. La organización fue categórica: la asistencia humanitaria no es condicional, no puede ser un instrumento de presión política y no debe disminuir en anticipación de una solución que aún no existe.
Un doble fracaso internacional
La situación saharaui revela dos responsabilidades no resueltas:
- Un proceso de descolonización inacabado, que sigue bajo mandato de la ONU.
- Una crisis humanitaria prolongada, que exige protección y financiamiento sostenido.
Ambas dimensiones se retroalimentan: la ausencia de una solución política prolonga la dependencia humanitaria, y la reducción de la ayuda agrava la vulnerabilidad de una población atrapada en un limbo histórico.
El llamado de Oxfam: financiar, proteger, actuar
La organización pidió a los Estados miembros:
- Financiar plenamente el SRRP 2026–2027.
- Proteger los sectores vitales de agua, saneamiento y nutrición.
- Relanzar un proceso político basado en la autodeterminación, conforme a la resolución 1514 (XV).
- Mantener el Sáhara Occidental como prioridad del C‑24, incluyendo la posibilidad de una misión de visita.
El mensaje fue claro: la crisis es prevenible, reversible y depende de decisiones políticas concretas.
Una crisis que revela los límites del multilateralismo
El Sáhara Occidental es un espejo incómodo para la comunidad internacional. Muestra cómo un conflicto puede volverse invisible por su duración, cómo la falta de voluntad política puede normalizar el sufrimiento y cómo la reducción del financiamiento puede convertirse en una forma silenciosa de abandono.
La declaración de Oxfam recordó que:
- El derecho internacional garantiza la autodeterminación.
- Los principios humanitarios exigen proteger la vida y la dignidad.
- Ninguno de estos compromisos está siendo plenamente cumplido.
Cincuenta años después: ¿hasta cuándo?
En los campamentos, el tiempo no se mide en resoluciones, sino en litros de agua, en calorías, en diagnósticos médicos, en la resistencia de una población que ha construido una sociedad en el exilio. La ONU puede debatir, pero los refugiados no pueden esperar.
La sesión del 16 de junio dejó una conclusión ineludible: no existe una solución humanitaria para una cuestión política. La ayuda puede aliviar el sufrimiento, pero solo una decisión política puede ponerle fin.
Mientras tanto, el pueblo saharaui sigue viviendo bajo el sol implacable del desierto, esperando que la comunidad internacional cumpla, por fin, con su propia promesa.





