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¿Qué hacer con los migrantes? Depende

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“Son negros subsaharianos”. Así, destilando racismo, las autoridades alauitas y los habitantes de Castillejos, última posesión marroquí adjetivan a quienes trataron de entrar en la España africana ceutí. Se dice, provienen de Nigeria, Senegal, Sierra Leona, Costa de Marfil, Camerún o Ghana. Para ellos, Tánger no es opción. Por Algeciras entra el hachís marroquí y es una ciudad turística. Y para Mohamed VI, no se toca.

El imperialismo esquilma sus riquezas. Son las potencias europeas que durante siglos comerciaron con esclavos. Baste consultar la obra de Walter Rodney Cómo Europa subdesarrolló a África o de Eric Williams Capitalismo y Esclavitud para entender la dimensión del genocidio y el enriquecimientos de las compañías traficantes de esclavos. En África subsahariana la población vive en constante asedio. Las guerras híbridas, el hambre, la pobreza y el cambio climático son las caras de la impotencia. Hoy, al caucho, el cacao, el café, el trabajo semiesclavo, el comercio de diamantes, oro, petróleo, uranio, petróleo y gas, se une la explotación de las tierras raras. Minerales necesarios para los dispositivos inteligentes. La migración masiva es resultado de la injusticia, la represión, la falta de oportunidades, la persecución política y la homofobia.

Las historias personales son necesarias para anclar el problema. Uno de los menores que pudieron entrar en Ceuta, al ser entrevistado, declaró cuál era el motivo por el cual arriesgó su vida: ser peluquero. ¿Tan difícil de entender? La mayoría busca un camino. Trabajo y ayudar a sus familias. Lo intentarán una y mil veces.

Europa levanta la voz, no para defender los derechos humanos de quienes desean ser peluqueros, cocineros o tener un oficio, lo hace para protestar y pedir mano dura. Los quiere lejos. A ser posible extraditarlos o en cárceles de terceros países. La derecha vocifera y en España los dardos se dirigen al gobierno de coalición. Su Decreto-Ley para facilitar la regularización, permisos de residencia y trabajo de quienes viven en el país sin papeles levanta ampollas. Mohamed VI, para justificar la avalancha que sacudió Ceuta, aduce el efecto llamada de la regularización y el portavoz de Vox en el Congreso José María Figeredo declama: “hay que cazarlos uno a uno y expulsarlos a todos”.




Se les asimila a bestias, aflorando el desprecio de Occidente hacia los pueblos originarios de África y América latina. En mente, cómo algunos, encadenados y en jaulas, servían de atracción en las exposiciones universales. Exhibidos, los visitantes tiraban comida e increpaban.

Las fronteras marcan límites. Países ricos y países pobres. Centro o periferia. Desarrollados, subdesarrollados o en vías de desarrollo. Sea cual sea la denominación, entrados en el siglo XXI, el proceso de deshumanización avanza. Los homo sapiens sapiens han perdido el sentido de pertenencia a una especie común. Ser migrante no está bien visto. Son asimilados a la categoría de delincuentes. Gentes pobres que hablan idiomas raros, practican cultos satánicos y desprecian la religión católica. Con su llegada, señalan, aumentan las violaciones, los robos y asaltos a la propiedad privada. Producen miedo e inseguridad. Apestan y algunos son negros. “Hay que cazarlos y expulsarlos”.

Pero existen otros extranjeros a los cuales no se aplica la condición de migrantes. Son bienvenidos, poseen criptomonedas, dólares o euros. Reciben un trato preferente. No importa el país de origen. Hablan el mismo idioma. El del dinero. En España hay buenos ejemplos. El expresidente de México Felipe Calderón, apadrinado por José María Aznar, logró su residencia y permiso de trabajo sin pasar por comisaría. Enrique Peña Nieto, su sucesor, tampoco tuvo problemas. Viven en el lujo. Dan fiestas, hacen negocios, disfrutan de seguros médicos privados. No han tenido problemas para comprar coches, adquirir propiedades inmuebles y abrir cuentas bancarias. Responden a la categoría de VIPs. En este grupo, caben venezolanos cuyo patrimonio los iguala a la jet set de Madrid, Barcelona, Bilbao o Sevilla. Leopoldo López Gil, padre del opositor Leopoldo López Mendoza, obtuvo la nacionalidad y fue elegido eurodiputado en las listas del Partido Popular. Su riqueza les exime de ser considerados migrantes.

La derecha les da la bienvenida. Los adora. Ellos no sufren las penurias de pedir cita y presentarse casi a diario en los puestos de policía para verificar como van sus trámites. Se trate de convalidaciones, tarjetas de residencia o permisos de trabajo. Por el contrario, gozan de asilo, doble nacionalidad y la seguridad que, siendo estafadores, y con causas pendientes en sus países, nadie irá a buscar, no serán expulsados ni trasladados a centros de internamiento. No responden al prototipo del “sudaca” y tampoco son negros. La derecha lo sabe y practica la caza hacia quienes están indefensos. La veda se abre. Trump muestra el camino. En Europa otros le siguen.

 

Marcos Roitman Rosenmann

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  • Marcos Roitman Rosenmann

    Profesor titular de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y profesor e investigador invitado en la Universidad Nacional Autónoma de México así como docente en diferentes centros de América Latina. Columnista del periódico La Jornada de México y Clarín digital de Chile

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Profesor titular de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y profesor e investigador invitado en la Universidad Nacional Autónoma de México así como docente en diferentes centros de América Latina. Columnista del periódico La Jornada de México y Clarín digital de Chile

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