
Yemen: la escalada silenciosa
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La guerra que se niega a morir y la fragilidad del multilateralismo
Desde hace más de una década, Yemen vive en un estado de guerra que nunca termina de nombrarse, una guerra que se transforma, se fragmenta, se recombina, pero no cesa. Las declaraciones de alto el fuego, las treguas parciales, las negociaciones fallidas y las mediaciones regionales han creado la ilusión de un conflicto “congelado”. Sin embargo, detrás de esa fachada diplomática, las dinámicas militares continúan desplegándose, a menudo lejos de los radares mediáticos.
La advertencia lanzada por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, el 17 de agosto de 2026, se inscribe en este paisaje de inestabilidad crónica. Los ataques recientes atribuidos a Ansar Allah — contra campamentos de desplazados, infraestructuras portuarias y embarcaciones civiles — recuerdan que la guerra yemení nunca ha salido realmente de su ciclo de violencia. Revelan también la fragilidad de un equilibrio político y militar que descansa más en el agotamiento de los actores que en una voluntad real de paz.
Un conflicto que se desplaza, pero no se extingue
Las hostilidades de las últimas semanas no son un episodio aislado. Se inscriben en una lógica de presión gradual, en la que Ansar Allah busca consolidar sus posiciones militares mientras prueba los límites de la respuesta internacional. Los ataques en Ma’rib, Ta’izz y el estrecho de Bab el-Mandeb muestran una estrategia que combina control territorial, perturbación económica y demostración de fuerza.
El misil que alcanzó el campamento de Jaw al-Naseem, hiriendo a civiles, incluido un niño, ilustra la extrema vulnerabilidad de las poblaciones desplazadas. Estos campamentos, instalados en zonas periféricas o cerca de líneas de frente móviles, se han convertido en espacios donde la frontera entre lo civil y lo militar se difumina.
Los ataques contra el puerto de Al-Mokha, infraestructura vital para el abastecimiento de bienes y combustible, revelan la voluntad de golpear los nervios logísticos del país. En un Yemen donde 18 millones de personas sufren inseguridad alimentaria, atacar los puertos equivale a atacar la supervivencia misma de la población.
Bab el-Mandeb: un estrecho estratégico convertido en campo de batalla
El ataque contra un carguero en el estrecho de Bab el-Mandeb, que costó la vida a cuatro marineros, no es solo una tragedia humana. Revela la dimensión geopolítica del conflicto yemení. Bab el-Mandeb es uno de los pasos marítimos más estratégicos del mundo: un corredor por el que transitan los flujos energéticos entre el Golfo, Europa y África Oriental.
Al golpear un barco civil, Ansar Allah envía un mensaje a varios destinatarios: – al gobierno yemení, para mostrar su capacidad de daño; – a las potencias regionales, especialmente Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos; – a los actores internacionales, para recordar que la estabilidad marítima depende de la resolución del conflicto yemení.
La militarización del estrecho forma parte de una tendencia más amplia: la transformación de las rutas comerciales en zonas de confrontación, donde actores no estatales buscan influir en los equilibrios geopolíticos.
La espiral de violencia y la erosión del derecho internacional
Los ataques contra infraestructuras civiles — hospitales, depósitos de combustible, zonas residenciales — constituyen violaciones graves del derecho internacional humanitario. Pero en el contexto yemení, estas violaciones no son nuevas: se inscriben en una larga serie de bombardeos, bloqueos, destrucción de infraestructuras vitales y ataques indiscriminados perpetrados por todas las partes del conflicto.
El llamado del Alto Comisionado a respetar el derecho internacional resuena como un eco lejano en un país donde los mecanismos de protección han sido sistemáticamente debilitados. La cuestión ya no es solo si los actores respetan la ley, sino si la ley conserva la capacidad de influir en comportamientos dentro de un conflicto estructuralmente anárquico.
Una crisis humanitaria alimentada por la guerra y la geopolítica
Yemen es hoy uno de los países más afectados por la inseguridad alimentaria. Los ataques contra puertos, rutas comerciales e infraestructuras de almacenamiento agravan una situación ya catastrófica. En un país donde las importaciones representan más del 80 % de las necesidades alimentarias, cada misil, cada dron, cada explosión tiene un impacto directo en la disponibilidad de alimentos.
La crisis humanitaria no es un daño colateral: se ha convertido en un instrumento de presión política. Los actores armados saben que la hambruna, la escasez de combustible y la destrucción de infraestructuras pueden utilizarse para debilitar al adversario, controlar a las poblaciones o negociar concesiones.
El multilateralismo frente a sus límites
Desde el inicio del conflicto, las Naciones Unidas han intentado desempeñar un papel de mediación. Pero las dinámicas regionales — rivalidades entre Riad y Abu Dabi, el papel de Irán, la fragmentación de las milicias locales — han marginado progresivamente los esfuerzos diplomáticos.
La declaración de Volker Türk subraya una realidad que el sistema multilateral tiene dificultades para reconocer: Yemen se ha convertido en un terreno donde las normas internacionales son constantemente eludidas, donde los mecanismos de protección son insuficientes y donde los llamados a la moderación chocan con lógicas militares profundamente arraigadas.
El conflicto yemení revela también la crisis más amplia del multilateralismo contemporáneo: – incapacidad para imponer mecanismos de responsabilidad; – dificultad para mantener treguas duraderas; – marginalización de las instituciones internacionales frente a agendas regionales.
Un país al borde del abismo, pero no sin voces
A pesar de la violencia, la fragmentación y el agotamiento, la sociedad yemení continúa resistiendo. Las organizaciones locales, las redes de solidaridad, los periodistas y los defensores de derechos humanos intentan documentar las violaciones, proteger a los civiles y mantener un mínimo de cohesión social.
Pero su margen de acción se reduce a medida que la violencia se desplaza hacia infraestructuras vitales y rutas comerciales. La pregunta central es ahora cuánto tiempo podrá Yemen soportar una guerra que no deja de mutar, y una comunidad internacional que lucha por imponer límites.
La guerra que se niega a morir
La escalada actual no es un simple episodio. Es el síntoma de un conflicto que se niega a morir, de un país atrapado en una espiral donde cada ataque alimenta el siguiente, donde cada violación debilita aún más los mecanismos de protección, donde cada silencio internacional abre la puerta a nuevas transgresiones.
Yemen no necesita nuevos llamados a la moderación: necesita un compromiso político real, una presión internacional coherente y un reconocimiento claro de que la protección de los civiles ya no puede relegarse a un segundo plano. Sin ello, la guerra seguirá desplazándose, mutando, expandiéndose — y devorando a un país ya quebrado.






Serafín Rodríguez says:
Mientras tanto, la candidata Bachelet a la Secretaría General de la ONU promete «construir puentes, facilitar el diálogo y generar espacios de entendimiento, incluso —y especialmente— cuando existen profundas diferencias» en su afán a llegar a «habitar» el cargo en cuestión. Y no es sólo el Yemen. Ahí están la guerra entre Rusia y Ucrania, la guerra entre EE.UU. e Irán, la escalada bélica en Oriente Medio entre Israel, Hamás, Hezbolá e Irán, la guerra civil en Sudán y los enfrentamientos en Myanmar y la región del Sahel para mencionar sólo algunos de los conflictos internacionales más críticos. Por lo visto, en su desesperación ante la inminencia de su fracaso como candidata sólo le queda inventar patrañas y haría bien en irse a Caburgua a informarse por la prensa de lo que pasa en el mundo! A lo mejor la ayudaría a formarse alguna idea de ello! Con gente como ella, sólo todo puede ser peor!