
Cuando el agua recupera su cauce: el temporal reabre el debate sobre la planificación territorial
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Las inundaciones provocadas por el sistema frontal vuelven a mostrar que gran parte de la vulnerabilidad de las ciudades chilenas no responde únicamente a lluvias excepcionales, sino también a décadas de expansión urbana sobre humedales, quebradas y cauces históricos. Mientras especialistas recuerdan advertencias formuladas hace años, el gobierno impulsa una reforma destinada a acelerar los permisos ambientales y urbanísticos.
Hay imágenes que se repiten con una regularidad inquietante. Calles convertidas en ríos. Casas anegadas. Familias evacuadas en medio de la noche. Puentes destruidos. Autoridades prometiendo reconstrucción. Cada invierno excepcional parece inaugurar una nueva tragedia. Sin embargo, basta revisar la historia para descubrir que muchas de esas aguas ya habían pasado antes por los mismos lugares.
El sistema frontal que golpea a gran parte del país deja un saldo doloroso de víctimas fatales, desaparecidos, miles de damnificados y cuantiosos daños materiales. Pero, además, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que Chile ha evitado responder durante décadas: ¿por qué seguimos construyendo donde el agua siempre ha tenido derecho a pasar?
La explicación más cómoda consiste en atribuirlo todo al cambio climático. Es cierto que los ríos atmosféricos son hoy más intensos y frecuentes, y que las precipitaciones extremas representan un desafío creciente para cualquier país. Pero esa explicación resulta insuficiente. El fenómeno natural explica la lluvia; no explica el desastre.
Desde hace años, geógrafos, hidrólogos y especialistas en gestión del riesgo sostienen una idea que ya forma parte del consenso científico: los desastres no son exclusivamente naturales. Se producen cuando un fenómeno físico encuentra ciudades, viviendas e infraestructura emplazadas en territorios cuya vulnerabilidad era conocida. El agua no improvisa nuevos caminos. Recupera antiguos cauces, quebradas, planicies de inundación y humedales que la planificación urbana decidió olvidar.
Las advertencias existían mucho antes de este temporal. Investigaciones desarrolladas por la Universidad de Chile identificaron hace años la alta vulnerabilidad de sectores de La Serena y Coquimbo frente a inundaciones, desbordes y flujos asociados a eventos hidrometeorológicos extremos. Otros estudios describieron cómo la expansión inmobiliaria avanzó sobre terrazas costeras, humedales y áreas naturalmente expuestas a inundaciones, aumentando progresivamente la población en riesgo.
No eran hipótesis alarmistas. Eran diagnósticos técnicos.
Lo mismo ocurrió con los humedales urbanos. La literatura científica y el propio Ministerio del Medio Ambiente han descrito reiteradamente la función que cumplen estos ecosistemas: absorben excedentes de agua, reducen la velocidad de las escorrentías, infiltran las lluvias y disminuyen el riesgo de inundaciones. Son, en la práctica, parte de la infraestructura natural de las ciudades.
Sin embargo, buena parte del debate político de los últimos meses ha transitado en la dirección opuesta.
El ministro de Vivienda, Iván Poduje, sostuvo que la aplicación de la Ley de Humedales Urbanos estaba obstaculizando la construcción de viviendas y llegó a calificar como una «locura» algunas de sus consecuencias. La controversia fue respondida por autoridades locales, urbanistas y especialistas, quienes recordaron que la protección de humedales no constituye un lujo ambientalista, sino una herramienta de seguridad territorial. Construir sobre ellos puede resolver un déficit de suelo en el corto plazo, pero incrementa el riesgo de futuros desastres.
Hoy, mientras equipos de emergencia aún trabajan en las zonas afectadas, esa discusión adquiere una dimensión distinta.
Porque el temporal no solo inundó viviendas. También inundó un argumento político.
Resulta inevitable observar la coincidencia entre esta emergencia y la tramitación de la denominada megarreforma, cuyo objetivo es acelerar permisos y reducir tiempos de evaluación para diversos proyectos de inversión. El gobierno sostiene que la llamada «permisología» constituye uno de los principales obstáculos para el crecimiento económico. Diversas organizaciones ambientales, académicos y especialistas replicaron durante la discusión legislativa que el verdadero problema no era la existencia de controles ambientales, sino la falta de coordinación institucional y las demoras administrativas ajenas al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental.
El debate parecía técnico. El temporal le devolvió su dimensión humana.
Porque la pregunta deja de ser cuánto demora un permiso y pasa a ser cuánto cuesta haber autorizado, durante décadas, un modelo de expansión urbana que ignoró las condiciones naturales del territorio.
No se trata de afirmar que toda vivienda afectada fue construida sobre un humedal o un cauce histórico. Tampoco de sostener que una modificación legal explica un evento meteorológico excepcional. Sería una simplificación injustificable. Lo que sí puede afirmarse es que buena parte de los especialistas que hoy observan los daños ven confirmadas advertencias formuladas hace años: cuando se debilita la planificación territorial y se consideran los ecosistemas únicamente como suelo disponible para urbanizar, el riesgo termina desplazándose desde el mercado hacia la sociedad.
La lluvia cae sobre todos. Las consecuencias no.
Las familias que hoy perdieron sus hogares no tomaron las decisiones sobre planos reguladores, rellenos de humedales, expansión inmobiliaria o localización de proyectos. Esas decisiones fueron políticas, administrativas y económicas. También fueron legales.
Cada emergencia abre una ventana para discutir la reconstrucción. Pero quizás la verdadera discusión sea otra: la del país que seguimos construyendo mientras todavía retiramos el barro de las calles.
El agua tiene memoria. Los ríos recuerdan sus cauces. Los humedales recuerdan dónde estuvieron. La naturaleza conserva una paciencia que la política suele confundir con resignación.
Cada invierno extraordinario vuelve a demostrar que los mapas del mercado nunca consiguen borrar los mapas del territorio.
Félix Montano





