Política Global

Reino Unido bajo presión: avance de Farage, guerra, calor extremo y una economía que no logra salir de la crisis

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El Reino Unido atraviesa un verano marcado por tensiones que se superponen: el fortalecimiento electoral de la derecha populista de Nigel Farage, nuevos episodios de violencia contra inmigrantes, protestas por el apoyo británico a las guerras de Israel y Estados Unidos, temperaturas récord, sequía y una economía que sigue mostrando problemas estructurales.

Son crisis distintas, pero tienen un denominador común: un Estado debilitado por años de austeridad, privatizaciones y baja inversión, mientras el nuevo gobierno de Andy Burnham intenta administrar una situación heredada sin romper, hasta ahora, con varias de las principales decisiones estratégicas de sus antecesores.

Farage convierte Clacton en una demostración de fuerza

La elección parcial celebrada el 13 de agosto en Clacton volvió a poner a Nigel Farage y a Reform UK en el centro de la política británica.

Farage había renunciado como diputado para volver a presentarse por la misma circunscripción, en una elección particularmente atípica: ninguno de los principales partidos decidió competir contra él. En consecuencia, sus adversarios fueron candidatos independientes y figuras satíricas.




La participación llegó al 44%, una cifra considerable para una elección parcial celebrada en pleno verano y prácticamente sin competencia partidaria.

El dato políticamente significativo está en el resultado de Farage. En las elecciones generales de 2024 había ganado Clacton con unos 21.000 votos, equivalentes al 46% de los sufragios, con una participación del 58%. Esta vez obtuvo alrededor de 22.000 votos y elevó su porcentaje hasta aproximadamente el 63%.

En segundo lugar quedó Count Binface, personaje satírico de la política británica que se presenta a las elecciones disfrazado de un extraterrestre con una papelera en la cabeza.

El resultado no permite medir directamente a Reform UK frente a laboristas o conservadores, precisamente porque estos no participaron. Pero sí permitió a Farage exhibir capacidad de movilización en uno de sus principales bastiones en momentos en que enfrenta cuestionamientos por su financiamiento político.

Farage ha sido objeto de acusaciones y pesquisas relacionadas con aportes millonarios y apoyos financieros que, según sus críticos, no habrían sido suficientemente esclarecidos. El dirigente ha respondido presentándose nuevamente como víctima del establishment político y mediático.

Las investigaciones de los organismos competentes continúan y la Policía Metropolitana también ha examinado aspectos relacionados con donaciones al partido.

A escala nacional, Reform UK se mantiene como una fuerza considerable. Las encuestas lo sitúan en torno al 24%, aunque por debajo del máximo cercano al 27% que alcanzó meses atrás.

La inmigración vuelve a convertirse en combustible político

El crecimiento de Reform UK ocurre en medio de una nueva escalada de discursos contra inmigrantes y solicitantes de asilo.

En Thetford, Norfolk, viviendas donde se creía que residían solicitantes de asilo fueron atacadas durante dos noches de violencia.

El episodio se produjo mientras dirigentes locales de Reform UK intensificaban su oposición a los planes para alojar solicitantes de asilo en unas antiguas instalaciones militares cercanas.

La inmigración continúa siendo uno de los principales instrumentos de movilización política de la derecha británica. El discurso asocia reiteradamente a extranjeros y solicitantes de refugio con delincuencia, inseguridad y amenazas contra mujeres y niños, alimentando un clima en el que la disputa política puede terminar trasladándose directamente a las calles.

Sindicatos presionan a Burnham por las guerras de Israel y Estados Unidos

Otro frente de tensión para el gobierno proviene del movimiento sindical.

Diez dirigentes de sindicatos nacionales pidieron al primer ministro Andy Burnham que impida el uso de bases aéreas británicas para operaciones relacionadas con la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán.

El reclamo forma parte de una discusión más amplia sobre el papel internacional del Reino Unido y su estrecha alianza militar con Washington.

La guerra en Gaza sigue siendo, al mismo tiempo, una fuente de profunda polarización interna.

Activistas que han realizado acciones contra instalaciones y propiedades de empresas vinculadas a la industria armamentística han recibido duras condenas judiciales y políticas. Sus defensores sostienen que sus acciones deben interpretarse dentro de la oposición a lo que consideran la complicidad británica con las operaciones israelíes contra la población palestina.

También se ha abierto una controversia sobre los límites de la protesta, la legislación antiterrorista y el derecho de los jurados a considerar argumentos de conciencia al decidir sobre determinadas acciones de desobediencia civil.

La discusión va mucho más allá de los tribunales: toca directamente el derecho a protestar contra la política exterior del gobierno y el creciente uso de instrumentos de seguridad nacional frente a movimientos políticos y sociales.

Un país que empieza a sentir físicamente el cambio climático

Pero probablemente la experiencia más transversal para la población británica este verano sea el calor.

Durante 2026 se han registrado cinco olas de calor y alrededor de 35 días con temperaturas superiores a los 30 grados. El 13 de agosto los termómetros llegaron a los 38 grados en Kew Gardens, Londres.

Para un país cuya infraestructura, viviendas y sistemas de transporte fueron construidos históricamente para un clima templado, estas temperaturas tienen consecuencias especialmente severas.

