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Tomar el cielo por asalto. Un sueño y un retorno: la odisea viva de una generación.

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«La vida puede ser maravillosa si no le tienes miedo». — Charlie Chaplin

Hay libros que no se leen solamente con los ojos. Se leen con la memoria, con las heridas que una sociedad conserva aunque pretenda olvidarlas, y también con esas esperanzas que, pese a los golpes de la historia, se niegan a desaparecer. Un sueño y un viaje con retorno, la autobiografía de Milton Lee Guerrero publicada por Editorial Forja, pertenece a esa rara estirpe de libros que no se limitan a contar una vida: consiguen, a través de ella, devolvernos una época y obligarnos a mirarla otra vez, sin simplificaciones ni cómodas leyendas. Su presentación, este martes 1 de septiembre a las 18:00 horas, en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, será por ello algo más que la presentación de unas memorias: será un reencuentro con una generación que quiso cambiar Chile y que pagó un precio enorme por haberlo intentado.

No es casual que acompañen esta conversación Marcia Scantlebury, Andrés Pascal y Gonzalo Martner, bajo la moderación de Sergio Campos. El libro abre un espacio para volver a discutir, desde la experiencia humana, las luces y las sombras de una época en que la política no era una palabra distante ni un asunto reservado a especialistas: estaba en las calles, en los liceos, en las universidades, en los campos, en las conversaciones familiares y en los sueños de miles de jóvenes.

I.- Cuando la historia despierta




Hay momentos en que la historia deja de avanzar como una corriente tranquila y se convierte en un torrente. Entonces arrastra a los jóvenes, los obliga a tomar partido y les hace creer —a veces con una inocencia conmovedora— que el mundo puede ser transformado por sus propias manos. Ese es el primer mérito de Milton Lee: no reconstruye su juventud desde la solemnidad de quien ya conoce el desenlace, sino desde la vitalidad de quien todavía estaba descubriendo el mundo y creyendo que podía cambiarlo.

Su historia nace de una trama familiar singular: el espíritu constructor de su bisabuelo Williams Lee Condell, llegado desde Irlanda del Norte, y la impronta docente, laica, feminista y progresista de su familia materna chilota. Pero es en Osorno, frente a la pobreza visible de los barracones de Chuyaca y al contraste entre la riqueza de la sociedad ganadera y la precariedad de quienes vivían en sus márgenes, donde la conciencia social deja de ser una abstracción. Allí comienza a comprender que detrás de las cifras y de los discursos hay vidas concretas. Y que la injusticia, cuando se vuelve cotidiana, termina por interpelar incluso a quien todavía no sabe cómo responder.

Los años sesenta harán el resto. El mundo se mueve: Cuba, Vietnam, Mayo del 68, el rock, la contracultura, la irrupción de una nueva juventud y las discusiones sobre el poder atraviesan la vida de millones. En Chile, ese clima encuentra un terreno fértil. Milton pasa por las Juventudes Comunistas, se distancia de lo que considera una izquierda demasiado prudente y termina ingresando al MIR. No lo hace como quien adopta una etiqueta, sino como quien encuentra un cauce para una inquietud que ya estaba instalada en su interior.

II.- La política también tenía rostro humano

Uno de los mayores aciertos del libro es que no convierte la militancia en una estampita. Sus protagonistas discuten, se equivocan, comen, aman, ríen, improvisan y también tienen miedo. Esa humanidad aparece con especial fuerza en una de las anécdotas más memorables: la del maletín de Juan Saavedra, «Patula». En medio de la clandestinidad, Milton Lee y José Muñoz lo acompañan mientras transporta dinero expropiado. Hambrientos y sin un peso en los bolsillos, terminan contemplando el contenido del maletín y escuchando una frase que parece salida de una novela: «La revolución invita». El almuerzo en Pimpilipausha tiene algo de comedia, pero también funciona como una pequeña ventana hacia la vida cotidiana de quienes vivían convencidos de que estaban protagonizando una transformación histórica.

