
El regreso de Espartaco
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Howard Fast fue un extraordinario escritor y guionista estadunidense. En 1950 lo encarcelaron por negarse a entregar al Comité de Actividades Antiamericanas la lista de los miembros de la organización denominada Joint Antifascist Refugee Comittee (Comité de Ayuda a los Refugiados Antifascistas).
En pleno macartismo, según recuerda en la introducción a su novela Espartaco, “con la victoria de Francisco Franco sobre la República Española legalmente constituida, miles de soldados republicanos, defensores de la República y sus familias habían cruzado los Pirineos para dirigirse a Francia, y buena parte de ellos se habían establecido en Toulouse, muchos de ellos enfermos o heridos. Su situación era desesperada. Un grupo de antifascistas recaudó dinero para comprar un antiguo convento y convertirlo en un hospital, y los cuáqueros aceptaron trabajar en ese hospital si nosotros conseguíamos el dinero para mantenerlo en funcionamiento”. Él rechazó revelar los nombres de sus compañeros y acabó en prisión.
Su experiencia tras las rejas fue tremenda. “Allí, en largos bancos, estaban sentados cien hombres, blancos y negros, todos desnudos. Estaban sentados abatidos, encorvados y con la cabeza gacha, evocando imágenes de los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial. Ahora nos están arrebatando la dignidad a la que nos aferrábamos tan desesperadamente”. En la cárcel, trabajó algunos aspectos de la novela sobre el esclavo tricio que dirigió la rebelión más importante contra el poderoso Imperio Romano.
El macartismo fue una tragedia para Estados Unidos. “Fueron malos tiempos, los peores tiempos que yo y mi querida esposa hemos vivido jamás. Nuestro país se parecía más que nunca en su historia a un estado policial. J. Edgar Hoover, el director de la FBI, desempeñó el papel de un mezquino dictador. El miedo a Hoover y su archivo de miles de liberales impregnó el país. Nadie se atrevió a pronunciarse o a levantar su voz contra nuestro encarcelamiento”, recuerda en la introducción a su libro. Muchos estadunidenses de izquierda tuvieron que refugiarse en México.
Militante del Partido Comunista de Estados Unidos, dejó esa agrupación a raíz del Informe secreto dado a conocer en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. En 1949, de las bibliotecas de las escuelas de Nueva York se retiró su extraordinario libro El ciudadano Tom Paine. Por presión gubernamental, siete editores se negaron a publicar Espartaco. Lo hizo él de manera independiente, en 1951. Se volvió un gran éxito de ventas, y en un símbolo de la resistencia a la cacería de brujas anticomunista. Fue traducida a 56 lenguas.
Casi 10 años después, desafiando las listas negras, con guion del también comunista Dalton Trumbo, otro perseguido por el macartismo, Kirk Douglas la llevó a las pantallas, bajo el sello de Universal. En su libro Yo soy Espartaco narra la historia de la filmación.
Según Douglas, “la década de 1950 fueron años de miedo y paranoia. En aquel entonces, el enemigo eran los comunistas. Ahora, el enemigo son los terroristas. Los nombres cambian, pero el miedo permanece. Los políticos exacerban aún más el miedo y los medios de comunicación lo explotan. Se benefician de mantenernos atemorizados. El primer presidente estadunidense por quien voté fue Franklin Roosevelt. Él dijo: ‘De lo único que debemos tener miedo es del propio miedo’”.
Y explica: “Hoy en día todavía hay quien sigue tratando de justificar las listas negras. Dicen que eran necesarias para proteger a Estados Unidos. Dicen que las únicas personas que resultaron perjudicadas fueron nuestros enemigos. Mienten. Hombres, mujeres y niños inocentes vieron arruinada su vida debido a esta catástrofe nacional. Lo sé. Estuve allí. Vi cómo sucedía”.
Como si la memoria histórica de esa catástrofe se hubiera esfumado, el macartismo está de vuelta en Estados Unidos. El fantasma del comunismo es nuevamente azuzado como un grave peligro, cuando, excepto China, Vietnam, Cuba y unos pocos países más que se pueden contar con los dedos de la mano, ningún gobierno más se reivindica como comunista, y los movimientos de liberación nacional siguen en su mayoría cauces institucionales.
Muestra del retorno del macartismo es la Reunión Ministerial sobre el resurgimiento del terrorismo político, efectuada el pasado 16 de julio, en Washington DC. Entre otros funcionarios estadunidenses, participaron en ella el secretario de Estado Marco Rubio, el del Tesoro Scott Bessent, el asesor de Seguridad Nacional Stephen Miller, además de representantes de más de 60 países de América, Europa y Asia.
En su discurso en la sesión inaugural del encuentro, el secretario Rubio aseguró que “el terrorismo político de extrema izquierda no es una novedad reciente ni moderna. No es una ficción inventada por los políticos conservadores(…) Se trata de un mal distintivo y único. Es una revuelta de lo peor contra lo mejor, una revuelta de los débiles y los cobardes contra los buenos y fuertes(…) Pueden autodenominarse anticapitalistas, antimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Pero su carácter fundamental es siempre el mismo”.
La nueva cruzada anticomunista tiene como telón de fondo el descalabro estadunidense en Irán, que pretende taparse con las máximas trumpistas de siempre ir a la ofensiva y nunca reconocer derrotas. El incremento y volatilidad de los precios de gasolina, que alcanzan 4 dólares el galón, y que ha generado malestar hacia el gobierno. Según las últimas encuestas, sólo uno de cada seis estadunidenses apoyan firmemente a Donald Trump, mientras ha perdido apoyo entre sus seguidores. La coalición MAGA está preocupada por las altas probabilidades de que los demócratas triunfen en la Cámara de Representantes en las elecciones de noviembre. Y, por si fuera poco, los socialistas democráticos avanzan.
El neomacartismo se expande peligrosa y beligerantemente en Estados Unidos. Es hora de recordar a Howard Fast, Dalton Trumbo y todos aquellos que en su momento le hicieron frente. Es la hora del regreso de Espartaco.
Luis Hernández Navarro
X: @lhan55