Los incendios forestales se han extendido a niveles sin precedentes, mientras los servicios de bomberos enfrentan las consecuencias de años de restricciones presupuestarias, reducción de personal y disminución de equipos bajo sucesivos gobiernos conservadores y laboristas.

El calor también afecta al transporte público. Los conductores de autobuses trabajan durante largas jornadas en condiciones cada vez más agotadoras, lo que los sindicatos consideran además un problema de seguridad.

Los servicios de urgencia hospitalaria han vivido uno de los veranos de mayor presión registrados.

Ante esta situación, Burnham presidió una reunión del comité gubernamental de emergencias Cobra y ha planteado, entre otras medidas, suspender temporalmente la venta de barbacoas desechables para reducir el riesgo de incendios.

Sequía: la factura de un sistema de agua privatizado

A las temperaturas extremas se suma la sequía, que afecta aproximadamente a dos tercios de Inglaterra.

El problema había sido advertido durante años. Sin embargo, vuelve a poner bajo escrutinio uno de los experimentos privatizadores más controvertidos del Reino Unido: el sistema de abastecimiento de agua.

Las compañías privadas han obtenido importantes beneficios y sus ejecutivos han recibido elevadas remuneraciones y bonificaciones, mientras se acumulan denuncias por contaminación, filtraciones y falta de inversión.

Una parte considerable de las tuberías británicas es antigua y las roturas provocan la pérdida de enormes cantidades de agua cada año. Al mismo tiempo, durante décadas se construyeron pocos nuevos embalses capaces de responder al crecimiento de la población y a las nuevas condiciones climáticas.

Ahora algunos se encuentran en niveles excepcionalmente bajos.

Ofwat, el regulador del sector, ha autorizado nuevos aumentos de las tarifas y mayores inversiones para intentar responder al crecimiento de la demanda, que no procede solamente de nuevas viviendas: también de instalaciones industriales y centros de datos, cuyo consumo de agua y electricidad comienza a adquirir relevancia política.

La paradoja es difícil de ocultar: después de décadas de privatización, los consumidores deben pagar nuevamente para financiar inversiones que las empresas no realizaron cuando las condiciones climáticas eran menos extremas.

Por eso la demanda de renacionalizar el agua, presente desde hace años en la izquierda británica y en sectores sindicales, vuelve a cobrar fuerza.

Una economía con algunos signos positivos y problemas mucho más profundos

Las últimas cifras económicas han ofrecido algunas señales alentadoras.

El Mundial de fútbol y las altas temperaturas en Europa han favorecido el consumo en pubs, turismo y vacaciones dentro del propio Reino Unido. Parte de la población que tradicionalmente habría viajado al continente ha permanecido en el país, generando un impulso inesperado para algunos sectores de servicios.

Pero detrás de estos movimientos coyunturales persiste un problema mucho mayor: la inversión británica permanece prácticamente estancada desde el referéndum del Brexit de 2016.

A ello se agrega una discusión sobre las prioridades del gasto público.

El programa británico de armamento nuclear cuesta miles de millones de libras cada año, mientras Londres ha reducido considerablemente otras herramientas de influencia internacional.

La disminución de la ayuda exterior hasta aproximadamente el 0,3% del PIB, junto con recortes que afectan al BBC World Service, el British Council y las universidades, ha debilitado lo que durante décadas se conoció como el soft power británico: la capacidad de ejercer influencia mundial mediante la cultura, la educación, la diplomacia y los medios de comunicación.

El gobierno anterior de Keir Starmer intentó recomponer las relaciones con la Unión Europea después del Brexit, pero sin lograr una transformación sustancial.

Burnham hereda ahora estas contradicciones y, pese al cambio político, ha optado por mantener compromisos fundamentales en materia de gasto militar, apoyo a Ucrania y respaldo a las alianzas estratégicas con Israel y Estados Unidos.

La universidad, otra crisis que se aproxima

Uno de los problemas económicos menos visibles, pero potencialmente más graves, se encuentra en las universidades.

El número de estudiantes extranjeros que solicitan ingresar a instituciones británicas ha disminuido. Para numerosas universidades esto constituye una amenaza financiera directa porque las matrículas internacionales, mucho más elevadas que las pagadas por los estudiantes locales, se han convertido en una fuente esencial de ingresos.

Paradójicamente, hay más estudiantes británicos recibiendo ofertas para ingresar a la universidad, pero el sistema que los recibe se encuentra sometido a una presión financiera creciente.

Y al final del proceso aparece otro problema: cada vez más jóvenes titulados descubren que el mercado laboral no ofrece suficientes empleos acordes con su preparación. Para muchos puestos están sobrecualificados; para los trabajos correspondientes a su formación, las vacantes son insuficientes.

El Reino Unido entra así en la segunda mitad del año con una combinación difícil de resolver. Farage mantiene una considerable capacidad de movilización y utiliza la inmigración y el rechazo al establishment como motores políticos. El gobierno enfrenta presiones por su política exterior mientras conserva buena parte de los compromisos militares anteriores. Y el cambio climático comienza a revelar las consecuencias materiales de décadas de baja inversión en infraestructura y servicios públicos.

El calor, la sequía, el agua privatizada, los bomberos con menos recursos, las universidades endeudadas y los jóvenes sin empleos acordes con su formación pueden parecer problemas diferentes.

Cada vez resulta más difícil, sin embargo, considerarlos crisis separadas.

 

Abelardo Clariana-Piga

corresponsal en Reino Unido

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