Hay otra escena que retrata admirablemente la relación entre formación política y juventud. Tras la muerte accidental de Luciano Cruz, Miguel Enríquez encomienda a Milton preparar el discurso que deberá pronunciar ante miles de personas. Miguel corrige sintaxis, ortografía y argumentos; cuando Milton vuelve con las modificaciones hechas, recibe una respuesta que vale casi como una lección de vida: si ya aplicó las observaciones, ¿qué quiere mostrar? «Saca una buena voz en tu discurso». La frase contiene una idea poderosa: las convicciones necesitan también de la palabra, del coraje de decirlas y de la responsabilidad de hacerse escuchar.

Portada del libro de Milton Lee “Un sueño y un viaje con retorno que se presentará en el Museo de la Memoria.

En las Peñas de Linares, en cambio, la épica juvenil se topa brutalmente con la violencia. Un grupo de secundarios es emboscado de madrugada por integrantes armados de Patria y Libertad. Los jóvenes son golpeados, amenazados y llevados hasta las proximidades de un río, donde por momentos creen que serán ejecutados. La respuesta de Milton —presentarse como un grupo de simples «estudiantes alfabetizadores»— y la intervención de Carmen Balbuena consiguen evitar el desenlace fatal. La escena no necesita adornos: basta para comprender hasta qué punto la sociedad chilena se encontraba ya atravesada por una violencia que pronto alcanzaría una dimensión mucho mayor.

Y entonces aparece la ironía. De regreso a Santiago, en el tren nocturno, después de aquella experiencia, Néstor Ortiz rompe el silencio con una confesión inesperada: «Después de esta experiencia… ¡me voy a convertir en Social Demócrata!». La carcajada que provoca no borra el miedo vivido; lo humaniza. Esa risa es también una forma de sobrevivir. Y acaso una de las mejores lecciones del libro: ninguna generación puede ser reducida a sus consignas. Detrás de las banderas había muchachos que tenían veinte años, que se enamoraban, discutían, escuchaban música y aprendían, a veces dolorosamente, los límites entre el sueño y la realidad.

III. Entre Lenin, Dylan y la esperanza

En el departamento de Antonio Varas, el «Colorín» Sánchez y sus compañeros podían pasar de una discusión sobre Marx y la estrategia política a escuchar a Bob Dylan o a Silvio Rodríguez. Esa escena aparentemente menor es, en realidad, decisiva. La militancia no era un bloque de piedra. Estaba hecha de lecturas, música, amistad, deseo, humor y búsqueda intelectual. Era una juventud que quería comprender el mundo al mismo tiempo que quería vivirlo.

Por eso el libro resulta más interesante cuando se aleja de cualquier intento de convertir aquella experiencia en una leyenda impecable. Milton Lee recuerda con orgullo, pero también con distancia crítica. No oculta las contradicciones, los errores ni el costo de determinadas decisiones. Esa honestidad le da al relato una fuerza que un panegírico jamás tendría. El lector no recibe una estatua: recibe a un ser humano.

 

IV.- La noche, la prisión y la resistencia

 

Después vendrá el quiebre. El 11 de septiembre de 1973 no solo interrumpe un proyecto político; parte vidas, familias y biografías. La persecución alcanza a la militancia mirista y Milton Lee conoce el Regimiento Tacna, el Estadio Nacional, los interrogatorios y luego el encierro en Chacabuco. En el Estadio, el miedo deja de ser una idea y se convierte en una presencia cotidiana: esperar el nombre que será llamado, preguntarse quién volverá, quién será trasladado, quién seguirá allí. El propio relato recuerda el hambre, el agotamiento y la incertidumbre de aquellos días.

En ese punto, la autobiografía deja de ser solamente la historia de un militante y se convierte en un testimonio sobre la capacidad humana de resistir. El autor sobrevive a la tortura, a la prisión y al exilio. Pero sobrevivir no significa salir indemne. Significa aprender a llevar las ausencias, los nombres de quienes no volvieron y la memoria de un país que, desde lejos, continuaba siendo patria.

El exilio europeo abre otro capítulo. París, Roma, Lisboa, los encuentros con otros desterrados, las discusiones políticas, las fiestas, la música y los afectos conviven con la nostalgia. Allí también aparece Domenica, la mujer que terminará siendo compañera de vida, y allí se reconstruye una existencia familiar. El exilio, como muestra el libro, no fue solamente una geografía de la pérdida: fue también el lugar donde muchos aprendieron a recomenzar sin dejar de mirar hacia Chile.

 

V.- Volver

El retorno tiene en estas memorias una fuerza especial porque no ocurre de un día para otro. Durante años, volver fue un deseo suspendido, una posibilidad que la dictadura podía negar con una firma. Cuando finalmente llega la autorización, Milton Lee viaja con su familia desde Roma hacia Santiago. El encuentro con su padre y sus hermanos en Pudahuel condensa décadas enteras: la juventud perdida, los amigos ausentes, el país cambiado y la certeza de que, pese a todo, hay lugares a los que uno sigue perteneciendo.

Después vendrán la reconstrucción de la vida, la reincorporación a la política chilena y nuevas responsabilidades. Pero el verdadero retorno parece ser otro: recuperar una relación con la patria sin negar el pasado y sin quedar prisionero de él. Esa es quizá la mayor madurez de estas memorias. El autor no escribe para pedir que una generación sea absuelta ni para exigir que otra la admire. Escribe para dejar constancia.

Epílogo: que los jóvenes vuelvan a mirar el cielo

Tal vez este sea, finalmente, el desafío que Milton Lee deja sobre la mesa. ¿Qué puede decirle a una generación que nació cuando aquellos acontecimientos ya eran historia? ¿Qué puede importarles un grupo de jóvenes que hace más de medio siglo discutía en liceos, llenaba calles, escuchaba discos, soñaba con transformar el mundo y terminó enfrentando la cárcel, la tortura, la desaparición y el exilio?

Mucho. Porque un país que pierde la memoria termina creyendo que nació ayer. Y porque las nuevas generaciones necesitan conocer no solo las victorias, sino también los errores; no solo las banderas, sino los rostros; no solo las consignas, sino el precio que a veces pagan quienes creen demasiado intensamente en ellas. Este libro no les pide que piensen como Milton Lee. Les pide algo mucho más difícil y fértil: que se atrevan a pensar por sí mismos.

A los jóvenes de hoy, este libro les ofrece una invitación que no es nostalgia, sino conversación. Aquí encontrarán a otros jóvenes que alguna vez sintieron que el futuro les pertenecía. Encontrarán también sus contradicciones, sus excesos, sus risas, sus amores y sus miedos. Y encontrarán, sobre todo, una pregunta que atraviesa las décadas: ¿qué hacemos cuando descubrimos que la realidad es injusta y que cambiarla exige algo más que indignarse?

Leer a Milton Lee Guerrero es entrar en esa pregunta. Es mirar el Chile de ayer para entender mejor el Chile que todavía estamos construyendo. Es escuchar las voces de quienes estuvieron antes para decidir qué vale la pena conservar y qué debemos transformar. Es aceptar que ninguna generación recibe la historia terminada: cada una la hereda, la discute y vuelve a escribirla.

Por eso, quizás, el verdadero cielo por asalto no sea hoy una consigna revolucionaria. Puede ser algo más íntimo y exigente: recuperar la capacidad de imaginar un país distinto sin perder la humanidad en el camino. Volver a creer que la fraternidad no es ingenuidad, que la memoria no es una carga y que la esperanza, incluso después de la noche más larga, puede volver a abrir una ventana.

Que las nuevas generaciones lean este libro. Que lo discutan, que discrepen, que se indignen, que se rían con sus anécdotas y que se conmuevan con sus silencios. Que encuentren en sus páginas no un museo de viejas certezas, sino un espejo para sus propias preguntas. Porque los jóvenes de ayer quisieron tomar el cielo por asalto. A los jóvenes de hoy les corresponde decidir qué cielo quieren conquistar.

Y quizá ahí, en esa decisión, vuelva a comenzar todo.

 

Edison Ortiz

Autor



Edison Ortiz

Doctor en Historia. Profesor colaborador MGPP, Universidad de Santiago

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